jueves, 31 de julio de 2008

Necesidad de repetición

Otro fragmento de un capítulo de mi tesis, ahora acerca de la necesidad que todos tenemos de repetir las cosas. Además, esta teoría explicaría porqué nos gustan tanto los clichés en la literatura (entre otras formas de expresión).


Freud fue el primero en analizar a profundidad esta “compulsión a la repetición”, como fenómeno psíquico. Por un lado, lo interpretó como una necesidad del individuo por arreglar las variaciones de un mismo tema que no ha podido superar o entender empáticamente. La repetición sería un intento por manejar una situación traumática para él, por dominarla (Erikson, 1950: 216). En este sentido, la repetición poseería un elemento bastante positivo. Sin embargo, por otro lado, la repetición sería una expresión de Tánatos, el impulso de muerte. El objetivo del instinto tanático, según la teoría freudiana, sería retornar a una condición psíquica previa, de manera que la repetición levante la represión del pasado y reduzca la ansiedad y la tensión (Hillman, 1999:65). El resultado es un estado de atemporalidad, puesto que se ciega el carácter futuro de la situación. Es un mecanismo engañoso, que busca el alivio de toda tensión mediante la pasividad pura, o, en otras palabras, la muerte. Es por eso que Freud equiparó a Tánatos con el estado de Nirvana.

Como se puede ver, la teoría freudiana entiende la repetición como un choque de opuestos, Eros contra Tánatos. La repetición tiene elementos tanto vitales como de muerte. La teoría misma de Freud representa, per se, esta lucha, como evidencian las múltiples revisiones que el gran psiquiatra dio a su teoría de la libido y de las pulsiones (Frattaroli, 1995). Sin embargo, las ideas de Freud son famosas por su frecuente tono pesimista. Por su parte, un importante y original psicólogo posjunguiano, James Hillman (1999:66), se centra en el lado más positivo de la repetición:

"Hay una fuerza de vida en la narración aparte de cualquier impulso de muerte en el narrador. Una vez que este contenido energético es poetizado en una historia, cuenta algo que debe ser dicho aparte de la persona del narrador, algo que ciertamente niega el paso del tiempo y hace que la vida del alma continúe. Ése es, quizás, el mensaje central de Scheherazada. La vitalidad de su historia hizo que su vida continuara simplemente por medio de otro capítulo que nunca concluye."

Jung describió el arquetipo del niño como el carácter preconsciente del alma colectiva humana, el cual cumple con una función pretérita. Basado, en parte, en las ideas de Jung, Mircea Eliade llegó a teorizar que uno de los rasgos más característicos del hombre primitivo precisamente es la huida y el rechazo al tiempo. Eliade también tendía a ver esta actitud de una manera básicamente positiva*. La repetición, como es posible ver, es una parte constitutiva de la psique humana, la cual –aunque posee una cara negativa, en la forma de compulsiones– ha servido como medio indispensable para erigir defensas funcionales que pueden impulsar cambios positivos.

Esto, por supuesto, también resulta cierto para la literatura. Como lector, un niño en su infancia tardía no necesita tanto de historias muy estéticamente elaboradas, sino del tipo más simple de ficción: relatos de “aventuras” que le muestren una figura de identificación aceptable, que pongan énfasis en la acción y el diálogo, que lo ayuden a comprender la realidad que lo rodea (especialmente la del mundo adulto) con sus múltiples conflictos, pero que, a la vez, lo reconforten y le den la seguridad de que todo problema puede ser superado (Appleyard, 1991:63).

Lecturas de este tipo pueden ser muy útiles para el desarrollo anímico y cognitivo del niño. Pero no sólo los niños se benefician de las historias repetitivas. Según Joseph A. Appleyard (1991:164 y sig.), los lectores adultos maduros también saben disfrutar de una lectura “formulaica” y de escape. Incluso aquellos bien instruidos en literatura, a veces tienen la necesidad de leer algo simple. En determinados momentos, leer una obra exigente, formalmente complicada, con perspectivas irónicas y finales abiertos, podría desgastarlos emocionalmente, ya que todo esto hace que los problemas con que lidia la obra parezcan ser tan intratables como los de la vida de los lectores:

"Si la lectura adictiva de romance es del todo útil en términos de desarrollo, podría serlo como un plano donde el lector puede descansar de las exigencias de tipos de lectura más retadores. Quizás, también, repetir habitualmente las convenciones del romance no siempre las desgasta, sino que hace que el control arquetípico de los miedos y deseos que expresan, y las soluciones deseables que representan, sean más penetrantes; y esta experiencia, de alguna manera, prepara a un lector para cambios que sucederán después." (Appleyard, 1991:171)


*Mircea Eliade desarrolló esta característica de las llamadas sociedades primitivas; puso hincapié, desde su perspectiva filosófica-antropológica, en el rechazo, incluso terror, que las comunidades primitivas sienten por la historia. La repetición ritual, que equivale a una recreación del acto cosmogónico, mantenía al hombre primitivo alejado de una consciencia histórica. De esa manera, le era más fácil soportar el peso de las calamidades y el sufrimiento. Cuando un acontecimiento que provoca sufrimiento es tomado como hecho histórico, no es posible asignarle una significación inherente. Una inundación, un terremoto, una sequía o una tormenta devastadora son vistas como simples acontecimientos azarosos, absurdos, sin sentido alguno. Pero cuando el brujo o chamán encuentra una causa para los desastres –crímenes, demonios, karma, hechicería, etcétera–, entonces las calamidades adquieren un sentido y se vuelven más soportables (Eliade, 1949:110-111). La valoración que Eliade dio a esta actitud fue bastante clara: “No hemos de decidir si tales motivos eran o no pueriles, o si semejante rechazo de la historia resultaba siempre eficaz. Un solo hecho cuenta, en nuestra opinión: que gracias a ese parecer decenas de millones de hombres han podido tolerar, durante siglos, grandes presiones históricas sin desesperar, sin suicidarse o caer en la sequedad espiritual que siempre acarrea consigo una visión relativista o nihilista de la historia.” (1949:169)

Para que el hombre fuera capaz de “soportar” y aceptar el peso de la historia, primero debía fortalecer debidamente su consciencia, su ego. Debía separarse del instinto. Fue mediante este proceso gradual que surgieron las primeras grandes civilizaciones (Mesopotamia, China, Egipto, Grecia), las cuales compartían la característica de poseer una amplia conciencia del tiempo histórico.


Bibliografía:

Appleyard, J.A.
1991 Becoming a Reader. The Experience of Fiction from Childhood to Adulthood. Cambridge, Cambridge University Press.

Eliade, Mircea
1949 El mito del eterno retorno. Buenos Aires, Emecé: 2001.

Erikson, Erik
1950 Childhood and Society. New York, Norton & Company: 1993.

Frattaroli, Elio J.
1996 “Mi ánima y yo: a través del oscuro espejo de la interfaz junguiana/freudiana”, en Polly Young-Eisendrath y Terence Dawson (editoras). Introducción a Jung. Cambridge, Cambridge University Press: 1999.

Hillman, James
1999 The Force of Character and the Lasting Life. New York, Ballantine Books.

miércoles, 30 de julio de 2008

El arquetipo del Puer

Éste es un fragmento de un capítulo de mi tesis, donde doy una explicación sintética del arquetipo del niño. Incluyo tres definiciones al final, para hacer más claras las cosas.


Jung se ocupó de esta figura en su ensayo “Acerca de la psicología del arquetipo del niño", que incluyó en Introducción a la esencia de la mitología (1941), redactado en colaboración con Karl Kerényi, quien abordó el mismo tema desde una perspectiva antropológica. Jung destacó que una de las paradojas más importantes del arquetipo del niño es que posee un carácter tanto pretérito como futuro. Es pretérito en cuanto a que representa el carácter preconsciente de la infancia del alma colectiva. El niño es un ser que todavía no desarrolla una consciencia firme, que todavía no es capaz de comprender el conflicto que supone el dividir el mundo en categorías duales. Por lo tanto, se encuentra sumamente cercano al instinto y a la totalidad inconsciente. El niño es un ser desvalido, incapaz de enfrentar por sí mismo el horror vacui de la existencia a la que tan abruptamente es lanzado. Sin embargo, la naturaleza misma (es decir, lo inconsciente) se encarga de acogerlo maternalmente, como lo demuestran los múltiples mitos de los animales que alimentan y protegen al niño-héroe.

Pero, a pesar de que se trata de un arquetipo retrospectivo en apariencia, el niño también es futuro en potencia. Por lo tanto, psicológicamente, la aparición del niño anticipa importantes desarrollos futuros en la personalidad individual o colectiva:

"El 'niño' prepara una futura transformación de la personalidad. En el proceso de la individuación anticipa la figura que resulta de la síntesis de los elementos conscientes e inconscientes de la personalidad. Es, por eso, un símbolo que une los opuestos, un mediador, un salvador, es decir, un hacedor-de-la-totalidad. Por este significado, el motivo del niño también tiene la capacidad de sufrir esas múltiples transformaciones formales ya mencionadas: su expresión es, por ejemplo, lo redondo, el círculo o la bola, o la cuaternidad como otra forma de la totalidad. A esa totalidad que trasciende la consciencia yo la he denominado el 'sí-mismo'. La meta del proceso de individuación es la síntesis del sí-mismo." (Jung, 1941:109)

Entonces, el niño aparece como una prefiguración del Sí-mismo, como una totalidad en potencia. En circunstancias concretas, el arquetipo del niño puede constelarse sobre la mente consciente como un auxilio para sobrellevar una situación angustiante, resultado de un choque de opuestos. Así sucede cada vez que una persona está por tener un cambio en su vida. Pero este arquetipo trata también lo más trascendente y, por ende, atemorizante, de la existencia:

"El 'niño' simboliza la naturaleza preconsciente y postconsciente del hombre. Su naturaleza preconsciente es el estado inconsciente de la más tierna infancia, la naturaleza postconsciente es una anticipación per analogiam más allá de la muerte. En esta representación se expresa la naturaleza global de la totalidad humana."(Jung, 1941:123-124)

Así que, como se puede ver, el niño también es un recordatorio constante de la naturaleza finita del ser humano. Esto es algo positivo, ya que impulsa un enfrentamiento con los más aguerridos temores del espíritu, sin lo cual no sería posible aspirar a tener una existencia plena. Es necesario tener esto en cuenta para entender la faceta más negativa del arquetipo, el llamado puer aeternus.

Marie-Louise von Franz es quien, hasta el momento, ha elaborado el estudio más completo sobre este arquetipo, en su obra El Puer Aeternus (1970). El puer aeternus expresa un truncamiento en el carácter futuro del niño. Cuando existe una disociación neurótica entre los estados presente y pretérito de la persona –es decir, una incompatibilidad o contradicción entre ambos estados–, ocurre un conflicto serio que afecta profundamente la identidad del individuo, puesto que es incapaz de ponerse en contacto con sus orígenes (Jung, 1941:106). Esto normalmente ocurre debido a un complejo materno negativo (Franz, 1970:7). La persona, entonces, es poseída por este arquetipo que lo atrapa en su carácter regresivo, imposibilitándole el flujo de auténtica vitalidad. En el centro del conflicto se encuentra una experiencia infantil traumática, una deformación del amor y la confianza tan fuerte y terrible que obliga a la persona a erigir defensas esquizoides, de manera que no la vuelva a experimentar. Así, “el amor amenaza su existencia misma” (May, 1969:18). Sin embargo, el principio de individuación seguirá actuando y tratará de empujar el desarrollo anímico. Una y otra vez, insistirá en una confrontación con los propios sentimientos, a lo que el puer aeternus responde con una perseverancia anormal en los viejos hábitos y actividades, para no tener que cambiar a las nuevas exigencias. Al estar atrapada en este ciclo destructivo, y dado su rechazo al carácter futuro del arquetipo del niño, la persona niega la noción de la temporalidad, intenta vivir en un eterno momento presente. No obstante, en el fondo, está muy consciente de la transitoriedad de las cosas, y especialmente de la de las personas. Por lo tanto, temeroso tanto de la muerte como de la desilusión, el individuo es incapaz de establecer vínculos funcionales y estrechos con su entorno y con los demás.

De acuerdo con la descripción de Franz, la persona poseída por el puer aeternus presenta muchas características típicas del adolescente: impaciencia, irresponsabilidad, búsqueda religiosa, indisciplina, rebeldía y, especialmente, aburrimiento. Ya que el sujeto se encuentra encerrado en un estado regresivo, es de esperarse que sienta un aburrimiento terrible, ya que ¿qué es el aburrimiento sino una sensación de “no estar en la vida”? El élan vital del puer aeternus es bastante débil, por lo que, en muchos de los casos, existe un peligro latente de suicidio.


Bibliografía:

Franz, Marie-Louise von
1970 The Problem of the Puer Aeternus. Toronto, Inner City Books: 2000. (tr. española El puer aeternus. Barcelona, Paidós)

Jung, Carl Gustav y Karl Kerényi
1941 Introducción a la esencia de la mitología. Madrid, Siruela: 2003.

May, Rollo
1969 Amor y voluntad. Barcelona, Gedisa: 2000.


Glosario:

Arquetipos. Imágenes psíquicas primordiales que conforman lo inconsciente colectivo. Poseen una fuerte carga emocional y muestran motivos universales. Los arquetipos aparecen en todo tipo de fantasías y sueños, en obras artísticas y folclóricas, en la mitología e imaginería religiosa de todas las culturas: la gran madre, la novia, la bruja, el dragón, el loco, el héroe, la muerte, el sol, la luna, el viejo sabio, el árbol místico, el animal acompañante, etcétera. Los arquetipos actúan de manera autónoma respecto a la conciencia, es decir que nuestro “yo” no tiene control alguno sobre ellos. También suelen mostrar una doble cara: positivo y negativo. Poseen un aspecto objetivo e impersonal que define su núcleo y función general, pero suelen aparecer en una relación subjetiva a la situación concreta y particular de quien (o quienes) los experimentan.

Inconsciente colectivo. Lo desconocido dentro del hombre. Se conforma por patrones psíquicos (arquetipos) que son comunes a toda la humanidad. Estos patrones arquetípicos forman complejos que influyen de manera determinante en todo tipo de comunicación humana.

Individuación. Proceso de diferenciación cuya meta es el desarrollo de la personalidad individual. Es decir que la psique siempre se inclina hacia la búsqueda del sentido particular de la vida del individuo, a su lugar e identidad específicas e irrepetibles en este mundo. Es, en cierta manera, lo que podría llamarse “autorrealización” del ser humano. La obstaculización de este proceso (cuyas causas pueden ser numerosas y normalmente se pueden encontrar en las experiencias tempranas de vida) conduce a la deformación neurótica de la personalidad, que se manifiesta como un choque de impulsos o fuerzas internas opuestas. La individuación intentará continuar a través del conflicto, por lo que para su resolución es necesaria una comprensión total y empática de las fuerzas arquetípicas en oposición, de manera que surja la llamada función trascendente que tiende un puente entre los contrarios e incita a su integración o coniunctio. Las actitudes unilaterales, por lo tanto, están condenadas al fracaso y la insanidad. No se trata de reprimir impulsos, sino de entenderlos con todas las funciones de la personalidad, de forma que sus energías sean encaminadas productivamente.

lunes, 28 de julio de 2008

Infiernos

En uno de mis posts sobre religión, mostré algunas de las razones por las que no creo en la existencia de un infierno metafísico, pero había una de la que no estaba enteramente consciente, y apenas se me acaba de ocurrir.

Se supone que el Infierno es un lugar de eterno tormento. Pero el eterno tormento es imposible, por una razón sencilla: el sufrimiento se origina por la tensión no resuelta entre los opuestos, y en el infierno no hay opuestos. Para que exista el dolor y el sufrimiento se necesita de una dinámica, de una progresión, pero en el infierno no hay tal, porque es un lugar de estancamiento perpetuo.

Pongámoslo de esta manera. Cuando uno sufre, tiene dos alternativas: encontrarle un sentido al sufrimiento y soportarlo de esa forma, o buscar el cese completo de tensiones, la muerte, el Nirvana. Donde hay un sentido, hay esperanza, y sólo eso puede hacer que uno se mantenga en pie. Pero en el infierno no hay esperanza ni sentido. Lo único que puede quedar, entonces, es la disolución total de la existencia.

Ahí sucedería lo mismo que ocurre en este mundo cuando alguien sufre extraordinariamente: es como un volcán que, después de escupir todo el magma y las fuerzas que lleva dentro, se extingue. La psique también tiene su forma de energía, la libido, y cuando no puede ser renovada a través del sentido, simplemente se agota. Cuando eso pasa, la persona entra en un estado supremo de indiferencia: se entume, se vuelve incapaz de sentir algo. Normalmente, esta situación conduce al suicidio.

Eso es lo que me imagino que sucedería en el infierno cristiano: después de tanto dolor, el alma llegaría a un punto en que ya no sentiría nada y, poco a poco, se desvanecería, se convertiría en nada.

Es por eso que me imagino el infierno más como un sitio congelado que como uno lleno de llamas ardientes. Én todo caso, sería como un desierto helado, donde la emoción se entume y el alma se detiene, hasta que finalmente se disuelve, y regresa al estado de pasividad primordial. Incluso si se toma al Infierno como un lugar donde no hay dios, o donde los hombres simplemente no saben ayudarse mutuamente, ocurre lo mismo, puesto que no hay esperanza.

Puedo respetar a la tradición cristiana por varios motivos, pero hay muchísimos otros por los cuales no puedo tomarla en serio. El infierno es uno de estos últimos.

domingo, 27 de julio de 2008

Más películas

The Ninth Gate. Cualquiera pensaría que Roman Polanski + Johnny Depp = algo bueno. Pues no es del todo cierto. The Ninth Gate trata acerca de un anticuario mamón, especialista en libros raros (Depp), que es contratado para buscar las copias de un cierto libro que, según esto, está basado en otro libro que escribió el mismo diablo. Es un filme basado en la novela El Club Dumas, de Arturo Pérez-Reverte, la cual no he leído ni me interesa hacerlo. La fotografía es decente, los efectos son baratos, la trama tiene inconsistencias, y la actuación de Johnny Depp quizás sea lo más salvable. Supongo que entretiene, pero es todo. Equis.

Spiderwick Chronicles. Me gustan mucho los cuentos de hadas, pero esto es algo bastante cliché. Es la típica película para niños donde el niño héroe combate al ogro, las hadas y demás criaturas son como sacadas de Disney, hay un mensaje superficial sobre la unidad familiar y tiene un final de Peter Pan. Eso sí, la fotografía y los efectos son muy buenos. Me imagino que le ha de gustar mucho a los niños. No hay mucho que decir sobre esto, la verdad.

The Big Lebowski. No sé porqué no había visto esto antes. Los hermanos Coen suelen ser pretenciosímos, pero esta película no lo es del todo. Es sólo una comedia con una trama sin sentido, pero sumamente entretenida. Es un tributo a la era confundida de los 90, un filme de puro estilo, muy surrealista, con escenas y diálogos geniales. Cuenta la historia de "The Dude", un perdedor alivianado que, sin quererlo, se ve involucrado en un crimen de lo más confuso, y las cosas sólo se enredan y se enredan. Es una película muy divertida.

40 Year Old Virgin. Sí, la vi. Y me sacó risitas varias veces, lo cual prueba que soy estúpido.

Sexo

El sexo, como todo, tiene una polaridad, pero creo que debe ser la más complicada que existe.

Por un lado, está el aspecto sensual, concreto, que todos conocemos y al que todos (excepto los asexuales) somos atraídos. Simplemente es la sensación física más placentera que hay. Si se la quiere ver desde una perspectiva meramente biológica, sólo sirve para procrear y, en un sentido mayor, para dar saltos evolutivos como especie.

Y está la otra cara, que en muchos casos suele ser inconsciente: la simbólica. Como excepción, se la puede encontrar en algunos ritos religiosos, la mayoría de ellos antiquísimos, como el Hieros Gamos griego o la reconstrucción simbólica del Prajapati hindú. Por supuesto, existían (¿existen?) también las fiestas (orgías) bacanales o dionisiacas (entre varias otras), pero ésas tenían más un carácter de liberación de tensiones, y reencuentro de la propia sensualidad mediante el exceso.

El propósito de la hierogamia era la unión simbólica de opuestos: el retorno al Adán Primordial platónico, al ser total, mediante la conjunción de los caracteres femenino y masculino, que, en estos casos, no tenían nada que ver con la sensación; los participantes rara vez sentían algo, o se deleitaban en el acto. La hierogamia era vista como algo plenamente espiritual, alejado del mundo concreto y de sus "engaños" sensibles.

Pero esos sólo son dos extremos de un mismo acto y, personalmente, creo que falta algo en la ecuación. (¿Ecuación? No podría sonar más frío.) Cualquier (buen) poeta les podría decir que algo se perdió ahí. Y es que el ideal sería, en cualquier caso, la unión de lo simbólico y lo concreto, y para ello se necesita un puente, un mediador: el sentimiento.

El aspecto simbólico, en realidad, es inherente a toda relación humana, pero sólo puede alcanzar su fuerza más grande mediante el acto sexual entre las personas indicadas. Si se logra conjuntar la sensación física con todo lo que lo simbólico implica, entonces se alcanzaría, sin duda, la que debe ser la experiencia más hermosa a la que puede llegar el ser humano, un auténtico renacimiento, o debería decir EL renacimiento. Entonces el mito platónico adquiere sentido: en un principio, hombre y mujeres estaban unidos en un solo ser, el Andrógino, pero por algún motivo se separaron, y desde entonces se buscan incansablemente, hasta que logran reconstruir lo perdido y alcanzar, de nuevo, la condición inmortal. (Debe recalcarse que, en semejante acto, el sentido del tiempo deja de existir.)

Pero eso es sólo un ideal. El sentimiento que hace de puente es el amor, que se constituye por una amalgama de mil otros sentimientos. Si se quiere lograr tal cosa, es necesario superar toda deformación que haya habido en el amor, todo obstáculo o bloqueo, todo el miedo -o el terror, incluso- que dicha deformación trajo consigo. Es la labor de toda una vida, y a veces ni eso basta.

Otra vez, solamente es una idea que vino a mi cabeza. Dejaré las conclusiones para otro día.

sábado, 26 de julio de 2008

Rome

Hace poco terminé de ver las dos temporadas de la serie Rome, de HBO. Cuenta la historia de la formación del Imperio Romano, y, en 20 episodios, supuestamente abarca desde la conquista de Galia por Julio César, en 51 a.C., hasta la derrota de Marco Antonio por parte de Octavio, en 31 a.C. (Por supuesto, entre las varias licencias que se toma la serie con respecto a los hechos históricos, también está el tiempo; en realidad, pretende abarcar un periodo más corto, para poder contar las historias ficticias de una manera más coherente.)



Los personajes principales de la serie son Lucius Vorenus y Titus Pullo, dos soldados que César mencionó de paso en su Guerra de las Galias. En Rome, aparecen como dos sujetos destinados (por los dioses, según Julio César) a participar de una manera importante en la historia romana. Son dos tipos muy distintos: Vorenus es un sujeto recto y muy rígido, hombre de familia, de carácter duro si bien un tanto ingenuo; y Pullo, en cambio, es un soldado vividor e impulsivo, con una personalidad simple en apariencia, que gusta del juego, la bebida y las prostitutas. Poco a poco, como jalados por las fuerzas del destino, forman una amistad que al principio parecería inverosímil, y se involucran considerablemente en los hechos que transformaron la República en un Imperio.

Por supuesto que, aparte de ellos, hay toda una variedad de personajes en Rome, y es increíble como lograron desarrollarlos tanto en sólo unos pocos episodios de entre 40 y 50 minutos. Para mí, la primera temporada fue la mejor de ambas. Ahí, se introduce a Julio César como un sujeto brillante y notablemente sociopático; pero lo que más destaca es cómo logran mostrar su lado más humano, el cual es bastante conflictivo. La caracterización que hicieron de un Octavio adolescente fue de lo más genial en la historia: un muchacho superdotado, pero frágil e inexpresivo, y un tanto afeminado, pues su personalidad ha sido moldeada por su maquiavélica e imponente madre, y por hermana, también sumamente perturbada.

Marco Antonio y Cleopatra, en contraste, aparecen como caricaturas de sí mismos. Antonio es un tipo duro, un asesino bruto, despiadado y nada cortés, pero bastante ingenioso. Uno no puede evitar reírse de sus frases y de su actitud burlona. A Cleopatra la pusieron como el icono que todos conocemos: una mujer sensual y superficial, hambrienta de poder, la típica prostituta castradora. Diría que estos personajes son una decepción, pero la verdad es que le dan un sabor muy agradable a la serie; y, en cualquier caso, su imagen se redime al momento de sus muertes, en unas escenas dramáticas excelentemente realizadas.



También me sentí algo decepcionado cuando vi a Cicerón y a Bruto. Al principio, Bruto parece un fresa cualquiera de la del Valle, y Cicerón es un aristócrata histérico y algo antipático; y no aquel gran orador carismático y astuto, como se le conoce. Pero ellos dos también se redimen a la hora de morir (especialmente Cicerón). En realidad, todas las secuencias de muerte de personajes importantes son bastante impactantes.

No soy ningún especialista en historia romana, pero, por lo que conozco, la primera temporada pareció ser la más apegada a los hechos históricos. Lo ficticio aquí consiste, más que nada, en las vidas personales de los personajes, en su psicología y los motivos que les dan para hacer lo que hicieron. En ese sentido, el drama es complejo y muy intrigante. Las distintas historias de los personajes, las escenas de peleas, el drama familiar y la intriga política hacen que la serie tenga un ritmo muy fluido e interesante. La estructura de la narración es perfecta en esta primera temporada.

Las actuaciones son excelentes en todos los casos. La producción es impresionante: el vestuario, la ambientación de una Roma eternamente decadente, llena de crimen, mafias, prostitutas y mendigos, es perfecta. La fotografía es muy buena, y la escenografía es bastante realista, tanto si se está en Roma, en Egipto, en Macedonia, en algún lugar rural o en el campo de batalla. La música fue compuesta por Jeff Beal, quien también ha trabajo en otras series como Carnivàle, Monk, Ugly Betty y Nightmares and Dreamscapes, así que saben que es bueno.

Por cierto que es una serie muy fuerte en cuanto a lo visual. Las peleas siempre son carnicerías, con demasiada sangre y gore; y prácticamente no hay un capítulo que no contenga escenas sexuales bastante explícitas (especialmente durante la segunda temporada). Todo esto crea un ambiente excelente, muy in-your-face, lleno de brutalidad y hedonismo. La verdad, me gustó bastante que no se dejaran restringir por la censura.

La primera temporada me pareció casi perfecta, y su final trágico fue de lo mejor. Durante la segunda, las cosas cambian bastante. Los personajes que no se desarrollaron tanto en la primera, como Marco Antonio, Cicerón y Bruto, se redimen bastante en la segunda; pero, en cambio, personajes como Octavio y Atia (la madre de Octavio), aparecen como meros estereotipos. Bueno, siendo justos, quizás Atia no tanto, pero su situación pasa, de ser pivotal en la primera temporada, a mucho cliché telenovelesco en la segunda. En la segunda temporada, se tomaron muchas más libertades con respecto a los hechos históricos, cosa que siento que fue un error. Lo que quiero decir es que, durante la primera temporada, se dio una explicación ficticia muy interesante acerca de los motivos personales de los personajes, que propiciaron los hechos históricos; pero, en la segunda, prefirieron hacer una ficción casi entera. Fue un cambio completo en el sentido de la serie. Aún así, no puedo decir que no la disfruté, especialmente las escenas más dramáticas.

En fin, como todo, tiene sus detalles, pero Rome es una excelente serie.

viernes, 25 de julio de 2008

Mentiras

El Mahabharata cuenta que, en la batalla final entre los Pandavas y los Koravas, los Pandavas tenían una ventaja numérica muy superior. La única manera de ganarles era matando a su comandante supremo, Drona, pero eso estaba difícil. Para esto, Krishna, que aconsejaba a los Koravas, sugirió esparcir la mentira de que Asvatthama, el hijo de Drona, había muerto. Si Drona se la tragaba, se volvería loco y se suicidaría.

Por supuesto, Drona no le iba a creer a cualquiera. Por eso, Krishna aconsejó que fuera Yudhisthira -un héroe famoso por no haber dicho una sola mentira en toda su vida- quien soltara las mentiras. Así lo hizo, Drona se mató y los Koravas ganaron la guerra. Krishna sentenció: "Quien miente para salvar una vida, no peca".

Yudhisthira pagó un precio, no obstante. Por su honestidad, él era privilegiado por los dioses, y su carroza se movía mágicamente, flotando a cuatro dedos del suelo. Cuando mintió, cayó de la gracia, y su carroza tocó tierra.

Bien, con todo respeto por la sabiduría hindú, todo esto me parece un montón de mierda. Cierto, con mentiras se gana una guerra. Y, cierto, Krishna hizo lo que debía hacer. Pero, ¿"quien miente para salvar una vida, no peca"? ¡Estás en una guerra, sonso! Para salvar algunas vidas, matas a otros. Quizás debió incluir un asterisco en su sentencia: "quien miente para salvar una vida* (korava), no peca".

Además, ¿qué clase de castigo fue ése para Yudhisthira? ¿Sólo lo hicieron caminar, como los demás mortales? ¿Es todo? Los dioses lo deshonraron, pero los hombres lo felicitaron. En cualquier caso, según Krishna -otro dios-, ni siquiera pecó. ¿Se pueden poner de acuerdo?

El principio de "No mentirás" se encuentra presente en los códigos éticos de todas las culturas. Y es válido, aunque no sea apropiado tomarlo muy al pie de la letra. Mentir, como regla en una guía general de conducta, es algo malo. Pero hay que ver los dos polos del asunto, que suelen entrecruzarse: ciertamente, debe existir una carga objetiva de verdad es todo valor, pero ésta siempre va a ser relativa a la persona y a su situación concreta. En su instancia más profunda, el mundo se conforma por múltiples posibilidades de sentido y de valor; es decir, se subjetiviza. En su núcleo, como quiera, siempre habrá un valor guía objetivo. Pero, en la medida en que el individuo se vuelve cada vez más consciente de su propia subjetividad, este valor pierde, poco a poco, su fuerza vinculante.

En cualquier caso, el mentir siempre implica una relación de poder. Incluso dentro de la mente de uno mismo; lo inconsciente nos ciega a ciertas cosas que podrían ser devastadoras para nuestra consciencia, si ésta no se encuentra lo suficientemente fortalecida. O quizás simplemente no es el momento indicado para darse cuenta de un cierto estado interno; por lo tanto, lo inconsciente se lo guarda y no lo revela. Así, muestra su lado superior sobre la consciencia.

Sin embargo, en las relaciones personales cercanas, la mentira se puede volver algo terrible. Puesto que, al mentir, uno se coloca por encima del otro (incluso si resulta ser para su propio bien), se pierde toda relación de igualdad, necesaria para la auténtica compenetración afectiva. Por lo tanto, la mentira crea una distancia entre ambos. Eso puede ser de lo más destructivo.

Sólo son pensamientos medio azarosos. No pretendo concluir nada aquí.

lunes, 21 de julio de 2008

Sueño

Estoy caminando sobre la arena. No estoy seguro sobre mi atuendo, pero mis pies están desnudos. Tengo un garfio clavado en la espalda, justo entre las vértebras. Aún así, puedo moverme con libertad; sólo siento una molestia constante, como punzadas. De cualquier manera, no me atrevo a arrancármelo; pudiera ser que me haga un daño permanente. Necesito que alguien más lo haga, un doctor, un especialista.

Volteo hacia abajo y veo una serpiente que se arrastra entre mis pies, siguiendo mi ritmo. En realidad, los traspasa; o yo la traspaso a ella. No estoy seguro de quién es el fantasma. La escena me resulta familiar. Ya la he vivido, hace un par de años.

Muchas cosas no han cambiado, pero otras sí. La luz es crepuscular; más bien, no estoy seguro si el sol está levantándose o poniéndose. Hay un azul monocromático permanente. Pero el cielo es distinto; en el horizonte se ve un azul celeste, que poco a poco se va oscureciendo, pasando por varias tonalidades, azul marino, diamante, violeta. Las estrellas brillan bastante. Es una vista bonita. (Siento no poder describirlo mejor; no soy poeta).

Estoy en el desierto. Lo conozco bien; ya he estado ahí antes, es mi territorio, soy el señor del lugar. Hay grandes monolitos de piedra, pero no podría decir si son formaciones naturales o ruinas de una civilización antigua. Todo parece estar muerto, pero no es así; debajo de la arena se esconden todo tipo de reptiles, salamandras, arañas, cienpiés, escorpiones e incluso algunos pájaros, que hicieron su hogar entre las piedras. A ellos los he descuidado, y no los conozco del todo. Siento un ligero temor: mientras estuve ausente, la vida aquí se volvió todavía más salvaje. Podría volverse en mi contra, pero creo estar preparado para ello. De cualquier manera, sigo reinando aquí.

Sé que detrás de la colina está la costa. Al llegar ahí, puedo ver el sol a lo lejos, pero sigo sin saber si es el este o el oeste. No se mueve. Veo una isla cerca, como a un kilómetro de distancia. Me pregunto si podría llegar nadando, como en World of Warcraft, pero esto no es un videojuego. No soy un elfo incansable; la fatiga me ahogaría a medio camino. Y, sin embargo, el mar es similar al de WoW: hay ruinas debajo de él, y criaturas hostiles e impredecibles. En la superficie, el mar está tranquilo, pero sus profundidades son otro mundo, más turbulento y caótico.

En la costa encuentro los restos de un naufragio. Casi toda la madera está inservible. No puedo construir una balsa, pero sí un flotador. El problema es que el flotador es más inseguro, con todos los seres que hay bajo el agua. Y no puedo hacerme invisible, como mi personaje rogue de WoW. Me pregunto si valdrá la pena el riesgo. Hay árboles en la isla, como un bosque. En el centro, hay una montaña enorme. Está dedicada a un dios, con el que sé que debo hablar. Por algún motivo, tengo la impresión de que el lugar está habitado, en contraste con mi desierto. Y, sin embargo, sigue siendo una isla. Pero quizás tenga un puerto, con barcos que la transiten frecuentemente. Cada vez me hago más a la idea de nadar hasta allá, con la ayuda de un flotador improvisado.


Hace dos años tuve un sueño similar, pero sin la isla. Creo saber lo que significa, pero no lo he podido interpretar por completo. O quizás no quiero hacerlo. No lo sé.