Es curioso que, cuando me pregunto qué libros o autores han influido más en mí, muy pocos vienen a mi cabeza. A pesar de que tengo una licenciatura en letras, soy un lector ávido y tengo una dedicación muy considerable al ámbito académico, son muy pocos los escritores a los que les tengo un cariño especial. Es decir, hay decenas de libros que me han ayudado a moldear mi pensamiento, pero sólo a unos cuantos les tengo un aprecio muy particular. No sé si sea mi tipo de personalidad, el hecho de que soy una persona poco impresionable, pero, por ahora, sólo puedo pensar en estos libros:
El hombre y sus símbolos, de Carl Gustav Jung. Fue mi introducción a la teoría junguiana. Y, en realidad, fue un libro escrito a manera de introducción para el lector común. Digo que es para el lector común ya que, en realidad, cualquiera podría comprenderlo, tan complejas como son las ideas que se exponen aquí. De hecho, Jung quiso hacer este proyecto después de un sueño que tuvo, en donde se vio a sí mismo enseñando sus ideas en medio de una plaza, a los paseantes de un parque, es decir, a la gente común. Este libro contiene el último ensayo que escribió el psicólogo suizo y el cual terminó de revisar un par de meses antes de su muerte. Además, contiene ensayos complementarios de varios de sus colegas y discípulos más cercanos, por lo que muestra un panorama muy completo de la psicología analítica. Éste fue un libro clave para mí, que cambió bastante mi vida y mi pensamiento. Lo puedo decir con toda seguridad, a cuatro años de haberlo leído.
La noche de San Juan, de Mircea Eliade. Una novela larga y densa, tanto en el plano intelectual como en el emocional. Aquí, Eliade desarrolla mucho sus ideas filosóficas y religiosas, que tienen que ver con el tiempo, la historia (y el intento del hombre por refugiarse de ambos), los encuentros significativos, el destino y, además, un existencialismo muy sui generis. No todos los personajes son muy simpáticos que digamos (en realidad, son todo lo contrario) y muestran un absurdo existencial increíble; es decir, construyen el absurdo de una manera infantil y lo extienden al extremo. La situación sentimental de varios de ellos dejó una impresión en mí, y hasta el momento sus historias me vienen a la cabeza con cierta frecuencia. También hay algo de política aquí, pero más que nada es una especie de aclaración (entiéndase una disculpa) por parte de Eliade acerca de lo que pensaba de la Guardia de Hierro. Además, es un lamento por la Europa del Este en tiempos de guerra y posguerra.
Amor y Voluntad, de Rollo May. Una obra clave de uno de los fundadores de la psicoterapia existencial. Éste es un libro muy ameno y sumamente profundo. Explora los principales conflictos psicológicos del hombre moderno, su condición cada vez más esquizoide y fragmentada, su visión torcida del amor y cómo esta situación mina constantemente las bases de su voluntad. El panorama que presenta no es nada agradable, y de su descripción se infiere un futuro extremadamente sombrío para el hombre. No obstante, el tono de este autor básicamente es positivo (entendiéndose por esto que no es derrotista, a la vez que tiene los pies sobre la tierra, sin recurrir a fantasías estériles) y expone sus ideas de una manera muy personal y sincera. Éste es un libro que podría recomendarle a cualquier persona.
Otros autores me vienen a la mente, como Irvin D. Yalom, Ursula Le Guin, Jesús Ferrero, Haruki Murakami, Mijaíl Bulgakov, George R. R. Martin y Fred Vargas, pero tengo que ordenar bien mis ideas acerca de ellos. Quizás continúe en otro post.
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jueves, 14 de agosto de 2008
jueves, 31 de julio de 2008
Necesidad de repetición
Otro fragmento de un capítulo de mi tesis, ahora acerca de la necesidad que todos tenemos de repetir las cosas. Además, esta teoría explicaría porqué nos gustan tanto los clichés en la literatura (entre otras formas de expresión).
Freud fue el primero en analizar a profundidad esta “compulsión a la repetición”, como fenómeno psíquico. Por un lado, lo interpretó como una necesidad del individuo por arreglar las variaciones de un mismo tema que no ha podido superar o entender empáticamente. La repetición sería un intento por manejar una situación traumática para él, por dominarla (Erikson, 1950: 216). En este sentido, la repetición poseería un elemento bastante positivo. Sin embargo, por otro lado, la repetición sería una expresión de Tánatos, el impulso de muerte. El objetivo del instinto tanático, según la teoría freudiana, sería retornar a una condición psíquica previa, de manera que la repetición levante la represión del pasado y reduzca la ansiedad y la tensión (Hillman, 1999:65). El resultado es un estado de atemporalidad, puesto que se ciega el carácter futuro de la situación. Es un mecanismo engañoso, que busca el alivio de toda tensión mediante la pasividad pura, o, en otras palabras, la muerte. Es por eso que Freud equiparó a Tánatos con el estado de Nirvana.
Como se puede ver, la teoría freudiana entiende la repetición como un choque de opuestos, Eros contra Tánatos. La repetición tiene elementos tanto vitales como de muerte. La teoría misma de Freud representa, per se, esta lucha, como evidencian las múltiples revisiones que el gran psiquiatra dio a su teoría de la libido y de las pulsiones (Frattaroli, 1995). Sin embargo, las ideas de Freud son famosas por su frecuente tono pesimista. Por su parte, un importante y original psicólogo posjunguiano, James Hillman (1999:66), se centra en el lado más positivo de la repetición:
"Hay una fuerza de vida en la narración aparte de cualquier impulso de muerte en el narrador. Una vez que este contenido energético es poetizado en una historia, cuenta algo que debe ser dicho aparte de la persona del narrador, algo que ciertamente niega el paso del tiempo y hace que la vida del alma continúe. Ése es, quizás, el mensaje central de Scheherazada. La vitalidad de su historia hizo que su vida continuara simplemente por medio de otro capítulo que nunca concluye."
Jung describió el arquetipo del niño como el carácter preconsciente del alma colectiva humana, el cual cumple con una función pretérita. Basado, en parte, en las ideas de Jung, Mircea Eliade llegó a teorizar que uno de los rasgos más característicos del hombre primitivo precisamente es la huida y el rechazo al tiempo. Eliade también tendía a ver esta actitud de una manera básicamente positiva*. La repetición, como es posible ver, es una parte constitutiva de la psique humana, la cual –aunque posee una cara negativa, en la forma de compulsiones– ha servido como medio indispensable para erigir defensas funcionales que pueden impulsar cambios positivos.
Esto, por supuesto, también resulta cierto para la literatura. Como lector, un niño en su infancia tardía no necesita tanto de historias muy estéticamente elaboradas, sino del tipo más simple de ficción: relatos de “aventuras” que le muestren una figura de identificación aceptable, que pongan énfasis en la acción y el diálogo, que lo ayuden a comprender la realidad que lo rodea (especialmente la del mundo adulto) con sus múltiples conflictos, pero que, a la vez, lo reconforten y le den la seguridad de que todo problema puede ser superado (Appleyard, 1991:63).
Lecturas de este tipo pueden ser muy útiles para el desarrollo anímico y cognitivo del niño. Pero no sólo los niños se benefician de las historias repetitivas. Según Joseph A. Appleyard (1991:164 y sig.), los lectores adultos maduros también saben disfrutar de una lectura “formulaica” y de escape. Incluso aquellos bien instruidos en literatura, a veces tienen la necesidad de leer algo simple. En determinados momentos, leer una obra exigente, formalmente complicada, con perspectivas irónicas y finales abiertos, podría desgastarlos emocionalmente, ya que todo esto hace que los problemas con que lidia la obra parezcan ser tan intratables como los de la vida de los lectores:
"Si la lectura adictiva de romance es del todo útil en términos de desarrollo, podría serlo como un plano donde el lector puede descansar de las exigencias de tipos de lectura más retadores. Quizás, también, repetir habitualmente las convenciones del romance no siempre las desgasta, sino que hace que el control arquetípico de los miedos y deseos que expresan, y las soluciones deseables que representan, sean más penetrantes; y esta experiencia, de alguna manera, prepara a un lector para cambios que sucederán después." (Appleyard, 1991:171)
*Mircea Eliade desarrolló esta característica de las llamadas sociedades primitivas; puso hincapié, desde su perspectiva filosófica-antropológica, en el rechazo, incluso terror, que las comunidades primitivas sienten por la historia. La repetición ritual, que equivale a una recreación del acto cosmogónico, mantenía al hombre primitivo alejado de una consciencia histórica. De esa manera, le era más fácil soportar el peso de las calamidades y el sufrimiento. Cuando un acontecimiento que provoca sufrimiento es tomado como hecho histórico, no es posible asignarle una significación inherente. Una inundación, un terremoto, una sequía o una tormenta devastadora son vistas como simples acontecimientos azarosos, absurdos, sin sentido alguno. Pero cuando el brujo o chamán encuentra una causa para los desastres –crímenes, demonios, karma, hechicería, etcétera–, entonces las calamidades adquieren un sentido y se vuelven más soportables (Eliade, 1949:110-111). La valoración que Eliade dio a esta actitud fue bastante clara: “No hemos de decidir si tales motivos eran o no pueriles, o si semejante rechazo de la historia resultaba siempre eficaz. Un solo hecho cuenta, en nuestra opinión: que gracias a ese parecer decenas de millones de hombres han podido tolerar, durante siglos, grandes presiones históricas sin desesperar, sin suicidarse o caer en la sequedad espiritual que siempre acarrea consigo una visión relativista o nihilista de la historia.” (1949:169)
Para que el hombre fuera capaz de “soportar” y aceptar el peso de la historia, primero debía fortalecer debidamente su consciencia, su ego. Debía separarse del instinto. Fue mediante este proceso gradual que surgieron las primeras grandes civilizaciones (Mesopotamia, China, Egipto, Grecia), las cuales compartían la característica de poseer una amplia conciencia del tiempo histórico.
Bibliografía:
Appleyard, J.A.
1991 Becoming a Reader. The Experience of Fiction from Childhood to Adulthood. Cambridge, Cambridge University Press.
Eliade, Mircea
1949 El mito del eterno retorno. Buenos Aires, Emecé: 2001.
Erikson, Erik
1950 Childhood and Society. New York, Norton & Company: 1993.
Frattaroli, Elio J.
1996 “Mi ánima y yo: a través del oscuro espejo de la interfaz junguiana/freudiana”, en Polly Young-Eisendrath y Terence Dawson (editoras). Introducción a Jung. Cambridge, Cambridge University Press: 1999.
Hillman, James
1999 The Force of Character and the Lasting Life. New York, Ballantine Books.
Freud fue el primero en analizar a profundidad esta “compulsión a la repetición”, como fenómeno psíquico. Por un lado, lo interpretó como una necesidad del individuo por arreglar las variaciones de un mismo tema que no ha podido superar o entender empáticamente. La repetición sería un intento por manejar una situación traumática para él, por dominarla (Erikson, 1950: 216). En este sentido, la repetición poseería un elemento bastante positivo. Sin embargo, por otro lado, la repetición sería una expresión de Tánatos, el impulso de muerte. El objetivo del instinto tanático, según la teoría freudiana, sería retornar a una condición psíquica previa, de manera que la repetición levante la represión del pasado y reduzca la ansiedad y la tensión (Hillman, 1999:65). El resultado es un estado de atemporalidad, puesto que se ciega el carácter futuro de la situación. Es un mecanismo engañoso, que busca el alivio de toda tensión mediante la pasividad pura, o, en otras palabras, la muerte. Es por eso que Freud equiparó a Tánatos con el estado de Nirvana.
Como se puede ver, la teoría freudiana entiende la repetición como un choque de opuestos, Eros contra Tánatos. La repetición tiene elementos tanto vitales como de muerte. La teoría misma de Freud representa, per se, esta lucha, como evidencian las múltiples revisiones que el gran psiquiatra dio a su teoría de la libido y de las pulsiones (Frattaroli, 1995). Sin embargo, las ideas de Freud son famosas por su frecuente tono pesimista. Por su parte, un importante y original psicólogo posjunguiano, James Hillman (1999:66), se centra en el lado más positivo de la repetición:
"Hay una fuerza de vida en la narración aparte de cualquier impulso de muerte en el narrador. Una vez que este contenido energético es poetizado en una historia, cuenta algo que debe ser dicho aparte de la persona del narrador, algo que ciertamente niega el paso del tiempo y hace que la vida del alma continúe. Ése es, quizás, el mensaje central de Scheherazada. La vitalidad de su historia hizo que su vida continuara simplemente por medio de otro capítulo que nunca concluye."
Jung describió el arquetipo del niño como el carácter preconsciente del alma colectiva humana, el cual cumple con una función pretérita. Basado, en parte, en las ideas de Jung, Mircea Eliade llegó a teorizar que uno de los rasgos más característicos del hombre primitivo precisamente es la huida y el rechazo al tiempo. Eliade también tendía a ver esta actitud de una manera básicamente positiva*. La repetición, como es posible ver, es una parte constitutiva de la psique humana, la cual –aunque posee una cara negativa, en la forma de compulsiones– ha servido como medio indispensable para erigir defensas funcionales que pueden impulsar cambios positivos.
Esto, por supuesto, también resulta cierto para la literatura. Como lector, un niño en su infancia tardía no necesita tanto de historias muy estéticamente elaboradas, sino del tipo más simple de ficción: relatos de “aventuras” que le muestren una figura de identificación aceptable, que pongan énfasis en la acción y el diálogo, que lo ayuden a comprender la realidad que lo rodea (especialmente la del mundo adulto) con sus múltiples conflictos, pero que, a la vez, lo reconforten y le den la seguridad de que todo problema puede ser superado (Appleyard, 1991:63).
Lecturas de este tipo pueden ser muy útiles para el desarrollo anímico y cognitivo del niño. Pero no sólo los niños se benefician de las historias repetitivas. Según Joseph A. Appleyard (1991:164 y sig.), los lectores adultos maduros también saben disfrutar de una lectura “formulaica” y de escape. Incluso aquellos bien instruidos en literatura, a veces tienen la necesidad de leer algo simple. En determinados momentos, leer una obra exigente, formalmente complicada, con perspectivas irónicas y finales abiertos, podría desgastarlos emocionalmente, ya que todo esto hace que los problemas con que lidia la obra parezcan ser tan intratables como los de la vida de los lectores:
"Si la lectura adictiva de romance es del todo útil en términos de desarrollo, podría serlo como un plano donde el lector puede descansar de las exigencias de tipos de lectura más retadores. Quizás, también, repetir habitualmente las convenciones del romance no siempre las desgasta, sino que hace que el control arquetípico de los miedos y deseos que expresan, y las soluciones deseables que representan, sean más penetrantes; y esta experiencia, de alguna manera, prepara a un lector para cambios que sucederán después." (Appleyard, 1991:171)
*Mircea Eliade desarrolló esta característica de las llamadas sociedades primitivas; puso hincapié, desde su perspectiva filosófica-antropológica, en el rechazo, incluso terror, que las comunidades primitivas sienten por la historia. La repetición ritual, que equivale a una recreación del acto cosmogónico, mantenía al hombre primitivo alejado de una consciencia histórica. De esa manera, le era más fácil soportar el peso de las calamidades y el sufrimiento. Cuando un acontecimiento que provoca sufrimiento es tomado como hecho histórico, no es posible asignarle una significación inherente. Una inundación, un terremoto, una sequía o una tormenta devastadora son vistas como simples acontecimientos azarosos, absurdos, sin sentido alguno. Pero cuando el brujo o chamán encuentra una causa para los desastres –crímenes, demonios, karma, hechicería, etcétera–, entonces las calamidades adquieren un sentido y se vuelven más soportables (Eliade, 1949:110-111). La valoración que Eliade dio a esta actitud fue bastante clara: “No hemos de decidir si tales motivos eran o no pueriles, o si semejante rechazo de la historia resultaba siempre eficaz. Un solo hecho cuenta, en nuestra opinión: que gracias a ese parecer decenas de millones de hombres han podido tolerar, durante siglos, grandes presiones históricas sin desesperar, sin suicidarse o caer en la sequedad espiritual que siempre acarrea consigo una visión relativista o nihilista de la historia.” (1949:169)
Para que el hombre fuera capaz de “soportar” y aceptar el peso de la historia, primero debía fortalecer debidamente su consciencia, su ego. Debía separarse del instinto. Fue mediante este proceso gradual que surgieron las primeras grandes civilizaciones (Mesopotamia, China, Egipto, Grecia), las cuales compartían la característica de poseer una amplia conciencia del tiempo histórico.
Bibliografía:
Appleyard, J.A.
1991 Becoming a Reader. The Experience of Fiction from Childhood to Adulthood. Cambridge, Cambridge University Press.
Eliade, Mircea
1949 El mito del eterno retorno. Buenos Aires, Emecé: 2001.
Erikson, Erik
1950 Childhood and Society. New York, Norton & Company: 1993.
Frattaroli, Elio J.
1996 “Mi ánima y yo: a través del oscuro espejo de la interfaz junguiana/freudiana”, en Polly Young-Eisendrath y Terence Dawson (editoras). Introducción a Jung. Cambridge, Cambridge University Press: 1999.
Hillman, James
1999 The Force of Character and the Lasting Life. New York, Ballantine Books.
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jueves, 12 de junio de 2008
Religión, pt. 3/3
Como dije en el anterior post, si se va más allá de las limitaciones empíricas de la teoría de lo inconsciente colectivo, y se entra a un terreno más filosófico y especulativo, entonces, sí, la mente podría contener la clave para contactar con lo divino. Poco antes de que le dispararan en la cabeza, Ioan Culianu, el heredero de Mircea Eliade, publicó una teoría muy interesante. Según él, las experiencias extáticas, astrales y fuera-del-cuerpo que tienen los chamanes, los yoguis y otros místicos, describen muy bien lo que podría ser la cuarta dimensión. A partir de ahí, Culianu especuló que quizás la mente posee el secreto para "trascender" a distintas dimensiones. Si, como predican los budistas, la mente puede romper el velo de maya e ir más allá de las convenciones tridimensionales, entonces sería posible hacer un viaje a otra realidad. Sin embargo, a Culianu no le gustaba la psicología de lo inconsciente, probablemente porque estaba loco y no quería darse cuenta de ello. Pero no por eso sus ideas son menos interesantes.
Como sea, vayamos a otras cosas.
====================
La Muerte
Otro factor que está íntimamente ligado al sentimiento religioso es la muerte. Por supuesto, no estoy de acuerdo con la afirmación atea de que el miedo a la muerte es la fuente y esencia de toda religión. Es una idea demasiado reduccionista y simplona. La conciencia de que el hombre muere también es el punto de partida de toda sabiduría, filosofía, arte e introspección. ¿Quiere esto decir que las creaciones humanas más elevadas han surgido con la meta última de consolarnos frente a la muerte? ¿Son una gran evasión o una profundización? Me voy más por la segunda, y creo que la cosa es demasiado complicada como para dar una conclusión tan burda como "cuando morimos dejamos de existir", que por otro lado es demasiado negativa y pesimista.
Yo frecuentemente pienso en la muerte (el puer aeternus, la figura interna que huye de la muerte, de hecho es uno de los temas principales de mi tesis), y me pasa algo curioso. Cuando era niño y supe que mis padres iban a morir, la idea ciertamente me impactó, pero no recuerdo que haya tenido una huella demasiado fuerte en mí. Varias veces fui a funerales de familiares y me tocó asistir, por casualidad, a misas de requiem de cuerpo presente. A diferencia de otros niños de 7 y 8 años, ver los cadáveres no producía mucho efecto en mí (ver a un moribundo, por otro lado, es algo completamente distinto). Ni la muerte ni los muertos me asustaban mucho, y de hecho fui yo el que consoló a mi papá cuando murió mi abuelo. No sé muy bien a qué se deba, pero desde pequeño tenía una cierta seguridad intuitiva de que la muerte no era el fin del espíritu, cosa que, según creo, iba más allá de mi formación religiosa.
Pero no podría estar por mucho tiempo en un cementerio o en una funeraria. Hay algo frío y perturbador acerca de los lugares que almacenan muerte. Pensé en eso muchas veces y me daba cuenta de que lo que me asustaba no era tanto el estado de la muerte en sí, sino, más bien, algo así como el contacto de lo muerto con lo vivo. Cuando estoy en un cementerio durante más de media hora, empiezo a sentir como si me drenaran la energía. Pensé que a lo mejor se trataba de una condición psicológica, porque, aunque cuando usualmente pienso en la muerte no me pasa nada, quizás el ambiente del cementerio -con sus cientos de personas dolientes que dejaban ahí sus impresiones emocionales- ayudaba a sacar algo reprimido y fuerte que consumía mucho mi energía mental. Pero no podía precisar qué era. Por otro lado, no es que sintiera mucha angustia. El caso es que siempre que voy a un cementerio, procuro no quedarme ahí por más de 20 ó 30 minutos.
Quizás haya otro factor presente en los lugares de muertos. Marie-Louise von Franz, una de las discípulas más chingonas que tuvo Jung, hizo un estudio pionero acerca de los sueños que suelen tener las personas moribundas, las que padecen de enfermedades terminales e incluso quienes no saben que están cerca de la muerte. Al parecer, existen muchos sueños sincronísticos (es decir, que presentan un fenómeno en el que la realidad externa coincide con la interna), que resultan proféticos. La sincronicidad trata las coincidencias significativas: los sistemas de adivinación, los sueños "objetivos", algunos acontecimientos extraños o paranormales, o cuestiones cotidianas como cuando uno piensa en tal o cual persona, y repentinamente se encuentra con ella. Jung comenzó el estudio científico-empírico de este tema e incluso realizó un sorprendente experimento astrológico. Con esto, sólo quiero aclarar que no se trata de una cuestión new age, ni esotérica, ni nada por el estilo. La sincronicidad es algo que siempre ha sido notado y registrado en todo tipo de manifestaciones culturales. Y, para qué nos hacemos mensos, a todos nos ha ocurrido algo así, si bien son cosas que solemos descartar sin darles mucha reflexión.
Volviendo a los sueños, Franz comentó que existen ciertos sueños que no pueden ser interpretados subjetivamente; es decir, son sueños que apuntan hacia la realidad objetiva y no tanto hacia la situación interior del soñante. Jung solía interpretar así algunos sueños donde aparecían personas que ya habían muerto. Según él, ninguna otra interpretación podía encajar en la situación de los soñantes, y Franz estaba de acuerdo con esto. Ella habló sobre un sueño que tuvo poco después de que murió su padre. Éste timbraba en su casa, y cuando ella quiso abrazarlo, él se negó y le dijo que sólo estaba ahí de visita, y que los muertos no deben estar mucho tiempo cerca de los vivos. En este sueño, ella sentía que debía mantener con vida la flama de la estufa de su casa.
La interpretación que dio fue la siguiente: la flama representa lo humano terrenal y ctónico, las pasiones, los sentimientos, etc. Los muertos, según cuentan miles de mitos e historias de experiencias extracorporales y después-de-la-muerte, al separarse de sus cuerpos, se desprenden también de este "calor humano", y se vuelven, por así decirlo, "objetivos". Franz sospechaba que, para que un muerto se manifieste a un vivo, probablemente deba "robar" parte de esta energía vital. Si el espíritu del muerto llegara a consumir la energía vital de un vivo (que lo "poseyera", digamos), ocurriría un trastorno emocional severo, psicótico. Por eso su padre la mantenía alejada en aquel sueño. Y por eso, también, los médiums e invocadores siempre se encuentran en el constante peligro de "perder el alma", como se dice entre algunas tribus primitivas.
¿Podría ser eso lo que sucede en los cementerios y funerarias? ¿Podrá haber ahí espíritus hambrientos de vida? No lo sé, pero lo sospecho.
No obstante, ésa no es la tesis principal del libro de Franz, Sobre los sueños y la muerte. Según ella, los sueños de las personas próximas a la muerte muestran que el proceso de individuación -de autorrealización, que es natural al individuo- continúa una vez que se ha completado el ciclo vital. Lo inconsciente no se inmuta ante la muerte; la ve como una de tantas transiciones anímicas y existenciales. Lo inconsciente parece preparar y prevenir al individuo acerca del cambio que se le avecina.
Como quiera hay algo que sí temo de la muerte. El viaje que describe el Libro Tibetano de los Muertos, así como el Libro Egipcio y otros, son terribles, llenos de pruebas y sufrimiento. Por otro lado, la idea de que existen varias almas que coinciden en una dentro del cuerpo terrenal, y que se separan tras la muerte, tampoco me agrada mucho. El que me quiten mis emociones y mis vínculos afectivos después de morir es un pensamiento triste. Pero si así deben ser las cosas, no hay mucho qué hacer al respecto.
===================
No dudo que haya algo después de la muerte, pero no puedo saber qué es. Ésa es la incertidumbre que me da más miedo.
En fin, tengo muchas más cosas que decir, pero mejor aquí lo dejo. Ya fueron suficientes locuras. Quizás debería dedicarle más tiempo y energía a pensamientos que sean más prácticos.
Como sea, vayamos a otras cosas.
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La Muerte
Otro factor que está íntimamente ligado al sentimiento religioso es la muerte. Por supuesto, no estoy de acuerdo con la afirmación atea de que el miedo a la muerte es la fuente y esencia de toda religión. Es una idea demasiado reduccionista y simplona. La conciencia de que el hombre muere también es el punto de partida de toda sabiduría, filosofía, arte e introspección. ¿Quiere esto decir que las creaciones humanas más elevadas han surgido con la meta última de consolarnos frente a la muerte? ¿Son una gran evasión o una profundización? Me voy más por la segunda, y creo que la cosa es demasiado complicada como para dar una conclusión tan burda como "cuando morimos dejamos de existir", que por otro lado es demasiado negativa y pesimista.
Yo frecuentemente pienso en la muerte (el puer aeternus, la figura interna que huye de la muerte, de hecho es uno de los temas principales de mi tesis), y me pasa algo curioso. Cuando era niño y supe que mis padres iban a morir, la idea ciertamente me impactó, pero no recuerdo que haya tenido una huella demasiado fuerte en mí. Varias veces fui a funerales de familiares y me tocó asistir, por casualidad, a misas de requiem de cuerpo presente. A diferencia de otros niños de 7 y 8 años, ver los cadáveres no producía mucho efecto en mí (ver a un moribundo, por otro lado, es algo completamente distinto). Ni la muerte ni los muertos me asustaban mucho, y de hecho fui yo el que consoló a mi papá cuando murió mi abuelo. No sé muy bien a qué se deba, pero desde pequeño tenía una cierta seguridad intuitiva de que la muerte no era el fin del espíritu, cosa que, según creo, iba más allá de mi formación religiosa.
Pero no podría estar por mucho tiempo en un cementerio o en una funeraria. Hay algo frío y perturbador acerca de los lugares que almacenan muerte. Pensé en eso muchas veces y me daba cuenta de que lo que me asustaba no era tanto el estado de la muerte en sí, sino, más bien, algo así como el contacto de lo muerto con lo vivo. Cuando estoy en un cementerio durante más de media hora, empiezo a sentir como si me drenaran la energía. Pensé que a lo mejor se trataba de una condición psicológica, porque, aunque cuando usualmente pienso en la muerte no me pasa nada, quizás el ambiente del cementerio -con sus cientos de personas dolientes que dejaban ahí sus impresiones emocionales- ayudaba a sacar algo reprimido y fuerte que consumía mucho mi energía mental. Pero no podía precisar qué era. Por otro lado, no es que sintiera mucha angustia. El caso es que siempre que voy a un cementerio, procuro no quedarme ahí por más de 20 ó 30 minutos.
Quizás haya otro factor presente en los lugares de muertos. Marie-Louise von Franz, una de las discípulas más chingonas que tuvo Jung, hizo un estudio pionero acerca de los sueños que suelen tener las personas moribundas, las que padecen de enfermedades terminales e incluso quienes no saben que están cerca de la muerte. Al parecer, existen muchos sueños sincronísticos (es decir, que presentan un fenómeno en el que la realidad externa coincide con la interna), que resultan proféticos. La sincronicidad trata las coincidencias significativas: los sistemas de adivinación, los sueños "objetivos", algunos acontecimientos extraños o paranormales, o cuestiones cotidianas como cuando uno piensa en tal o cual persona, y repentinamente se encuentra con ella. Jung comenzó el estudio científico-empírico de este tema e incluso realizó un sorprendente experimento astrológico. Con esto, sólo quiero aclarar que no se trata de una cuestión new age, ni esotérica, ni nada por el estilo. La sincronicidad es algo que siempre ha sido notado y registrado en todo tipo de manifestaciones culturales. Y, para qué nos hacemos mensos, a todos nos ha ocurrido algo así, si bien son cosas que solemos descartar sin darles mucha reflexión.
Volviendo a los sueños, Franz comentó que existen ciertos sueños que no pueden ser interpretados subjetivamente; es decir, son sueños que apuntan hacia la realidad objetiva y no tanto hacia la situación interior del soñante. Jung solía interpretar así algunos sueños donde aparecían personas que ya habían muerto. Según él, ninguna otra interpretación podía encajar en la situación de los soñantes, y Franz estaba de acuerdo con esto. Ella habló sobre un sueño que tuvo poco después de que murió su padre. Éste timbraba en su casa, y cuando ella quiso abrazarlo, él se negó y le dijo que sólo estaba ahí de visita, y que los muertos no deben estar mucho tiempo cerca de los vivos. En este sueño, ella sentía que debía mantener con vida la flama de la estufa de su casa.
La interpretación que dio fue la siguiente: la flama representa lo humano terrenal y ctónico, las pasiones, los sentimientos, etc. Los muertos, según cuentan miles de mitos e historias de experiencias extracorporales y después-de-la-muerte, al separarse de sus cuerpos, se desprenden también de este "calor humano", y se vuelven, por así decirlo, "objetivos". Franz sospechaba que, para que un muerto se manifieste a un vivo, probablemente deba "robar" parte de esta energía vital. Si el espíritu del muerto llegara a consumir la energía vital de un vivo (que lo "poseyera", digamos), ocurriría un trastorno emocional severo, psicótico. Por eso su padre la mantenía alejada en aquel sueño. Y por eso, también, los médiums e invocadores siempre se encuentran en el constante peligro de "perder el alma", como se dice entre algunas tribus primitivas.
¿Podría ser eso lo que sucede en los cementerios y funerarias? ¿Podrá haber ahí espíritus hambrientos de vida? No lo sé, pero lo sospecho.
No obstante, ésa no es la tesis principal del libro de Franz, Sobre los sueños y la muerte. Según ella, los sueños de las personas próximas a la muerte muestran que el proceso de individuación -de autorrealización, que es natural al individuo- continúa una vez que se ha completado el ciclo vital. Lo inconsciente no se inmuta ante la muerte; la ve como una de tantas transiciones anímicas y existenciales. Lo inconsciente parece preparar y prevenir al individuo acerca del cambio que se le avecina.
Como quiera hay algo que sí temo de la muerte. El viaje que describe el Libro Tibetano de los Muertos, así como el Libro Egipcio y otros, son terribles, llenos de pruebas y sufrimiento. Por otro lado, la idea de que existen varias almas que coinciden en una dentro del cuerpo terrenal, y que se separan tras la muerte, tampoco me agrada mucho. El que me quiten mis emociones y mis vínculos afectivos después de morir es un pensamiento triste. Pero si así deben ser las cosas, no hay mucho qué hacer al respecto.
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No dudo que haya algo después de la muerte, pero no puedo saber qué es. Ésa es la incertidumbre que me da más miedo.
En fin, tengo muchas más cosas que decir, pero mejor aquí lo dejo. Ya fueron suficientes locuras. Quizás debería dedicarle más tiempo y energía a pensamientos que sean más prácticos.
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