Éste es un fragmento de un capítulo de mi tesis, donde doy una explicación sintética del arquetipo del niño. Incluyo tres definiciones al final, para hacer más claras las cosas.
Jung se ocupó de esta figura en su ensayo “Acerca de la psicología del arquetipo del niño", que incluyó en Introducción a la esencia de la mitología (1941), redactado en colaboración con Karl Kerényi, quien abordó el mismo tema desde una perspectiva antropológica. Jung destacó que una de las paradojas más importantes del arquetipo del niño es que posee un carácter tanto pretérito como futuro. Es pretérito en cuanto a que representa el carácter preconsciente de la infancia del alma colectiva. El niño es un ser que todavía no desarrolla una consciencia firme, que todavía no es capaz de comprender el conflicto que supone el dividir el mundo en categorías duales. Por lo tanto, se encuentra sumamente cercano al instinto y a la totalidad inconsciente. El niño es un ser desvalido, incapaz de enfrentar por sí mismo el horror vacui de la existencia a la que tan abruptamente es lanzado. Sin embargo, la naturaleza misma (es decir, lo inconsciente) se encarga de acogerlo maternalmente, como lo demuestran los múltiples mitos de los animales que alimentan y protegen al niño-héroe.
Pero, a pesar de que se trata de un arquetipo retrospectivo en apariencia, el niño también es futuro en potencia. Por lo tanto, psicológicamente, la aparición del niño anticipa importantes desarrollos futuros en la personalidad individual o colectiva:
"El 'niño' prepara una futura transformación de la personalidad. En el proceso de la individuación anticipa la figura que resulta de la síntesis de los elementos conscientes e inconscientes de la personalidad. Es, por eso, un símbolo que une los opuestos, un mediador, un salvador, es decir, un hacedor-de-la-totalidad. Por este significado, el motivo del niño también tiene la capacidad de sufrir esas múltiples transformaciones formales ya mencionadas: su expresión es, por ejemplo, lo redondo, el círculo o la bola, o la cuaternidad como otra forma de la totalidad. A esa totalidad que trasciende la consciencia yo la he denominado el 'sí-mismo'. La meta del proceso de individuación es la síntesis del sí-mismo." (Jung, 1941:109)
Entonces, el niño aparece como una prefiguración del Sí-mismo, como una totalidad en potencia. En circunstancias concretas, el arquetipo del niño puede constelarse sobre la mente consciente como un auxilio para sobrellevar una situación angustiante, resultado de un choque de opuestos. Así sucede cada vez que una persona está por tener un cambio en su vida. Pero este arquetipo trata también lo más trascendente y, por ende, atemorizante, de la existencia:
"El 'niño' simboliza la naturaleza preconsciente y postconsciente del hombre. Su naturaleza preconsciente es el estado inconsciente de la más tierna infancia, la naturaleza postconsciente es una anticipación per analogiam más allá de la muerte. En esta representación se expresa la naturaleza global de la totalidad humana."(Jung, 1941:123-124)
Así que, como se puede ver, el niño también es un recordatorio constante de la naturaleza finita del ser humano. Esto es algo positivo, ya que impulsa un enfrentamiento con los más aguerridos temores del espíritu, sin lo cual no sería posible aspirar a tener una existencia plena. Es necesario tener esto en cuenta para entender la faceta más negativa del arquetipo, el llamado puer aeternus.
Marie-Louise von Franz es quien, hasta el momento, ha elaborado el estudio más completo sobre este arquetipo, en su obra El Puer Aeternus (1970). El puer aeternus expresa un truncamiento en el carácter futuro del niño. Cuando existe una disociación neurótica entre los estados presente y pretérito de la persona –es decir, una incompatibilidad o contradicción entre ambos estados–, ocurre un conflicto serio que afecta profundamente la identidad del individuo, puesto que es incapaz de ponerse en contacto con sus orígenes (Jung, 1941:106). Esto normalmente ocurre debido a un complejo materno negativo (Franz, 1970:7). La persona, entonces, es poseída por este arquetipo que lo atrapa en su carácter regresivo, imposibilitándole el flujo de auténtica vitalidad. En el centro del conflicto se encuentra una experiencia infantil traumática, una deformación del amor y la confianza tan fuerte y terrible que obliga a la persona a erigir defensas esquizoides, de manera que no la vuelva a experimentar. Así, “el amor amenaza su existencia misma” (May, 1969:18). Sin embargo, el principio de individuación seguirá actuando y tratará de empujar el desarrollo anímico. Una y otra vez, insistirá en una confrontación con los propios sentimientos, a lo que el puer aeternus responde con una perseverancia anormal en los viejos hábitos y actividades, para no tener que cambiar a las nuevas exigencias. Al estar atrapada en este ciclo destructivo, y dado su rechazo al carácter futuro del arquetipo del niño, la persona niega la noción de la temporalidad, intenta vivir en un eterno momento presente. No obstante, en el fondo, está muy consciente de la transitoriedad de las cosas, y especialmente de la de las personas. Por lo tanto, temeroso tanto de la muerte como de la desilusión, el individuo es incapaz de establecer vínculos funcionales y estrechos con su entorno y con los demás.
De acuerdo con la descripción de Franz, la persona poseída por el puer aeternus presenta muchas características típicas del adolescente: impaciencia, irresponsabilidad, búsqueda religiosa, indisciplina, rebeldía y, especialmente, aburrimiento. Ya que el sujeto se encuentra encerrado en un estado regresivo, es de esperarse que sienta un aburrimiento terrible, ya que ¿qué es el aburrimiento sino una sensación de “no estar en la vida”? El élan vital del puer aeternus es bastante débil, por lo que, en muchos de los casos, existe un peligro latente de suicidio.
Bibliografía:
Franz, Marie-Louise von
1970 The Problem of the Puer Aeternus. Toronto, Inner City Books: 2000. (tr. española El puer aeternus. Barcelona, Paidós)
Jung, Carl Gustav y Karl Kerényi
1941 Introducción a la esencia de la mitología. Madrid, Siruela: 2003.
May, Rollo
1969 Amor y voluntad. Barcelona, Gedisa: 2000.
Glosario:
Arquetipos. Imágenes psíquicas primordiales que conforman lo inconsciente colectivo. Poseen una fuerte carga emocional y muestran motivos universales. Los arquetipos aparecen en todo tipo de fantasías y sueños, en obras artísticas y folclóricas, en la mitología e imaginería religiosa de todas las culturas: la gran madre, la novia, la bruja, el dragón, el loco, el héroe, la muerte, el sol, la luna, el viejo sabio, el árbol místico, el animal acompañante, etcétera. Los arquetipos actúan de manera autónoma respecto a la conciencia, es decir que nuestro “yo” no tiene control alguno sobre ellos. También suelen mostrar una doble cara: positivo y negativo. Poseen un aspecto objetivo e impersonal que define su núcleo y función general, pero suelen aparecer en una relación subjetiva a la situación concreta y particular de quien (o quienes) los experimentan.
Inconsciente colectivo. Lo desconocido dentro del hombre. Se conforma por patrones psíquicos (arquetipos) que son comunes a toda la humanidad. Estos patrones arquetípicos forman complejos que influyen de manera determinante en todo tipo de comunicación humana.
Individuación. Proceso de diferenciación cuya meta es el desarrollo de la personalidad individual. Es decir que la psique siempre se inclina hacia la búsqueda del sentido particular de la vida del individuo, a su lugar e identidad específicas e irrepetibles en este mundo. Es, en cierta manera, lo que podría llamarse “autorrealización” del ser humano. La obstaculización de este proceso (cuyas causas pueden ser numerosas y normalmente se pueden encontrar en las experiencias tempranas de vida) conduce a la deformación neurótica de la personalidad, que se manifiesta como un choque de impulsos o fuerzas internas opuestas. La individuación intentará continuar a través del conflicto, por lo que para su resolución es necesaria una comprensión total y empática de las fuerzas arquetípicas en oposición, de manera que surja la llamada función trascendente que tiende un puente entre los contrarios e incita a su integración o coniunctio. Las actitudes unilaterales, por lo tanto, están condenadas al fracaso y la insanidad. No se trata de reprimir impulsos, sino de entenderlos con todas las funciones de la personalidad, de forma que sus energías sean encaminadas productivamente.
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miércoles, 30 de julio de 2008
jueves, 12 de junio de 2008
Religión, pt. 3/3
Como dije en el anterior post, si se va más allá de las limitaciones empíricas de la teoría de lo inconsciente colectivo, y se entra a un terreno más filosófico y especulativo, entonces, sí, la mente podría contener la clave para contactar con lo divino. Poco antes de que le dispararan en la cabeza, Ioan Culianu, el heredero de Mircea Eliade, publicó una teoría muy interesante. Según él, las experiencias extáticas, astrales y fuera-del-cuerpo que tienen los chamanes, los yoguis y otros místicos, describen muy bien lo que podría ser la cuarta dimensión. A partir de ahí, Culianu especuló que quizás la mente posee el secreto para "trascender" a distintas dimensiones. Si, como predican los budistas, la mente puede romper el velo de maya e ir más allá de las convenciones tridimensionales, entonces sería posible hacer un viaje a otra realidad. Sin embargo, a Culianu no le gustaba la psicología de lo inconsciente, probablemente porque estaba loco y no quería darse cuenta de ello. Pero no por eso sus ideas son menos interesantes.
Como sea, vayamos a otras cosas.
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La Muerte
Otro factor que está íntimamente ligado al sentimiento religioso es la muerte. Por supuesto, no estoy de acuerdo con la afirmación atea de que el miedo a la muerte es la fuente y esencia de toda religión. Es una idea demasiado reduccionista y simplona. La conciencia de que el hombre muere también es el punto de partida de toda sabiduría, filosofía, arte e introspección. ¿Quiere esto decir que las creaciones humanas más elevadas han surgido con la meta última de consolarnos frente a la muerte? ¿Son una gran evasión o una profundización? Me voy más por la segunda, y creo que la cosa es demasiado complicada como para dar una conclusión tan burda como "cuando morimos dejamos de existir", que por otro lado es demasiado negativa y pesimista.
Yo frecuentemente pienso en la muerte (el puer aeternus, la figura interna que huye de la muerte, de hecho es uno de los temas principales de mi tesis), y me pasa algo curioso. Cuando era niño y supe que mis padres iban a morir, la idea ciertamente me impactó, pero no recuerdo que haya tenido una huella demasiado fuerte en mí. Varias veces fui a funerales de familiares y me tocó asistir, por casualidad, a misas de requiem de cuerpo presente. A diferencia de otros niños de 7 y 8 años, ver los cadáveres no producía mucho efecto en mí (ver a un moribundo, por otro lado, es algo completamente distinto). Ni la muerte ni los muertos me asustaban mucho, y de hecho fui yo el que consoló a mi papá cuando murió mi abuelo. No sé muy bien a qué se deba, pero desde pequeño tenía una cierta seguridad intuitiva de que la muerte no era el fin del espíritu, cosa que, según creo, iba más allá de mi formación religiosa.
Pero no podría estar por mucho tiempo en un cementerio o en una funeraria. Hay algo frío y perturbador acerca de los lugares que almacenan muerte. Pensé en eso muchas veces y me daba cuenta de que lo que me asustaba no era tanto el estado de la muerte en sí, sino, más bien, algo así como el contacto de lo muerto con lo vivo. Cuando estoy en un cementerio durante más de media hora, empiezo a sentir como si me drenaran la energía. Pensé que a lo mejor se trataba de una condición psicológica, porque, aunque cuando usualmente pienso en la muerte no me pasa nada, quizás el ambiente del cementerio -con sus cientos de personas dolientes que dejaban ahí sus impresiones emocionales- ayudaba a sacar algo reprimido y fuerte que consumía mucho mi energía mental. Pero no podía precisar qué era. Por otro lado, no es que sintiera mucha angustia. El caso es que siempre que voy a un cementerio, procuro no quedarme ahí por más de 20 ó 30 minutos.
Quizás haya otro factor presente en los lugares de muertos. Marie-Louise von Franz, una de las discípulas más chingonas que tuvo Jung, hizo un estudio pionero acerca de los sueños que suelen tener las personas moribundas, las que padecen de enfermedades terminales e incluso quienes no saben que están cerca de la muerte. Al parecer, existen muchos sueños sincronísticos (es decir, que presentan un fenómeno en el que la realidad externa coincide con la interna), que resultan proféticos. La sincronicidad trata las coincidencias significativas: los sistemas de adivinación, los sueños "objetivos", algunos acontecimientos extraños o paranormales, o cuestiones cotidianas como cuando uno piensa en tal o cual persona, y repentinamente se encuentra con ella. Jung comenzó el estudio científico-empírico de este tema e incluso realizó un sorprendente experimento astrológico. Con esto, sólo quiero aclarar que no se trata de una cuestión new age, ni esotérica, ni nada por el estilo. La sincronicidad es algo que siempre ha sido notado y registrado en todo tipo de manifestaciones culturales. Y, para qué nos hacemos mensos, a todos nos ha ocurrido algo así, si bien son cosas que solemos descartar sin darles mucha reflexión.
Volviendo a los sueños, Franz comentó que existen ciertos sueños que no pueden ser interpretados subjetivamente; es decir, son sueños que apuntan hacia la realidad objetiva y no tanto hacia la situación interior del soñante. Jung solía interpretar así algunos sueños donde aparecían personas que ya habían muerto. Según él, ninguna otra interpretación podía encajar en la situación de los soñantes, y Franz estaba de acuerdo con esto. Ella habló sobre un sueño que tuvo poco después de que murió su padre. Éste timbraba en su casa, y cuando ella quiso abrazarlo, él se negó y le dijo que sólo estaba ahí de visita, y que los muertos no deben estar mucho tiempo cerca de los vivos. En este sueño, ella sentía que debía mantener con vida la flama de la estufa de su casa.
La interpretación que dio fue la siguiente: la flama representa lo humano terrenal y ctónico, las pasiones, los sentimientos, etc. Los muertos, según cuentan miles de mitos e historias de experiencias extracorporales y después-de-la-muerte, al separarse de sus cuerpos, se desprenden también de este "calor humano", y se vuelven, por así decirlo, "objetivos". Franz sospechaba que, para que un muerto se manifieste a un vivo, probablemente deba "robar" parte de esta energía vital. Si el espíritu del muerto llegara a consumir la energía vital de un vivo (que lo "poseyera", digamos), ocurriría un trastorno emocional severo, psicótico. Por eso su padre la mantenía alejada en aquel sueño. Y por eso, también, los médiums e invocadores siempre se encuentran en el constante peligro de "perder el alma", como se dice entre algunas tribus primitivas.
¿Podría ser eso lo que sucede en los cementerios y funerarias? ¿Podrá haber ahí espíritus hambrientos de vida? No lo sé, pero lo sospecho.
No obstante, ésa no es la tesis principal del libro de Franz, Sobre los sueños y la muerte. Según ella, los sueños de las personas próximas a la muerte muestran que el proceso de individuación -de autorrealización, que es natural al individuo- continúa una vez que se ha completado el ciclo vital. Lo inconsciente no se inmuta ante la muerte; la ve como una de tantas transiciones anímicas y existenciales. Lo inconsciente parece preparar y prevenir al individuo acerca del cambio que se le avecina.
Como quiera hay algo que sí temo de la muerte. El viaje que describe el Libro Tibetano de los Muertos, así como el Libro Egipcio y otros, son terribles, llenos de pruebas y sufrimiento. Por otro lado, la idea de que existen varias almas que coinciden en una dentro del cuerpo terrenal, y que se separan tras la muerte, tampoco me agrada mucho. El que me quiten mis emociones y mis vínculos afectivos después de morir es un pensamiento triste. Pero si así deben ser las cosas, no hay mucho qué hacer al respecto.
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No dudo que haya algo después de la muerte, pero no puedo saber qué es. Ésa es la incertidumbre que me da más miedo.
En fin, tengo muchas más cosas que decir, pero mejor aquí lo dejo. Ya fueron suficientes locuras. Quizás debería dedicarle más tiempo y energía a pensamientos que sean más prácticos.
Como sea, vayamos a otras cosas.
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La Muerte
Otro factor que está íntimamente ligado al sentimiento religioso es la muerte. Por supuesto, no estoy de acuerdo con la afirmación atea de que el miedo a la muerte es la fuente y esencia de toda religión. Es una idea demasiado reduccionista y simplona. La conciencia de que el hombre muere también es el punto de partida de toda sabiduría, filosofía, arte e introspección. ¿Quiere esto decir que las creaciones humanas más elevadas han surgido con la meta última de consolarnos frente a la muerte? ¿Son una gran evasión o una profundización? Me voy más por la segunda, y creo que la cosa es demasiado complicada como para dar una conclusión tan burda como "cuando morimos dejamos de existir", que por otro lado es demasiado negativa y pesimista.
Yo frecuentemente pienso en la muerte (el puer aeternus, la figura interna que huye de la muerte, de hecho es uno de los temas principales de mi tesis), y me pasa algo curioso. Cuando era niño y supe que mis padres iban a morir, la idea ciertamente me impactó, pero no recuerdo que haya tenido una huella demasiado fuerte en mí. Varias veces fui a funerales de familiares y me tocó asistir, por casualidad, a misas de requiem de cuerpo presente. A diferencia de otros niños de 7 y 8 años, ver los cadáveres no producía mucho efecto en mí (ver a un moribundo, por otro lado, es algo completamente distinto). Ni la muerte ni los muertos me asustaban mucho, y de hecho fui yo el que consoló a mi papá cuando murió mi abuelo. No sé muy bien a qué se deba, pero desde pequeño tenía una cierta seguridad intuitiva de que la muerte no era el fin del espíritu, cosa que, según creo, iba más allá de mi formación religiosa.
Pero no podría estar por mucho tiempo en un cementerio o en una funeraria. Hay algo frío y perturbador acerca de los lugares que almacenan muerte. Pensé en eso muchas veces y me daba cuenta de que lo que me asustaba no era tanto el estado de la muerte en sí, sino, más bien, algo así como el contacto de lo muerto con lo vivo. Cuando estoy en un cementerio durante más de media hora, empiezo a sentir como si me drenaran la energía. Pensé que a lo mejor se trataba de una condición psicológica, porque, aunque cuando usualmente pienso en la muerte no me pasa nada, quizás el ambiente del cementerio -con sus cientos de personas dolientes que dejaban ahí sus impresiones emocionales- ayudaba a sacar algo reprimido y fuerte que consumía mucho mi energía mental. Pero no podía precisar qué era. Por otro lado, no es que sintiera mucha angustia. El caso es que siempre que voy a un cementerio, procuro no quedarme ahí por más de 20 ó 30 minutos.
Quizás haya otro factor presente en los lugares de muertos. Marie-Louise von Franz, una de las discípulas más chingonas que tuvo Jung, hizo un estudio pionero acerca de los sueños que suelen tener las personas moribundas, las que padecen de enfermedades terminales e incluso quienes no saben que están cerca de la muerte. Al parecer, existen muchos sueños sincronísticos (es decir, que presentan un fenómeno en el que la realidad externa coincide con la interna), que resultan proféticos. La sincronicidad trata las coincidencias significativas: los sistemas de adivinación, los sueños "objetivos", algunos acontecimientos extraños o paranormales, o cuestiones cotidianas como cuando uno piensa en tal o cual persona, y repentinamente se encuentra con ella. Jung comenzó el estudio científico-empírico de este tema e incluso realizó un sorprendente experimento astrológico. Con esto, sólo quiero aclarar que no se trata de una cuestión new age, ni esotérica, ni nada por el estilo. La sincronicidad es algo que siempre ha sido notado y registrado en todo tipo de manifestaciones culturales. Y, para qué nos hacemos mensos, a todos nos ha ocurrido algo así, si bien son cosas que solemos descartar sin darles mucha reflexión.
Volviendo a los sueños, Franz comentó que existen ciertos sueños que no pueden ser interpretados subjetivamente; es decir, son sueños que apuntan hacia la realidad objetiva y no tanto hacia la situación interior del soñante. Jung solía interpretar así algunos sueños donde aparecían personas que ya habían muerto. Según él, ninguna otra interpretación podía encajar en la situación de los soñantes, y Franz estaba de acuerdo con esto. Ella habló sobre un sueño que tuvo poco después de que murió su padre. Éste timbraba en su casa, y cuando ella quiso abrazarlo, él se negó y le dijo que sólo estaba ahí de visita, y que los muertos no deben estar mucho tiempo cerca de los vivos. En este sueño, ella sentía que debía mantener con vida la flama de la estufa de su casa.
La interpretación que dio fue la siguiente: la flama representa lo humano terrenal y ctónico, las pasiones, los sentimientos, etc. Los muertos, según cuentan miles de mitos e historias de experiencias extracorporales y después-de-la-muerte, al separarse de sus cuerpos, se desprenden también de este "calor humano", y se vuelven, por así decirlo, "objetivos". Franz sospechaba que, para que un muerto se manifieste a un vivo, probablemente deba "robar" parte de esta energía vital. Si el espíritu del muerto llegara a consumir la energía vital de un vivo (que lo "poseyera", digamos), ocurriría un trastorno emocional severo, psicótico. Por eso su padre la mantenía alejada en aquel sueño. Y por eso, también, los médiums e invocadores siempre se encuentran en el constante peligro de "perder el alma", como se dice entre algunas tribus primitivas.
¿Podría ser eso lo que sucede en los cementerios y funerarias? ¿Podrá haber ahí espíritus hambrientos de vida? No lo sé, pero lo sospecho.
No obstante, ésa no es la tesis principal del libro de Franz, Sobre los sueños y la muerte. Según ella, los sueños de las personas próximas a la muerte muestran que el proceso de individuación -de autorrealización, que es natural al individuo- continúa una vez que se ha completado el ciclo vital. Lo inconsciente no se inmuta ante la muerte; la ve como una de tantas transiciones anímicas y existenciales. Lo inconsciente parece preparar y prevenir al individuo acerca del cambio que se le avecina.
Como quiera hay algo que sí temo de la muerte. El viaje que describe el Libro Tibetano de los Muertos, así como el Libro Egipcio y otros, son terribles, llenos de pruebas y sufrimiento. Por otro lado, la idea de que existen varias almas que coinciden en una dentro del cuerpo terrenal, y que se separan tras la muerte, tampoco me agrada mucho. El que me quiten mis emociones y mis vínculos afectivos después de morir es un pensamiento triste. Pero si así deben ser las cosas, no hay mucho qué hacer al respecto.
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No dudo que haya algo después de la muerte, pero no puedo saber qué es. Ésa es la incertidumbre que me da más miedo.
En fin, tengo muchas más cosas que decir, pero mejor aquí lo dejo. Ya fueron suficientes locuras. Quizás debería dedicarle más tiempo y energía a pensamientos que sean más prácticos.
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