En Más allá, a la derecha -novela de Fred Vargas- ocurre una conversación en la que Louis Kehlweiler le dice a su amigo Marc Vandoosler que, al ver a una mujer, uno siempre debe plantearse si se acostaría o no con ella. Por supuesto, Marc se burla mucho de eso y, cada vez que Louis le pregunta qué opina de tal o cual persona, él siempre contesta en esos términos, incluyendo a varios hombres sospechosos ("no me acostaría con él") y a la exnovia de Kehlweiler ("sí, definitivamente me acostaría con ella").
Claro que, con eso, Kehlweiler proyectaba su parte más obsesiva, a la que le gustaba ver a las mujeres como simples objetos de placer; pero, más allá de eso, ¿qué tan cierta es la afirmación del alemán? Quiero decir, el psicoanálisis freudiano le da la razón; de acuerdo a éste, toda relación humana se funda en instintos sexuales, "eros", de placer. Según Freud, precisamente eso es lo que nos preguntamos todos (consciente o inconscientemente) al interactuar con otra persona, especialmente si es del sexo opuesto, pero hasta cierto punto también si es del mismo sexo. No obstante, por otro lado, Freud también fue muy ambivalente en su definición de la libido y del principio del placer o instinto erótico: empezó definiéndolos en términos de impulsos sexuales, pero en algún momento le pesó más su lado poético y sensible, y llegó a definir a Eros de una manera que se acerca más al amor en un sentido platónico.
¿Entonces en qué quedamos? No estoy 100% seguro, pero yo, como junguiano, soy de la opinión de que la libido es energía psíquica transformable, y no meramente sexual. Sin embargo, es indudable que el sexo juega un papel importantísimo en la mente humana, a veces incluso pivotal. Así que, básicamente, ocurre una tensión entre formas de energía distintas, dinámicas y mutables; es decir, existe el sexo en su papel animal, reproductivo, y existe también en un aspecto más bien simbólico, que apunta hacia el desarrollo total de la personalidad humana.
No dudo que todos nos hagamos la pregunta de Kehlweiler. Puede ser consciente o inconscientemente, de manera sana, perversa, reprimida o compulsiva, pero la cuestión siempre va a estar presente: ¿te acostarías con él/ella? Por supuesto, siempre entran en juego otro tipo de intencionalidades y emociones. El que una persona imagine tener sexo con otra, no significa que el acto vaya a darse (o siquiera intentarse), o que no se pueda establecer una relación entre ambos basada en el respetuo mutuo, o en una amistad profunda. Y es que el sexo, como fantasía, podría ser algo esencialmente simbólico.
Me recuerda un poco a lo que Milán Kundera dijo en La insoportable levedad del ser: solamente mediante el acto sexual uno puede conocer la parte más oculta de la otra persona. Y la verdad es que, cuando fantaseamos con alguien, la cosa suele ir más allá de la mera necesidad instintiva. Sin duda, hay mucho de aquello, pero también está la parte proyectada, las figuras o imágenes internas que ponemos en la otra persona.
(De hecho, un buen ejercicio consiste en tomar a una persona desconocida que nos atraiga sexualmente, y reflexionar sobre las cosas que proyectamos en ella. ¿Cómo será él/ella en su intimidad? ¿Cómo será su actitud, su personalidad? ¿Qué gustos tendrá? Finalmente, ¿qué me dice todo esto acerca de mí mismo y de mi situación del momento? Igualmente productivo sería hacer el mismo ejercicio con personas poco atractivas.)
En cualquier caso, siempre hay que saber distinguir las figuras de lo inconsciente. Su significado es múltiple y sólo raras veces se lo puede tomar en un sentido literal. Por citar un ejemplo común: un hombre sueña que su jefe de trabajo se lo tira por detrás. Esto no necesariamente significa que exista una atracción homosexual; más bien, el hombre se siente sometido y sumamente presionado por su jefe en el trabajo, y siente un placer masoquista que le impide liberarse de la situación. No obstante, los llamados "sueños mojados" también pueden tener una dimensión literal, aludiendo a una situación de obstaculización sexual que debe ser superada. Como sea, el sueño siempre dirá algo más acerca de las circunstancias internas particulares del soñante.
Así que, freudianos o no, hay que admitirlo: el sexo es esencial, en cualquier sentido en que se lo tome.
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miércoles, 17 de septiembre de 2008
jueves, 31 de julio de 2008
Necesidad de repetición
Otro fragmento de un capítulo de mi tesis, ahora acerca de la necesidad que todos tenemos de repetir las cosas. Además, esta teoría explicaría porqué nos gustan tanto los clichés en la literatura (entre otras formas de expresión).
Freud fue el primero en analizar a profundidad esta “compulsión a la repetición”, como fenómeno psíquico. Por un lado, lo interpretó como una necesidad del individuo por arreglar las variaciones de un mismo tema que no ha podido superar o entender empáticamente. La repetición sería un intento por manejar una situación traumática para él, por dominarla (Erikson, 1950: 216). En este sentido, la repetición poseería un elemento bastante positivo. Sin embargo, por otro lado, la repetición sería una expresión de Tánatos, el impulso de muerte. El objetivo del instinto tanático, según la teoría freudiana, sería retornar a una condición psíquica previa, de manera que la repetición levante la represión del pasado y reduzca la ansiedad y la tensión (Hillman, 1999:65). El resultado es un estado de atemporalidad, puesto que se ciega el carácter futuro de la situación. Es un mecanismo engañoso, que busca el alivio de toda tensión mediante la pasividad pura, o, en otras palabras, la muerte. Es por eso que Freud equiparó a Tánatos con el estado de Nirvana.
Como se puede ver, la teoría freudiana entiende la repetición como un choque de opuestos, Eros contra Tánatos. La repetición tiene elementos tanto vitales como de muerte. La teoría misma de Freud representa, per se, esta lucha, como evidencian las múltiples revisiones que el gran psiquiatra dio a su teoría de la libido y de las pulsiones (Frattaroli, 1995). Sin embargo, las ideas de Freud son famosas por su frecuente tono pesimista. Por su parte, un importante y original psicólogo posjunguiano, James Hillman (1999:66), se centra en el lado más positivo de la repetición:
"Hay una fuerza de vida en la narración aparte de cualquier impulso de muerte en el narrador. Una vez que este contenido energético es poetizado en una historia, cuenta algo que debe ser dicho aparte de la persona del narrador, algo que ciertamente niega el paso del tiempo y hace que la vida del alma continúe. Ése es, quizás, el mensaje central de Scheherazada. La vitalidad de su historia hizo que su vida continuara simplemente por medio de otro capítulo que nunca concluye."
Jung describió el arquetipo del niño como el carácter preconsciente del alma colectiva humana, el cual cumple con una función pretérita. Basado, en parte, en las ideas de Jung, Mircea Eliade llegó a teorizar que uno de los rasgos más característicos del hombre primitivo precisamente es la huida y el rechazo al tiempo. Eliade también tendía a ver esta actitud de una manera básicamente positiva*. La repetición, como es posible ver, es una parte constitutiva de la psique humana, la cual –aunque posee una cara negativa, en la forma de compulsiones– ha servido como medio indispensable para erigir defensas funcionales que pueden impulsar cambios positivos.
Esto, por supuesto, también resulta cierto para la literatura. Como lector, un niño en su infancia tardía no necesita tanto de historias muy estéticamente elaboradas, sino del tipo más simple de ficción: relatos de “aventuras” que le muestren una figura de identificación aceptable, que pongan énfasis en la acción y el diálogo, que lo ayuden a comprender la realidad que lo rodea (especialmente la del mundo adulto) con sus múltiples conflictos, pero que, a la vez, lo reconforten y le den la seguridad de que todo problema puede ser superado (Appleyard, 1991:63).
Lecturas de este tipo pueden ser muy útiles para el desarrollo anímico y cognitivo del niño. Pero no sólo los niños se benefician de las historias repetitivas. Según Joseph A. Appleyard (1991:164 y sig.), los lectores adultos maduros también saben disfrutar de una lectura “formulaica” y de escape. Incluso aquellos bien instruidos en literatura, a veces tienen la necesidad de leer algo simple. En determinados momentos, leer una obra exigente, formalmente complicada, con perspectivas irónicas y finales abiertos, podría desgastarlos emocionalmente, ya que todo esto hace que los problemas con que lidia la obra parezcan ser tan intratables como los de la vida de los lectores:
"Si la lectura adictiva de romance es del todo útil en términos de desarrollo, podría serlo como un plano donde el lector puede descansar de las exigencias de tipos de lectura más retadores. Quizás, también, repetir habitualmente las convenciones del romance no siempre las desgasta, sino que hace que el control arquetípico de los miedos y deseos que expresan, y las soluciones deseables que representan, sean más penetrantes; y esta experiencia, de alguna manera, prepara a un lector para cambios que sucederán después." (Appleyard, 1991:171)
*Mircea Eliade desarrolló esta característica de las llamadas sociedades primitivas; puso hincapié, desde su perspectiva filosófica-antropológica, en el rechazo, incluso terror, que las comunidades primitivas sienten por la historia. La repetición ritual, que equivale a una recreación del acto cosmogónico, mantenía al hombre primitivo alejado de una consciencia histórica. De esa manera, le era más fácil soportar el peso de las calamidades y el sufrimiento. Cuando un acontecimiento que provoca sufrimiento es tomado como hecho histórico, no es posible asignarle una significación inherente. Una inundación, un terremoto, una sequía o una tormenta devastadora son vistas como simples acontecimientos azarosos, absurdos, sin sentido alguno. Pero cuando el brujo o chamán encuentra una causa para los desastres –crímenes, demonios, karma, hechicería, etcétera–, entonces las calamidades adquieren un sentido y se vuelven más soportables (Eliade, 1949:110-111). La valoración que Eliade dio a esta actitud fue bastante clara: “No hemos de decidir si tales motivos eran o no pueriles, o si semejante rechazo de la historia resultaba siempre eficaz. Un solo hecho cuenta, en nuestra opinión: que gracias a ese parecer decenas de millones de hombres han podido tolerar, durante siglos, grandes presiones históricas sin desesperar, sin suicidarse o caer en la sequedad espiritual que siempre acarrea consigo una visión relativista o nihilista de la historia.” (1949:169)
Para que el hombre fuera capaz de “soportar” y aceptar el peso de la historia, primero debía fortalecer debidamente su consciencia, su ego. Debía separarse del instinto. Fue mediante este proceso gradual que surgieron las primeras grandes civilizaciones (Mesopotamia, China, Egipto, Grecia), las cuales compartían la característica de poseer una amplia conciencia del tiempo histórico.
Bibliografía:
Appleyard, J.A.
1991 Becoming a Reader. The Experience of Fiction from Childhood to Adulthood. Cambridge, Cambridge University Press.
Eliade, Mircea
1949 El mito del eterno retorno. Buenos Aires, Emecé: 2001.
Erikson, Erik
1950 Childhood and Society. New York, Norton & Company: 1993.
Frattaroli, Elio J.
1996 “Mi ánima y yo: a través del oscuro espejo de la interfaz junguiana/freudiana”, en Polly Young-Eisendrath y Terence Dawson (editoras). Introducción a Jung. Cambridge, Cambridge University Press: 1999.
Hillman, James
1999 The Force of Character and the Lasting Life. New York, Ballantine Books.
Freud fue el primero en analizar a profundidad esta “compulsión a la repetición”, como fenómeno psíquico. Por un lado, lo interpretó como una necesidad del individuo por arreglar las variaciones de un mismo tema que no ha podido superar o entender empáticamente. La repetición sería un intento por manejar una situación traumática para él, por dominarla (Erikson, 1950: 216). En este sentido, la repetición poseería un elemento bastante positivo. Sin embargo, por otro lado, la repetición sería una expresión de Tánatos, el impulso de muerte. El objetivo del instinto tanático, según la teoría freudiana, sería retornar a una condición psíquica previa, de manera que la repetición levante la represión del pasado y reduzca la ansiedad y la tensión (Hillman, 1999:65). El resultado es un estado de atemporalidad, puesto que se ciega el carácter futuro de la situación. Es un mecanismo engañoso, que busca el alivio de toda tensión mediante la pasividad pura, o, en otras palabras, la muerte. Es por eso que Freud equiparó a Tánatos con el estado de Nirvana.
Como se puede ver, la teoría freudiana entiende la repetición como un choque de opuestos, Eros contra Tánatos. La repetición tiene elementos tanto vitales como de muerte. La teoría misma de Freud representa, per se, esta lucha, como evidencian las múltiples revisiones que el gran psiquiatra dio a su teoría de la libido y de las pulsiones (Frattaroli, 1995). Sin embargo, las ideas de Freud son famosas por su frecuente tono pesimista. Por su parte, un importante y original psicólogo posjunguiano, James Hillman (1999:66), se centra en el lado más positivo de la repetición:
"Hay una fuerza de vida en la narración aparte de cualquier impulso de muerte en el narrador. Una vez que este contenido energético es poetizado en una historia, cuenta algo que debe ser dicho aparte de la persona del narrador, algo que ciertamente niega el paso del tiempo y hace que la vida del alma continúe. Ése es, quizás, el mensaje central de Scheherazada. La vitalidad de su historia hizo que su vida continuara simplemente por medio de otro capítulo que nunca concluye."
Jung describió el arquetipo del niño como el carácter preconsciente del alma colectiva humana, el cual cumple con una función pretérita. Basado, en parte, en las ideas de Jung, Mircea Eliade llegó a teorizar que uno de los rasgos más característicos del hombre primitivo precisamente es la huida y el rechazo al tiempo. Eliade también tendía a ver esta actitud de una manera básicamente positiva*. La repetición, como es posible ver, es una parte constitutiva de la psique humana, la cual –aunque posee una cara negativa, en la forma de compulsiones– ha servido como medio indispensable para erigir defensas funcionales que pueden impulsar cambios positivos.
Esto, por supuesto, también resulta cierto para la literatura. Como lector, un niño en su infancia tardía no necesita tanto de historias muy estéticamente elaboradas, sino del tipo más simple de ficción: relatos de “aventuras” que le muestren una figura de identificación aceptable, que pongan énfasis en la acción y el diálogo, que lo ayuden a comprender la realidad que lo rodea (especialmente la del mundo adulto) con sus múltiples conflictos, pero que, a la vez, lo reconforten y le den la seguridad de que todo problema puede ser superado (Appleyard, 1991:63).
Lecturas de este tipo pueden ser muy útiles para el desarrollo anímico y cognitivo del niño. Pero no sólo los niños se benefician de las historias repetitivas. Según Joseph A. Appleyard (1991:164 y sig.), los lectores adultos maduros también saben disfrutar de una lectura “formulaica” y de escape. Incluso aquellos bien instruidos en literatura, a veces tienen la necesidad de leer algo simple. En determinados momentos, leer una obra exigente, formalmente complicada, con perspectivas irónicas y finales abiertos, podría desgastarlos emocionalmente, ya que todo esto hace que los problemas con que lidia la obra parezcan ser tan intratables como los de la vida de los lectores:
"Si la lectura adictiva de romance es del todo útil en términos de desarrollo, podría serlo como un plano donde el lector puede descansar de las exigencias de tipos de lectura más retadores. Quizás, también, repetir habitualmente las convenciones del romance no siempre las desgasta, sino que hace que el control arquetípico de los miedos y deseos que expresan, y las soluciones deseables que representan, sean más penetrantes; y esta experiencia, de alguna manera, prepara a un lector para cambios que sucederán después." (Appleyard, 1991:171)
*Mircea Eliade desarrolló esta característica de las llamadas sociedades primitivas; puso hincapié, desde su perspectiva filosófica-antropológica, en el rechazo, incluso terror, que las comunidades primitivas sienten por la historia. La repetición ritual, que equivale a una recreación del acto cosmogónico, mantenía al hombre primitivo alejado de una consciencia histórica. De esa manera, le era más fácil soportar el peso de las calamidades y el sufrimiento. Cuando un acontecimiento que provoca sufrimiento es tomado como hecho histórico, no es posible asignarle una significación inherente. Una inundación, un terremoto, una sequía o una tormenta devastadora son vistas como simples acontecimientos azarosos, absurdos, sin sentido alguno. Pero cuando el brujo o chamán encuentra una causa para los desastres –crímenes, demonios, karma, hechicería, etcétera–, entonces las calamidades adquieren un sentido y se vuelven más soportables (Eliade, 1949:110-111). La valoración que Eliade dio a esta actitud fue bastante clara: “No hemos de decidir si tales motivos eran o no pueriles, o si semejante rechazo de la historia resultaba siempre eficaz. Un solo hecho cuenta, en nuestra opinión: que gracias a ese parecer decenas de millones de hombres han podido tolerar, durante siglos, grandes presiones históricas sin desesperar, sin suicidarse o caer en la sequedad espiritual que siempre acarrea consigo una visión relativista o nihilista de la historia.” (1949:169)
Para que el hombre fuera capaz de “soportar” y aceptar el peso de la historia, primero debía fortalecer debidamente su consciencia, su ego. Debía separarse del instinto. Fue mediante este proceso gradual que surgieron las primeras grandes civilizaciones (Mesopotamia, China, Egipto, Grecia), las cuales compartían la característica de poseer una amplia conciencia del tiempo histórico.
Bibliografía:
Appleyard, J.A.
1991 Becoming a Reader. The Experience of Fiction from Childhood to Adulthood. Cambridge, Cambridge University Press.
Eliade, Mircea
1949 El mito del eterno retorno. Buenos Aires, Emecé: 2001.
Erikson, Erik
1950 Childhood and Society. New York, Norton & Company: 1993.
Frattaroli, Elio J.
1996 “Mi ánima y yo: a través del oscuro espejo de la interfaz junguiana/freudiana”, en Polly Young-Eisendrath y Terence Dawson (editoras). Introducción a Jung. Cambridge, Cambridge University Press: 1999.
Hillman, James
1999 The Force of Character and the Lasting Life. New York, Ballantine Books.
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