En Más allá, a la derecha -novela de Fred Vargas- ocurre una conversación en la que Louis Kehlweiler le dice a su amigo Marc Vandoosler que, al ver a una mujer, uno siempre debe plantearse si se acostaría o no con ella. Por supuesto, Marc se burla mucho de eso y, cada vez que Louis le pregunta qué opina de tal o cual persona, él siempre contesta en esos términos, incluyendo a varios hombres sospechosos ("no me acostaría con él") y a la exnovia de Kehlweiler ("sí, definitivamente me acostaría con ella").
Claro que, con eso, Kehlweiler proyectaba su parte más obsesiva, a la que le gustaba ver a las mujeres como simples objetos de placer; pero, más allá de eso, ¿qué tan cierta es la afirmación del alemán? Quiero decir, el psicoanálisis freudiano le da la razón; de acuerdo a éste, toda relación humana se funda en instintos sexuales, "eros", de placer. Según Freud, precisamente eso es lo que nos preguntamos todos (consciente o inconscientemente) al interactuar con otra persona, especialmente si es del sexo opuesto, pero hasta cierto punto también si es del mismo sexo. No obstante, por otro lado, Freud también fue muy ambivalente en su definición de la libido y del principio del placer o instinto erótico: empezó definiéndolos en términos de impulsos sexuales, pero en algún momento le pesó más su lado poético y sensible, y llegó a definir a Eros de una manera que se acerca más al amor en un sentido platónico.
¿Entonces en qué quedamos? No estoy 100% seguro, pero yo, como junguiano, soy de la opinión de que la libido es energía psíquica transformable, y no meramente sexual. Sin embargo, es indudable que el sexo juega un papel importantísimo en la mente humana, a veces incluso pivotal. Así que, básicamente, ocurre una tensión entre formas de energía distintas, dinámicas y mutables; es decir, existe el sexo en su papel animal, reproductivo, y existe también en un aspecto más bien simbólico, que apunta hacia el desarrollo total de la personalidad humana.
No dudo que todos nos hagamos la pregunta de Kehlweiler. Puede ser consciente o inconscientemente, de manera sana, perversa, reprimida o compulsiva, pero la cuestión siempre va a estar presente: ¿te acostarías con él/ella? Por supuesto, siempre entran en juego otro tipo de intencionalidades y emociones. El que una persona imagine tener sexo con otra, no significa que el acto vaya a darse (o siquiera intentarse), o que no se pueda establecer una relación entre ambos basada en el respetuo mutuo, o en una amistad profunda. Y es que el sexo, como fantasía, podría ser algo esencialmente simbólico.
Me recuerda un poco a lo que Milán Kundera dijo en La insoportable levedad del ser: solamente mediante el acto sexual uno puede conocer la parte más oculta de la otra persona. Y la verdad es que, cuando fantaseamos con alguien, la cosa suele ir más allá de la mera necesidad instintiva. Sin duda, hay mucho de aquello, pero también está la parte proyectada, las figuras o imágenes internas que ponemos en la otra persona.
(De hecho, un buen ejercicio consiste en tomar a una persona desconocida que nos atraiga sexualmente, y reflexionar sobre las cosas que proyectamos en ella. ¿Cómo será él/ella en su intimidad? ¿Cómo será su actitud, su personalidad? ¿Qué gustos tendrá? Finalmente, ¿qué me dice todo esto acerca de mí mismo y de mi situación del momento? Igualmente productivo sería hacer el mismo ejercicio con personas poco atractivas.)
En cualquier caso, siempre hay que saber distinguir las figuras de lo inconsciente. Su significado es múltiple y sólo raras veces se lo puede tomar en un sentido literal. Por citar un ejemplo común: un hombre sueña que su jefe de trabajo se lo tira por detrás. Esto no necesariamente significa que exista una atracción homosexual; más bien, el hombre se siente sometido y sumamente presionado por su jefe en el trabajo, y siente un placer masoquista que le impide liberarse de la situación. No obstante, los llamados "sueños mojados" también pueden tener una dimensión literal, aludiendo a una situación de obstaculización sexual que debe ser superada. Como sea, el sueño siempre dirá algo más acerca de las circunstancias internas particulares del soñante.
Así que, freudianos o no, hay que admitirlo: el sexo es esencial, en cualquier sentido en que se lo tome.
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miércoles, 17 de septiembre de 2008
jueves, 14 de agosto de 2008
Libros importantes
Es curioso que, cuando me pregunto qué libros o autores han influido más en mí, muy pocos vienen a mi cabeza. A pesar de que tengo una licenciatura en letras, soy un lector ávido y tengo una dedicación muy considerable al ámbito académico, son muy pocos los escritores a los que les tengo un cariño especial. Es decir, hay decenas de libros que me han ayudado a moldear mi pensamiento, pero sólo a unos cuantos les tengo un aprecio muy particular. No sé si sea mi tipo de personalidad, el hecho de que soy una persona poco impresionable, pero, por ahora, sólo puedo pensar en estos libros:
El hombre y sus símbolos, de Carl Gustav Jung. Fue mi introducción a la teoría junguiana. Y, en realidad, fue un libro escrito a manera de introducción para el lector común. Digo que es para el lector común ya que, en realidad, cualquiera podría comprenderlo, tan complejas como son las ideas que se exponen aquí. De hecho, Jung quiso hacer este proyecto después de un sueño que tuvo, en donde se vio a sí mismo enseñando sus ideas en medio de una plaza, a los paseantes de un parque, es decir, a la gente común. Este libro contiene el último ensayo que escribió el psicólogo suizo y el cual terminó de revisar un par de meses antes de su muerte. Además, contiene ensayos complementarios de varios de sus colegas y discípulos más cercanos, por lo que muestra un panorama muy completo de la psicología analítica. Éste fue un libro clave para mí, que cambió bastante mi vida y mi pensamiento. Lo puedo decir con toda seguridad, a cuatro años de haberlo leído.
La noche de San Juan, de Mircea Eliade. Una novela larga y densa, tanto en el plano intelectual como en el emocional. Aquí, Eliade desarrolla mucho sus ideas filosóficas y religiosas, que tienen que ver con el tiempo, la historia (y el intento del hombre por refugiarse de ambos), los encuentros significativos, el destino y, además, un existencialismo muy sui generis. No todos los personajes son muy simpáticos que digamos (en realidad, son todo lo contrario) y muestran un absurdo existencial increíble; es decir, construyen el absurdo de una manera infantil y lo extienden al extremo. La situación sentimental de varios de ellos dejó una impresión en mí, y hasta el momento sus historias me vienen a la cabeza con cierta frecuencia. También hay algo de política aquí, pero más que nada es una especie de aclaración (entiéndase una disculpa) por parte de Eliade acerca de lo que pensaba de la Guardia de Hierro. Además, es un lamento por la Europa del Este en tiempos de guerra y posguerra.
Amor y Voluntad, de Rollo May. Una obra clave de uno de los fundadores de la psicoterapia existencial. Éste es un libro muy ameno y sumamente profundo. Explora los principales conflictos psicológicos del hombre moderno, su condición cada vez más esquizoide y fragmentada, su visión torcida del amor y cómo esta situación mina constantemente las bases de su voluntad. El panorama que presenta no es nada agradable, y de su descripción se infiere un futuro extremadamente sombrío para el hombre. No obstante, el tono de este autor básicamente es positivo (entendiéndose por esto que no es derrotista, a la vez que tiene los pies sobre la tierra, sin recurrir a fantasías estériles) y expone sus ideas de una manera muy personal y sincera. Éste es un libro que podría recomendarle a cualquier persona.
Otros autores me vienen a la mente, como Irvin D. Yalom, Ursula Le Guin, Jesús Ferrero, Haruki Murakami, Mijaíl Bulgakov, George R. R. Martin y Fred Vargas, pero tengo que ordenar bien mis ideas acerca de ellos. Quizás continúe en otro post.
El hombre y sus símbolos, de Carl Gustav Jung. Fue mi introducción a la teoría junguiana. Y, en realidad, fue un libro escrito a manera de introducción para el lector común. Digo que es para el lector común ya que, en realidad, cualquiera podría comprenderlo, tan complejas como son las ideas que se exponen aquí. De hecho, Jung quiso hacer este proyecto después de un sueño que tuvo, en donde se vio a sí mismo enseñando sus ideas en medio de una plaza, a los paseantes de un parque, es decir, a la gente común. Este libro contiene el último ensayo que escribió el psicólogo suizo y el cual terminó de revisar un par de meses antes de su muerte. Además, contiene ensayos complementarios de varios de sus colegas y discípulos más cercanos, por lo que muestra un panorama muy completo de la psicología analítica. Éste fue un libro clave para mí, que cambió bastante mi vida y mi pensamiento. Lo puedo decir con toda seguridad, a cuatro años de haberlo leído.
La noche de San Juan, de Mircea Eliade. Una novela larga y densa, tanto en el plano intelectual como en el emocional. Aquí, Eliade desarrolla mucho sus ideas filosóficas y religiosas, que tienen que ver con el tiempo, la historia (y el intento del hombre por refugiarse de ambos), los encuentros significativos, el destino y, además, un existencialismo muy sui generis. No todos los personajes son muy simpáticos que digamos (en realidad, son todo lo contrario) y muestran un absurdo existencial increíble; es decir, construyen el absurdo de una manera infantil y lo extienden al extremo. La situación sentimental de varios de ellos dejó una impresión en mí, y hasta el momento sus historias me vienen a la cabeza con cierta frecuencia. También hay algo de política aquí, pero más que nada es una especie de aclaración (entiéndase una disculpa) por parte de Eliade acerca de lo que pensaba de la Guardia de Hierro. Además, es un lamento por la Europa del Este en tiempos de guerra y posguerra.
Amor y Voluntad, de Rollo May. Una obra clave de uno de los fundadores de la psicoterapia existencial. Éste es un libro muy ameno y sumamente profundo. Explora los principales conflictos psicológicos del hombre moderno, su condición cada vez más esquizoide y fragmentada, su visión torcida del amor y cómo esta situación mina constantemente las bases de su voluntad. El panorama que presenta no es nada agradable, y de su descripción se infiere un futuro extremadamente sombrío para el hombre. No obstante, el tono de este autor básicamente es positivo (entendiéndose por esto que no es derrotista, a la vez que tiene los pies sobre la tierra, sin recurrir a fantasías estériles) y expone sus ideas de una manera muy personal y sincera. Éste es un libro que podría recomendarle a cualquier persona.
Otros autores me vienen a la mente, como Irvin D. Yalom, Ursula Le Guin, Jesús Ferrero, Haruki Murakami, Mijaíl Bulgakov, George R. R. Martin y Fred Vargas, pero tengo que ordenar bien mis ideas acerca de ellos. Quizás continúe en otro post.
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martes, 12 de agosto de 2008
Absurdo
Estaba pensando en algo que leí hace tiempo, y que me impresionó bastante. El problema es que, cada vez que lo cuento, nadie se lo toma demasiado en serio; me han dicho "ya sácala", "ya déjala", o "esas son mamadas". Bueno, es comprensible, porque es una teoría muy extraña y complicada. Pero, por lo que sé, hasta el momento no ha podido ser refutada, aunque sigue habiendo mucha confusión alrededor de ella.
Me refiero a los estudios sobre la independencia del continuo que hizo el matemático Paul Cohen, basado en las investigaciones de Kurt Gödel. Él trabajó sobre la hipótesis de continuo de Cantor, un constructo geométrico-aritmético que coloca los conjuntos numéricos en ejes espaciales infinitos. Gödel demostró que la hipótesis del continuo no puede ser refutada desde el axioma de Zermelo-Fraenkel. Sin embargo, Cohen demostró que la hipótesis tampoco puede ser probada, tomando en cuenta el mismo axioma. Ok, tenemos aquí una aparente contradicción, y lo más lógico sería pensar que el axioma de ZF está errado de alguna manera. Pero no es verdad. El axioma de ZF es consistente en ambos casos. Básicamente, Cohen probó que, tanto si se aplica o no el continuo de Cantor a las teorías de conjuntos numéricos, éstas resultan coherentes. Las implicaciones de este descubrimiento son, por falta de un mejor término en español (que se me ocurra), mindblowing.
En realidad, Cohen demostró que todo sistema lógico es, en esencia, indecidible. Es decir, subjetivo, paradójico, que aplica y a la vez no aplica.
Entonces, si la lógica es así de inestable (cosa que también ha sido probada en astrofísica y física cuántica), ¿cómo demonios se puede sostener nuestra realidad? La verdad es que, dada la evidencia, el universo no debería existir.
Después de estudiar los descubrimientos de Cohen, Gödel especuló que, para que nuestra realidad se sostenga, es necesario que tenga como base otra realidad "bien definida". Ahora, ¿les suena esto familiar?
Esta idea ha sido planteada desde hace milenios, por Pitágoras, Platón, los neoplatónicos, los cabalistas, los budistas, los taoístas, los alquimistas, los gnósticos, etcétera. La verdad es que todo sistema religioso comparte esta idea de una realidad "bien definida" que sostiene nuestro mundo, el cual es visto como defectuoso y absurdo, un lugar al que nosotros, los hombres, caímos después de perder la gracia. Ahora, si se quiere una perspectiva más "empírica", menos especulativa, se puede tomar en cuenta la teoría junguiana, y el mundo mental arquetípico, cuyo paralelo con esta otra realidad salta mucho a la vista.
Entonces, nuestro mundo es un absurdo, pero, a través de sus paradojas, podemos llegar a vislumbrar algo de esa otra realidad que le sirve de base. Eso explicaría bastante, ¿no?
Me refiero a los estudios sobre la independencia del continuo que hizo el matemático Paul Cohen, basado en las investigaciones de Kurt Gödel. Él trabajó sobre la hipótesis de continuo de Cantor, un constructo geométrico-aritmético que coloca los conjuntos numéricos en ejes espaciales infinitos. Gödel demostró que la hipótesis del continuo no puede ser refutada desde el axioma de Zermelo-Fraenkel. Sin embargo, Cohen demostró que la hipótesis tampoco puede ser probada, tomando en cuenta el mismo axioma. Ok, tenemos aquí una aparente contradicción, y lo más lógico sería pensar que el axioma de ZF está errado de alguna manera. Pero no es verdad. El axioma de ZF es consistente en ambos casos. Básicamente, Cohen probó que, tanto si se aplica o no el continuo de Cantor a las teorías de conjuntos numéricos, éstas resultan coherentes. Las implicaciones de este descubrimiento son, por falta de un mejor término en español (que se me ocurra), mindblowing.
En realidad, Cohen demostró que todo sistema lógico es, en esencia, indecidible. Es decir, subjetivo, paradójico, que aplica y a la vez no aplica.
Entonces, si la lógica es así de inestable (cosa que también ha sido probada en astrofísica y física cuántica), ¿cómo demonios se puede sostener nuestra realidad? La verdad es que, dada la evidencia, el universo no debería existir.
Después de estudiar los descubrimientos de Cohen, Gödel especuló que, para que nuestra realidad se sostenga, es necesario que tenga como base otra realidad "bien definida". Ahora, ¿les suena esto familiar?
Esta idea ha sido planteada desde hace milenios, por Pitágoras, Platón, los neoplatónicos, los cabalistas, los budistas, los taoístas, los alquimistas, los gnósticos, etcétera. La verdad es que todo sistema religioso comparte esta idea de una realidad "bien definida" que sostiene nuestro mundo, el cual es visto como defectuoso y absurdo, un lugar al que nosotros, los hombres, caímos después de perder la gracia. Ahora, si se quiere una perspectiva más "empírica", menos especulativa, se puede tomar en cuenta la teoría junguiana, y el mundo mental arquetípico, cuyo paralelo con esta otra realidad salta mucho a la vista.
Entonces, nuestro mundo es un absurdo, pero, a través de sus paradojas, podemos llegar a vislumbrar algo de esa otra realidad que le sirve de base. Eso explicaría bastante, ¿no?
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lunes, 11 de agosto de 2008
Megalodon
Anoche tuve un sueño. Estaba en un viejo y muy resistente barco de pesca, de regreso de largas y pesadas semanas en Alaska. Me decía que no lo había hecho tan mal para un viejo marinero de hojalata: varios cientos de kilos de cangrejo, a costa de algunas heridas y golpes. Cojeaba un poco y tenía las manos quemadas, por no haber utilizado guantes, como debí, y además los cangrejos me las habían pinchado bastante. Dolían. Iba vestido como pescador típico: sudadera, gorro, pantalones gruesos, grasosos y rasgados, botas manchadas por la humedad, barba de varios días, no me había bañado.
La barca iba de regreso por el Pacífico, y estábamos llegando a aguas cálidas y tranquilas. Cielo despejado, mar cristalino, yo fumaba un cigarrillo. Pero luego surgió una silueta enorme bajo el agua, muy cerca de la barca, y por encima de la superficie salió una aleta gigante. Era un jodido megalodon que estaba rondando el barquito.

Ya había soñado con el megalodon hace años, pero no recuerdo bien esos sueños. El megalodon es una especie de tiburón prehistórico, antecesor del actual tiburón blanco. Vivió entre 18 y 1.5 millones de años atrás, llegó a medir hasta 18 metros de longitud y sus mandíbulas extendidas daban un espacio de mordida de hasta 2 metros. Sus dientes llegaban a medir hasta 18 centímetros en diagonal, y los tenía en hileras de 3 en la parte anterior y 7 en la posterior. Era mucho más agresivo que el tiburón blanco, se alimentaba de ballenas, y habitaba las aguas cálidas de todo el mundo.
¿Y qué significa, en términos simbólicos? Evidentemente, una angustia de castración grande. Pero creo que va más allá de eso. Digo, mi pene no es lo único que se encontraría amenazado por una bestia de ese tamaño. Un megalodon es capaz de hacerme papilla, de destruir todo mi ser.
Es un animal primitivo que mora en las aguas cálidas, en las capas superiores del océano. Son tendencias destructivas que se encuentran apenas por debajo de la consciencia, a la cual justamente amenaza. Es similar a un monstruo lovecraftiano, un ser que ha dormido por tiempo inmemorial y que se despierta cuando uno menos lo espera. La diferencia es que éste no es un alienígena ni un dios, sino una simple bestia antigua. Representa algunos de mis peores temores, los más irracionales, de disolución completa del ser.
Y, si en mi sueño me la pelé pescando cangrejos, imagínense esto, que es mil veces peor que Moby Dick. El sueño, como muchos otros que he tenido últimamente, no tuvo conclusión. El megalodon simplemente se mantuvo por ahí dando vueltas y todo quedó medio incierto.
Pero lo que me consuela es que, después de todo, el megalodon es un animal extinto. No es un monstruo real, es un fantasma conjurado por criptozoólogos. Una falacia exagerada y sensacionalista. No debería darme miedo un espectro. Sólo es real en la medida en que yo le permita serlo.
La barca iba de regreso por el Pacífico, y estábamos llegando a aguas cálidas y tranquilas. Cielo despejado, mar cristalino, yo fumaba un cigarrillo. Pero luego surgió una silueta enorme bajo el agua, muy cerca de la barca, y por encima de la superficie salió una aleta gigante. Era un jodido megalodon que estaba rondando el barquito.
Ya había soñado con el megalodon hace años, pero no recuerdo bien esos sueños. El megalodon es una especie de tiburón prehistórico, antecesor del actual tiburón blanco. Vivió entre 18 y 1.5 millones de años atrás, llegó a medir hasta 18 metros de longitud y sus mandíbulas extendidas daban un espacio de mordida de hasta 2 metros. Sus dientes llegaban a medir hasta 18 centímetros en diagonal, y los tenía en hileras de 3 en la parte anterior y 7 en la posterior. Era mucho más agresivo que el tiburón blanco, se alimentaba de ballenas, y habitaba las aguas cálidas de todo el mundo.
¿Y qué significa, en términos simbólicos? Evidentemente, una angustia de castración grande. Pero creo que va más allá de eso. Digo, mi pene no es lo único que se encontraría amenazado por una bestia de ese tamaño. Un megalodon es capaz de hacerme papilla, de destruir todo mi ser.
Es un animal primitivo que mora en las aguas cálidas, en las capas superiores del océano. Son tendencias destructivas que se encuentran apenas por debajo de la consciencia, a la cual justamente amenaza. Es similar a un monstruo lovecraftiano, un ser que ha dormido por tiempo inmemorial y que se despierta cuando uno menos lo espera. La diferencia es que éste no es un alienígena ni un dios, sino una simple bestia antigua. Representa algunos de mis peores temores, los más irracionales, de disolución completa del ser.
Y, si en mi sueño me la pelé pescando cangrejos, imagínense esto, que es mil veces peor que Moby Dick. El sueño, como muchos otros que he tenido últimamente, no tuvo conclusión. El megalodon simplemente se mantuvo por ahí dando vueltas y todo quedó medio incierto.
Pero lo que me consuela es que, después de todo, el megalodon es un animal extinto. No es un monstruo real, es un fantasma conjurado por criptozoólogos. Una falacia exagerada y sensacionalista. No debería darme miedo un espectro. Sólo es real en la medida en que yo le permita serlo.
jueves, 31 de julio de 2008
Necesidad de repetición
Otro fragmento de un capítulo de mi tesis, ahora acerca de la necesidad que todos tenemos de repetir las cosas. Además, esta teoría explicaría porqué nos gustan tanto los clichés en la literatura (entre otras formas de expresión).
Freud fue el primero en analizar a profundidad esta “compulsión a la repetición”, como fenómeno psíquico. Por un lado, lo interpretó como una necesidad del individuo por arreglar las variaciones de un mismo tema que no ha podido superar o entender empáticamente. La repetición sería un intento por manejar una situación traumática para él, por dominarla (Erikson, 1950: 216). En este sentido, la repetición poseería un elemento bastante positivo. Sin embargo, por otro lado, la repetición sería una expresión de Tánatos, el impulso de muerte. El objetivo del instinto tanático, según la teoría freudiana, sería retornar a una condición psíquica previa, de manera que la repetición levante la represión del pasado y reduzca la ansiedad y la tensión (Hillman, 1999:65). El resultado es un estado de atemporalidad, puesto que se ciega el carácter futuro de la situación. Es un mecanismo engañoso, que busca el alivio de toda tensión mediante la pasividad pura, o, en otras palabras, la muerte. Es por eso que Freud equiparó a Tánatos con el estado de Nirvana.
Como se puede ver, la teoría freudiana entiende la repetición como un choque de opuestos, Eros contra Tánatos. La repetición tiene elementos tanto vitales como de muerte. La teoría misma de Freud representa, per se, esta lucha, como evidencian las múltiples revisiones que el gran psiquiatra dio a su teoría de la libido y de las pulsiones (Frattaroli, 1995). Sin embargo, las ideas de Freud son famosas por su frecuente tono pesimista. Por su parte, un importante y original psicólogo posjunguiano, James Hillman (1999:66), se centra en el lado más positivo de la repetición:
"Hay una fuerza de vida en la narración aparte de cualquier impulso de muerte en el narrador. Una vez que este contenido energético es poetizado en una historia, cuenta algo que debe ser dicho aparte de la persona del narrador, algo que ciertamente niega el paso del tiempo y hace que la vida del alma continúe. Ése es, quizás, el mensaje central de Scheherazada. La vitalidad de su historia hizo que su vida continuara simplemente por medio de otro capítulo que nunca concluye."
Jung describió el arquetipo del niño como el carácter preconsciente del alma colectiva humana, el cual cumple con una función pretérita. Basado, en parte, en las ideas de Jung, Mircea Eliade llegó a teorizar que uno de los rasgos más característicos del hombre primitivo precisamente es la huida y el rechazo al tiempo. Eliade también tendía a ver esta actitud de una manera básicamente positiva*. La repetición, como es posible ver, es una parte constitutiva de la psique humana, la cual –aunque posee una cara negativa, en la forma de compulsiones– ha servido como medio indispensable para erigir defensas funcionales que pueden impulsar cambios positivos.
Esto, por supuesto, también resulta cierto para la literatura. Como lector, un niño en su infancia tardía no necesita tanto de historias muy estéticamente elaboradas, sino del tipo más simple de ficción: relatos de “aventuras” que le muestren una figura de identificación aceptable, que pongan énfasis en la acción y el diálogo, que lo ayuden a comprender la realidad que lo rodea (especialmente la del mundo adulto) con sus múltiples conflictos, pero que, a la vez, lo reconforten y le den la seguridad de que todo problema puede ser superado (Appleyard, 1991:63).
Lecturas de este tipo pueden ser muy útiles para el desarrollo anímico y cognitivo del niño. Pero no sólo los niños se benefician de las historias repetitivas. Según Joseph A. Appleyard (1991:164 y sig.), los lectores adultos maduros también saben disfrutar de una lectura “formulaica” y de escape. Incluso aquellos bien instruidos en literatura, a veces tienen la necesidad de leer algo simple. En determinados momentos, leer una obra exigente, formalmente complicada, con perspectivas irónicas y finales abiertos, podría desgastarlos emocionalmente, ya que todo esto hace que los problemas con que lidia la obra parezcan ser tan intratables como los de la vida de los lectores:
"Si la lectura adictiva de romance es del todo útil en términos de desarrollo, podría serlo como un plano donde el lector puede descansar de las exigencias de tipos de lectura más retadores. Quizás, también, repetir habitualmente las convenciones del romance no siempre las desgasta, sino que hace que el control arquetípico de los miedos y deseos que expresan, y las soluciones deseables que representan, sean más penetrantes; y esta experiencia, de alguna manera, prepara a un lector para cambios que sucederán después." (Appleyard, 1991:171)
*Mircea Eliade desarrolló esta característica de las llamadas sociedades primitivas; puso hincapié, desde su perspectiva filosófica-antropológica, en el rechazo, incluso terror, que las comunidades primitivas sienten por la historia. La repetición ritual, que equivale a una recreación del acto cosmogónico, mantenía al hombre primitivo alejado de una consciencia histórica. De esa manera, le era más fácil soportar el peso de las calamidades y el sufrimiento. Cuando un acontecimiento que provoca sufrimiento es tomado como hecho histórico, no es posible asignarle una significación inherente. Una inundación, un terremoto, una sequía o una tormenta devastadora son vistas como simples acontecimientos azarosos, absurdos, sin sentido alguno. Pero cuando el brujo o chamán encuentra una causa para los desastres –crímenes, demonios, karma, hechicería, etcétera–, entonces las calamidades adquieren un sentido y se vuelven más soportables (Eliade, 1949:110-111). La valoración que Eliade dio a esta actitud fue bastante clara: “No hemos de decidir si tales motivos eran o no pueriles, o si semejante rechazo de la historia resultaba siempre eficaz. Un solo hecho cuenta, en nuestra opinión: que gracias a ese parecer decenas de millones de hombres han podido tolerar, durante siglos, grandes presiones históricas sin desesperar, sin suicidarse o caer en la sequedad espiritual que siempre acarrea consigo una visión relativista o nihilista de la historia.” (1949:169)
Para que el hombre fuera capaz de “soportar” y aceptar el peso de la historia, primero debía fortalecer debidamente su consciencia, su ego. Debía separarse del instinto. Fue mediante este proceso gradual que surgieron las primeras grandes civilizaciones (Mesopotamia, China, Egipto, Grecia), las cuales compartían la característica de poseer una amplia conciencia del tiempo histórico.
Bibliografía:
Appleyard, J.A.
1991 Becoming a Reader. The Experience of Fiction from Childhood to Adulthood. Cambridge, Cambridge University Press.
Eliade, Mircea
1949 El mito del eterno retorno. Buenos Aires, Emecé: 2001.
Erikson, Erik
1950 Childhood and Society. New York, Norton & Company: 1993.
Frattaroli, Elio J.
1996 “Mi ánima y yo: a través del oscuro espejo de la interfaz junguiana/freudiana”, en Polly Young-Eisendrath y Terence Dawson (editoras). Introducción a Jung. Cambridge, Cambridge University Press: 1999.
Hillman, James
1999 The Force of Character and the Lasting Life. New York, Ballantine Books.
Freud fue el primero en analizar a profundidad esta “compulsión a la repetición”, como fenómeno psíquico. Por un lado, lo interpretó como una necesidad del individuo por arreglar las variaciones de un mismo tema que no ha podido superar o entender empáticamente. La repetición sería un intento por manejar una situación traumática para él, por dominarla (Erikson, 1950: 216). En este sentido, la repetición poseería un elemento bastante positivo. Sin embargo, por otro lado, la repetición sería una expresión de Tánatos, el impulso de muerte. El objetivo del instinto tanático, según la teoría freudiana, sería retornar a una condición psíquica previa, de manera que la repetición levante la represión del pasado y reduzca la ansiedad y la tensión (Hillman, 1999:65). El resultado es un estado de atemporalidad, puesto que se ciega el carácter futuro de la situación. Es un mecanismo engañoso, que busca el alivio de toda tensión mediante la pasividad pura, o, en otras palabras, la muerte. Es por eso que Freud equiparó a Tánatos con el estado de Nirvana.
Como se puede ver, la teoría freudiana entiende la repetición como un choque de opuestos, Eros contra Tánatos. La repetición tiene elementos tanto vitales como de muerte. La teoría misma de Freud representa, per se, esta lucha, como evidencian las múltiples revisiones que el gran psiquiatra dio a su teoría de la libido y de las pulsiones (Frattaroli, 1995). Sin embargo, las ideas de Freud son famosas por su frecuente tono pesimista. Por su parte, un importante y original psicólogo posjunguiano, James Hillman (1999:66), se centra en el lado más positivo de la repetición:
"Hay una fuerza de vida en la narración aparte de cualquier impulso de muerte en el narrador. Una vez que este contenido energético es poetizado en una historia, cuenta algo que debe ser dicho aparte de la persona del narrador, algo que ciertamente niega el paso del tiempo y hace que la vida del alma continúe. Ése es, quizás, el mensaje central de Scheherazada. La vitalidad de su historia hizo que su vida continuara simplemente por medio de otro capítulo que nunca concluye."
Jung describió el arquetipo del niño como el carácter preconsciente del alma colectiva humana, el cual cumple con una función pretérita. Basado, en parte, en las ideas de Jung, Mircea Eliade llegó a teorizar que uno de los rasgos más característicos del hombre primitivo precisamente es la huida y el rechazo al tiempo. Eliade también tendía a ver esta actitud de una manera básicamente positiva*. La repetición, como es posible ver, es una parte constitutiva de la psique humana, la cual –aunque posee una cara negativa, en la forma de compulsiones– ha servido como medio indispensable para erigir defensas funcionales que pueden impulsar cambios positivos.
Esto, por supuesto, también resulta cierto para la literatura. Como lector, un niño en su infancia tardía no necesita tanto de historias muy estéticamente elaboradas, sino del tipo más simple de ficción: relatos de “aventuras” que le muestren una figura de identificación aceptable, que pongan énfasis en la acción y el diálogo, que lo ayuden a comprender la realidad que lo rodea (especialmente la del mundo adulto) con sus múltiples conflictos, pero que, a la vez, lo reconforten y le den la seguridad de que todo problema puede ser superado (Appleyard, 1991:63).
Lecturas de este tipo pueden ser muy útiles para el desarrollo anímico y cognitivo del niño. Pero no sólo los niños se benefician de las historias repetitivas. Según Joseph A. Appleyard (1991:164 y sig.), los lectores adultos maduros también saben disfrutar de una lectura “formulaica” y de escape. Incluso aquellos bien instruidos en literatura, a veces tienen la necesidad de leer algo simple. En determinados momentos, leer una obra exigente, formalmente complicada, con perspectivas irónicas y finales abiertos, podría desgastarlos emocionalmente, ya que todo esto hace que los problemas con que lidia la obra parezcan ser tan intratables como los de la vida de los lectores:
"Si la lectura adictiva de romance es del todo útil en términos de desarrollo, podría serlo como un plano donde el lector puede descansar de las exigencias de tipos de lectura más retadores. Quizás, también, repetir habitualmente las convenciones del romance no siempre las desgasta, sino que hace que el control arquetípico de los miedos y deseos que expresan, y las soluciones deseables que representan, sean más penetrantes; y esta experiencia, de alguna manera, prepara a un lector para cambios que sucederán después." (Appleyard, 1991:171)
*Mircea Eliade desarrolló esta característica de las llamadas sociedades primitivas; puso hincapié, desde su perspectiva filosófica-antropológica, en el rechazo, incluso terror, que las comunidades primitivas sienten por la historia. La repetición ritual, que equivale a una recreación del acto cosmogónico, mantenía al hombre primitivo alejado de una consciencia histórica. De esa manera, le era más fácil soportar el peso de las calamidades y el sufrimiento. Cuando un acontecimiento que provoca sufrimiento es tomado como hecho histórico, no es posible asignarle una significación inherente. Una inundación, un terremoto, una sequía o una tormenta devastadora son vistas como simples acontecimientos azarosos, absurdos, sin sentido alguno. Pero cuando el brujo o chamán encuentra una causa para los desastres –crímenes, demonios, karma, hechicería, etcétera–, entonces las calamidades adquieren un sentido y se vuelven más soportables (Eliade, 1949:110-111). La valoración que Eliade dio a esta actitud fue bastante clara: “No hemos de decidir si tales motivos eran o no pueriles, o si semejante rechazo de la historia resultaba siempre eficaz. Un solo hecho cuenta, en nuestra opinión: que gracias a ese parecer decenas de millones de hombres han podido tolerar, durante siglos, grandes presiones históricas sin desesperar, sin suicidarse o caer en la sequedad espiritual que siempre acarrea consigo una visión relativista o nihilista de la historia.” (1949:169)
Para que el hombre fuera capaz de “soportar” y aceptar el peso de la historia, primero debía fortalecer debidamente su consciencia, su ego. Debía separarse del instinto. Fue mediante este proceso gradual que surgieron las primeras grandes civilizaciones (Mesopotamia, China, Egipto, Grecia), las cuales compartían la característica de poseer una amplia conciencia del tiempo histórico.
Bibliografía:
Appleyard, J.A.
1991 Becoming a Reader. The Experience of Fiction from Childhood to Adulthood. Cambridge, Cambridge University Press.
Eliade, Mircea
1949 El mito del eterno retorno. Buenos Aires, Emecé: 2001.
Erikson, Erik
1950 Childhood and Society. New York, Norton & Company: 1993.
Frattaroli, Elio J.
1996 “Mi ánima y yo: a través del oscuro espejo de la interfaz junguiana/freudiana”, en Polly Young-Eisendrath y Terence Dawson (editoras). Introducción a Jung. Cambridge, Cambridge University Press: 1999.
Hillman, James
1999 The Force of Character and the Lasting Life. New York, Ballantine Books.
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repetición
miércoles, 30 de julio de 2008
El arquetipo del Puer
Éste es un fragmento de un capítulo de mi tesis, donde doy una explicación sintética del arquetipo del niño. Incluyo tres definiciones al final, para hacer más claras las cosas.
Jung se ocupó de esta figura en su ensayo “Acerca de la psicología del arquetipo del niño", que incluyó en Introducción a la esencia de la mitología (1941), redactado en colaboración con Karl Kerényi, quien abordó el mismo tema desde una perspectiva antropológica. Jung destacó que una de las paradojas más importantes del arquetipo del niño es que posee un carácter tanto pretérito como futuro. Es pretérito en cuanto a que representa el carácter preconsciente de la infancia del alma colectiva. El niño es un ser que todavía no desarrolla una consciencia firme, que todavía no es capaz de comprender el conflicto que supone el dividir el mundo en categorías duales. Por lo tanto, se encuentra sumamente cercano al instinto y a la totalidad inconsciente. El niño es un ser desvalido, incapaz de enfrentar por sí mismo el horror vacui de la existencia a la que tan abruptamente es lanzado. Sin embargo, la naturaleza misma (es decir, lo inconsciente) se encarga de acogerlo maternalmente, como lo demuestran los múltiples mitos de los animales que alimentan y protegen al niño-héroe.
Pero, a pesar de que se trata de un arquetipo retrospectivo en apariencia, el niño también es futuro en potencia. Por lo tanto, psicológicamente, la aparición del niño anticipa importantes desarrollos futuros en la personalidad individual o colectiva:
"El 'niño' prepara una futura transformación de la personalidad. En el proceso de la individuación anticipa la figura que resulta de la síntesis de los elementos conscientes e inconscientes de la personalidad. Es, por eso, un símbolo que une los opuestos, un mediador, un salvador, es decir, un hacedor-de-la-totalidad. Por este significado, el motivo del niño también tiene la capacidad de sufrir esas múltiples transformaciones formales ya mencionadas: su expresión es, por ejemplo, lo redondo, el círculo o la bola, o la cuaternidad como otra forma de la totalidad. A esa totalidad que trasciende la consciencia yo la he denominado el 'sí-mismo'. La meta del proceso de individuación es la síntesis del sí-mismo." (Jung, 1941:109)
Entonces, el niño aparece como una prefiguración del Sí-mismo, como una totalidad en potencia. En circunstancias concretas, el arquetipo del niño puede constelarse sobre la mente consciente como un auxilio para sobrellevar una situación angustiante, resultado de un choque de opuestos. Así sucede cada vez que una persona está por tener un cambio en su vida. Pero este arquetipo trata también lo más trascendente y, por ende, atemorizante, de la existencia:
"El 'niño' simboliza la naturaleza preconsciente y postconsciente del hombre. Su naturaleza preconsciente es el estado inconsciente de la más tierna infancia, la naturaleza postconsciente es una anticipación per analogiam más allá de la muerte. En esta representación se expresa la naturaleza global de la totalidad humana."(Jung, 1941:123-124)
Así que, como se puede ver, el niño también es un recordatorio constante de la naturaleza finita del ser humano. Esto es algo positivo, ya que impulsa un enfrentamiento con los más aguerridos temores del espíritu, sin lo cual no sería posible aspirar a tener una existencia plena. Es necesario tener esto en cuenta para entender la faceta más negativa del arquetipo, el llamado puer aeternus.
Marie-Louise von Franz es quien, hasta el momento, ha elaborado el estudio más completo sobre este arquetipo, en su obra El Puer Aeternus (1970). El puer aeternus expresa un truncamiento en el carácter futuro del niño. Cuando existe una disociación neurótica entre los estados presente y pretérito de la persona –es decir, una incompatibilidad o contradicción entre ambos estados–, ocurre un conflicto serio que afecta profundamente la identidad del individuo, puesto que es incapaz de ponerse en contacto con sus orígenes (Jung, 1941:106). Esto normalmente ocurre debido a un complejo materno negativo (Franz, 1970:7). La persona, entonces, es poseída por este arquetipo que lo atrapa en su carácter regresivo, imposibilitándole el flujo de auténtica vitalidad. En el centro del conflicto se encuentra una experiencia infantil traumática, una deformación del amor y la confianza tan fuerte y terrible que obliga a la persona a erigir defensas esquizoides, de manera que no la vuelva a experimentar. Así, “el amor amenaza su existencia misma” (May, 1969:18). Sin embargo, el principio de individuación seguirá actuando y tratará de empujar el desarrollo anímico. Una y otra vez, insistirá en una confrontación con los propios sentimientos, a lo que el puer aeternus responde con una perseverancia anormal en los viejos hábitos y actividades, para no tener que cambiar a las nuevas exigencias. Al estar atrapada en este ciclo destructivo, y dado su rechazo al carácter futuro del arquetipo del niño, la persona niega la noción de la temporalidad, intenta vivir en un eterno momento presente. No obstante, en el fondo, está muy consciente de la transitoriedad de las cosas, y especialmente de la de las personas. Por lo tanto, temeroso tanto de la muerte como de la desilusión, el individuo es incapaz de establecer vínculos funcionales y estrechos con su entorno y con los demás.
De acuerdo con la descripción de Franz, la persona poseída por el puer aeternus presenta muchas características típicas del adolescente: impaciencia, irresponsabilidad, búsqueda religiosa, indisciplina, rebeldía y, especialmente, aburrimiento. Ya que el sujeto se encuentra encerrado en un estado regresivo, es de esperarse que sienta un aburrimiento terrible, ya que ¿qué es el aburrimiento sino una sensación de “no estar en la vida”? El élan vital del puer aeternus es bastante débil, por lo que, en muchos de los casos, existe un peligro latente de suicidio.
Bibliografía:
Franz, Marie-Louise von
1970 The Problem of the Puer Aeternus. Toronto, Inner City Books: 2000. (tr. española El puer aeternus. Barcelona, Paidós)
Jung, Carl Gustav y Karl Kerényi
1941 Introducción a la esencia de la mitología. Madrid, Siruela: 2003.
May, Rollo
1969 Amor y voluntad. Barcelona, Gedisa: 2000.
Glosario:
Arquetipos. Imágenes psíquicas primordiales que conforman lo inconsciente colectivo. Poseen una fuerte carga emocional y muestran motivos universales. Los arquetipos aparecen en todo tipo de fantasías y sueños, en obras artísticas y folclóricas, en la mitología e imaginería religiosa de todas las culturas: la gran madre, la novia, la bruja, el dragón, el loco, el héroe, la muerte, el sol, la luna, el viejo sabio, el árbol místico, el animal acompañante, etcétera. Los arquetipos actúan de manera autónoma respecto a la conciencia, es decir que nuestro “yo” no tiene control alguno sobre ellos. También suelen mostrar una doble cara: positivo y negativo. Poseen un aspecto objetivo e impersonal que define su núcleo y función general, pero suelen aparecer en una relación subjetiva a la situación concreta y particular de quien (o quienes) los experimentan.
Inconsciente colectivo. Lo desconocido dentro del hombre. Se conforma por patrones psíquicos (arquetipos) que son comunes a toda la humanidad. Estos patrones arquetípicos forman complejos que influyen de manera determinante en todo tipo de comunicación humana.
Individuación. Proceso de diferenciación cuya meta es el desarrollo de la personalidad individual. Es decir que la psique siempre se inclina hacia la búsqueda del sentido particular de la vida del individuo, a su lugar e identidad específicas e irrepetibles en este mundo. Es, en cierta manera, lo que podría llamarse “autorrealización” del ser humano. La obstaculización de este proceso (cuyas causas pueden ser numerosas y normalmente se pueden encontrar en las experiencias tempranas de vida) conduce a la deformación neurótica de la personalidad, que se manifiesta como un choque de impulsos o fuerzas internas opuestas. La individuación intentará continuar a través del conflicto, por lo que para su resolución es necesaria una comprensión total y empática de las fuerzas arquetípicas en oposición, de manera que surja la llamada función trascendente que tiende un puente entre los contrarios e incita a su integración o coniunctio. Las actitudes unilaterales, por lo tanto, están condenadas al fracaso y la insanidad. No se trata de reprimir impulsos, sino de entenderlos con todas las funciones de la personalidad, de forma que sus energías sean encaminadas productivamente.
Jung se ocupó de esta figura en su ensayo “Acerca de la psicología del arquetipo del niño", que incluyó en Introducción a la esencia de la mitología (1941), redactado en colaboración con Karl Kerényi, quien abordó el mismo tema desde una perspectiva antropológica. Jung destacó que una de las paradojas más importantes del arquetipo del niño es que posee un carácter tanto pretérito como futuro. Es pretérito en cuanto a que representa el carácter preconsciente de la infancia del alma colectiva. El niño es un ser que todavía no desarrolla una consciencia firme, que todavía no es capaz de comprender el conflicto que supone el dividir el mundo en categorías duales. Por lo tanto, se encuentra sumamente cercano al instinto y a la totalidad inconsciente. El niño es un ser desvalido, incapaz de enfrentar por sí mismo el horror vacui de la existencia a la que tan abruptamente es lanzado. Sin embargo, la naturaleza misma (es decir, lo inconsciente) se encarga de acogerlo maternalmente, como lo demuestran los múltiples mitos de los animales que alimentan y protegen al niño-héroe.
Pero, a pesar de que se trata de un arquetipo retrospectivo en apariencia, el niño también es futuro en potencia. Por lo tanto, psicológicamente, la aparición del niño anticipa importantes desarrollos futuros en la personalidad individual o colectiva:
"El 'niño' prepara una futura transformación de la personalidad. En el proceso de la individuación anticipa la figura que resulta de la síntesis de los elementos conscientes e inconscientes de la personalidad. Es, por eso, un símbolo que une los opuestos, un mediador, un salvador, es decir, un hacedor-de-la-totalidad. Por este significado, el motivo del niño también tiene la capacidad de sufrir esas múltiples transformaciones formales ya mencionadas: su expresión es, por ejemplo, lo redondo, el círculo o la bola, o la cuaternidad como otra forma de la totalidad. A esa totalidad que trasciende la consciencia yo la he denominado el 'sí-mismo'. La meta del proceso de individuación es la síntesis del sí-mismo." (Jung, 1941:109)
Entonces, el niño aparece como una prefiguración del Sí-mismo, como una totalidad en potencia. En circunstancias concretas, el arquetipo del niño puede constelarse sobre la mente consciente como un auxilio para sobrellevar una situación angustiante, resultado de un choque de opuestos. Así sucede cada vez que una persona está por tener un cambio en su vida. Pero este arquetipo trata también lo más trascendente y, por ende, atemorizante, de la existencia:
"El 'niño' simboliza la naturaleza preconsciente y postconsciente del hombre. Su naturaleza preconsciente es el estado inconsciente de la más tierna infancia, la naturaleza postconsciente es una anticipación per analogiam más allá de la muerte. En esta representación se expresa la naturaleza global de la totalidad humana."(Jung, 1941:123-124)
Así que, como se puede ver, el niño también es un recordatorio constante de la naturaleza finita del ser humano. Esto es algo positivo, ya que impulsa un enfrentamiento con los más aguerridos temores del espíritu, sin lo cual no sería posible aspirar a tener una existencia plena. Es necesario tener esto en cuenta para entender la faceta más negativa del arquetipo, el llamado puer aeternus.
Marie-Louise von Franz es quien, hasta el momento, ha elaborado el estudio más completo sobre este arquetipo, en su obra El Puer Aeternus (1970). El puer aeternus expresa un truncamiento en el carácter futuro del niño. Cuando existe una disociación neurótica entre los estados presente y pretérito de la persona –es decir, una incompatibilidad o contradicción entre ambos estados–, ocurre un conflicto serio que afecta profundamente la identidad del individuo, puesto que es incapaz de ponerse en contacto con sus orígenes (Jung, 1941:106). Esto normalmente ocurre debido a un complejo materno negativo (Franz, 1970:7). La persona, entonces, es poseída por este arquetipo que lo atrapa en su carácter regresivo, imposibilitándole el flujo de auténtica vitalidad. En el centro del conflicto se encuentra una experiencia infantil traumática, una deformación del amor y la confianza tan fuerte y terrible que obliga a la persona a erigir defensas esquizoides, de manera que no la vuelva a experimentar. Así, “el amor amenaza su existencia misma” (May, 1969:18). Sin embargo, el principio de individuación seguirá actuando y tratará de empujar el desarrollo anímico. Una y otra vez, insistirá en una confrontación con los propios sentimientos, a lo que el puer aeternus responde con una perseverancia anormal en los viejos hábitos y actividades, para no tener que cambiar a las nuevas exigencias. Al estar atrapada en este ciclo destructivo, y dado su rechazo al carácter futuro del arquetipo del niño, la persona niega la noción de la temporalidad, intenta vivir en un eterno momento presente. No obstante, en el fondo, está muy consciente de la transitoriedad de las cosas, y especialmente de la de las personas. Por lo tanto, temeroso tanto de la muerte como de la desilusión, el individuo es incapaz de establecer vínculos funcionales y estrechos con su entorno y con los demás.
De acuerdo con la descripción de Franz, la persona poseída por el puer aeternus presenta muchas características típicas del adolescente: impaciencia, irresponsabilidad, búsqueda religiosa, indisciplina, rebeldía y, especialmente, aburrimiento. Ya que el sujeto se encuentra encerrado en un estado regresivo, es de esperarse que sienta un aburrimiento terrible, ya que ¿qué es el aburrimiento sino una sensación de “no estar en la vida”? El élan vital del puer aeternus es bastante débil, por lo que, en muchos de los casos, existe un peligro latente de suicidio.
Bibliografía:
Franz, Marie-Louise von
1970 The Problem of the Puer Aeternus. Toronto, Inner City Books: 2000. (tr. española El puer aeternus. Barcelona, Paidós)
Jung, Carl Gustav y Karl Kerényi
1941 Introducción a la esencia de la mitología. Madrid, Siruela: 2003.
May, Rollo
1969 Amor y voluntad. Barcelona, Gedisa: 2000.
Glosario:
Arquetipos. Imágenes psíquicas primordiales que conforman lo inconsciente colectivo. Poseen una fuerte carga emocional y muestran motivos universales. Los arquetipos aparecen en todo tipo de fantasías y sueños, en obras artísticas y folclóricas, en la mitología e imaginería religiosa de todas las culturas: la gran madre, la novia, la bruja, el dragón, el loco, el héroe, la muerte, el sol, la luna, el viejo sabio, el árbol místico, el animal acompañante, etcétera. Los arquetipos actúan de manera autónoma respecto a la conciencia, es decir que nuestro “yo” no tiene control alguno sobre ellos. También suelen mostrar una doble cara: positivo y negativo. Poseen un aspecto objetivo e impersonal que define su núcleo y función general, pero suelen aparecer en una relación subjetiva a la situación concreta y particular de quien (o quienes) los experimentan.
Inconsciente colectivo. Lo desconocido dentro del hombre. Se conforma por patrones psíquicos (arquetipos) que son comunes a toda la humanidad. Estos patrones arquetípicos forman complejos que influyen de manera determinante en todo tipo de comunicación humana.
Individuación. Proceso de diferenciación cuya meta es el desarrollo de la personalidad individual. Es decir que la psique siempre se inclina hacia la búsqueda del sentido particular de la vida del individuo, a su lugar e identidad específicas e irrepetibles en este mundo. Es, en cierta manera, lo que podría llamarse “autorrealización” del ser humano. La obstaculización de este proceso (cuyas causas pueden ser numerosas y normalmente se pueden encontrar en las experiencias tempranas de vida) conduce a la deformación neurótica de la personalidad, que se manifiesta como un choque de impulsos o fuerzas internas opuestas. La individuación intentará continuar a través del conflicto, por lo que para su resolución es necesaria una comprensión total y empática de las fuerzas arquetípicas en oposición, de manera que surja la llamada función trascendente que tiende un puente entre los contrarios e incita a su integración o coniunctio. Las actitudes unilaterales, por lo tanto, están condenadas al fracaso y la insanidad. No se trata de reprimir impulsos, sino de entenderlos con todas las funciones de la personalidad, de forma que sus energías sean encaminadas productivamente.
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lunes, 21 de julio de 2008
Sueño
Estoy caminando sobre la arena. No estoy seguro sobre mi atuendo, pero mis pies están desnudos. Tengo un garfio clavado en la espalda, justo entre las vértebras. Aún así, puedo moverme con libertad; sólo siento una molestia constante, como punzadas. De cualquier manera, no me atrevo a arrancármelo; pudiera ser que me haga un daño permanente. Necesito que alguien más lo haga, un doctor, un especialista.
Volteo hacia abajo y veo una serpiente que se arrastra entre mis pies, siguiendo mi ritmo. En realidad, los traspasa; o yo la traspaso a ella. No estoy seguro de quién es el fantasma. La escena me resulta familiar. Ya la he vivido, hace un par de años.
Muchas cosas no han cambiado, pero otras sí. La luz es crepuscular; más bien, no estoy seguro si el sol está levantándose o poniéndose. Hay un azul monocromático permanente. Pero el cielo es distinto; en el horizonte se ve un azul celeste, que poco a poco se va oscureciendo, pasando por varias tonalidades, azul marino, diamante, violeta. Las estrellas brillan bastante. Es una vista bonita. (Siento no poder describirlo mejor; no soy poeta).
Estoy en el desierto. Lo conozco bien; ya he estado ahí antes, es mi territorio, soy el señor del lugar. Hay grandes monolitos de piedra, pero no podría decir si son formaciones naturales o ruinas de una civilización antigua. Todo parece estar muerto, pero no es así; debajo de la arena se esconden todo tipo de reptiles, salamandras, arañas, cienpiés, escorpiones e incluso algunos pájaros, que hicieron su hogar entre las piedras. A ellos los he descuidado, y no los conozco del todo. Siento un ligero temor: mientras estuve ausente, la vida aquí se volvió todavía más salvaje. Podría volverse en mi contra, pero creo estar preparado para ello. De cualquier manera, sigo reinando aquí.
Sé que detrás de la colina está la costa. Al llegar ahí, puedo ver el sol a lo lejos, pero sigo sin saber si es el este o el oeste. No se mueve. Veo una isla cerca, como a un kilómetro de distancia. Me pregunto si podría llegar nadando, como en World of Warcraft, pero esto no es un videojuego. No soy un elfo incansable; la fatiga me ahogaría a medio camino. Y, sin embargo, el mar es similar al de WoW: hay ruinas debajo de él, y criaturas hostiles e impredecibles. En la superficie, el mar está tranquilo, pero sus profundidades son otro mundo, más turbulento y caótico.
En la costa encuentro los restos de un naufragio. Casi toda la madera está inservible. No puedo construir una balsa, pero sí un flotador. El problema es que el flotador es más inseguro, con todos los seres que hay bajo el agua. Y no puedo hacerme invisible, como mi personaje rogue de WoW. Me pregunto si valdrá la pena el riesgo. Hay árboles en la isla, como un bosque. En el centro, hay una montaña enorme. Está dedicada a un dios, con el que sé que debo hablar. Por algún motivo, tengo la impresión de que el lugar está habitado, en contraste con mi desierto. Y, sin embargo, sigue siendo una isla. Pero quizás tenga un puerto, con barcos que la transiten frecuentemente. Cada vez me hago más a la idea de nadar hasta allá, con la ayuda de un flotador improvisado.
Hace dos años tuve un sueño similar, pero sin la isla. Creo saber lo que significa, pero no lo he podido interpretar por completo. O quizás no quiero hacerlo. No lo sé.
Volteo hacia abajo y veo una serpiente que se arrastra entre mis pies, siguiendo mi ritmo. En realidad, los traspasa; o yo la traspaso a ella. No estoy seguro de quién es el fantasma. La escena me resulta familiar. Ya la he vivido, hace un par de años.
Muchas cosas no han cambiado, pero otras sí. La luz es crepuscular; más bien, no estoy seguro si el sol está levantándose o poniéndose. Hay un azul monocromático permanente. Pero el cielo es distinto; en el horizonte se ve un azul celeste, que poco a poco se va oscureciendo, pasando por varias tonalidades, azul marino, diamante, violeta. Las estrellas brillan bastante. Es una vista bonita. (Siento no poder describirlo mejor; no soy poeta).
Estoy en el desierto. Lo conozco bien; ya he estado ahí antes, es mi territorio, soy el señor del lugar. Hay grandes monolitos de piedra, pero no podría decir si son formaciones naturales o ruinas de una civilización antigua. Todo parece estar muerto, pero no es así; debajo de la arena se esconden todo tipo de reptiles, salamandras, arañas, cienpiés, escorpiones e incluso algunos pájaros, que hicieron su hogar entre las piedras. A ellos los he descuidado, y no los conozco del todo. Siento un ligero temor: mientras estuve ausente, la vida aquí se volvió todavía más salvaje. Podría volverse en mi contra, pero creo estar preparado para ello. De cualquier manera, sigo reinando aquí.
Sé que detrás de la colina está la costa. Al llegar ahí, puedo ver el sol a lo lejos, pero sigo sin saber si es el este o el oeste. No se mueve. Veo una isla cerca, como a un kilómetro de distancia. Me pregunto si podría llegar nadando, como en World of Warcraft, pero esto no es un videojuego. No soy un elfo incansable; la fatiga me ahogaría a medio camino. Y, sin embargo, el mar es similar al de WoW: hay ruinas debajo de él, y criaturas hostiles e impredecibles. En la superficie, el mar está tranquilo, pero sus profundidades son otro mundo, más turbulento y caótico.
En la costa encuentro los restos de un naufragio. Casi toda la madera está inservible. No puedo construir una balsa, pero sí un flotador. El problema es que el flotador es más inseguro, con todos los seres que hay bajo el agua. Y no puedo hacerme invisible, como mi personaje rogue de WoW. Me pregunto si valdrá la pena el riesgo. Hay árboles en la isla, como un bosque. En el centro, hay una montaña enorme. Está dedicada a un dios, con el que sé que debo hablar. Por algún motivo, tengo la impresión de que el lugar está habitado, en contraste con mi desierto. Y, sin embargo, sigue siendo una isla. Pero quizás tenga un puerto, con barcos que la transiten frecuentemente. Cada vez me hago más a la idea de nadar hasta allá, con la ayuda de un flotador improvisado.
Hace dos años tuve un sueño similar, pero sin la isla. Creo saber lo que significa, pero no lo he podido interpretar por completo. O quizás no quiero hacerlo. No lo sé.
viernes, 20 de junio de 2008
Tipos psicológicos
Últimamente no tengo mucho que hacer en el trabajo, y mi aburrimiento me desespera feamente. Así que postearé mis resultados de uno de los tests menos gachos que hay en la red para determinar el tipo junguiano de personalidad:
Free Jung Personality Test (similar to Myers-Briggs/MBTI)
Es un test raro, porque mete las funciones de judging y perceiving, que no están incluidas en la teoría original de Jung acerca de los tipos psicológicos. Esos los añadieron unos posjunguianos que no conozco, y lo que se me hace extraño es que judging y perceiving no son funciones principales, sino periféricas; y de ésas puede haber cientos más. En fin. Además, el test no incluye a las funciones racionales (pensamiento y sentimiento) como principales; las irracionales (sensación e intuición) siempre tienen más peso. Eso se me hace sospechoso.
Como quiera, el test me ayudó a darme cuenta de algo: mi función principal no es el pensamiento, sino la intuición. El pensamiento es mi función secundaria y las inferiores son la sensación y el sentimiento. Vaya. No sé porqué no me di cuenta antes, pero es cierto: mi intuición siempre ha determinado mi pensamiento. Basta con que tenga una idea intuitiva de algo para que la persiga socarronamente hasta el final, sin saber bien porqué. Además, eso explica otras cosas que siempre me han confundido mucho. Si mi función principal fuera el pensamiento, quizás sentiría que mi voluntad me pertenece en un mayor grado, y que mis decisiones son mías. Pero no es así. Todas las decisiones las tomo con una seguridad intuitiva; por dentro me lleva el diablo ante las disyuntivas, me vuelvo loco y no sé que hacer, pero en el mundo externo es como si alguien más actuara y hablara por mí, y siempre suele hacerlo con gran firmeza. ¿O sólo estoy siendo tonto y esto es algo que le pasa a todo el mundo? No lo sé.
No me gustó nada la descripción que me dieron, como quiera:
loner, more interested in intellectual pursuits than relationships or family, not very altruistic, not very complimentary, would rather be friendless than jobless, observer, values solitude, perfectionist, detached, private, not much fun, hidden, skeptical, does not tend to like most people, socially uncomfortable, not physically affectionate, unhappy, does not talk about feelings, hard to impress, analytical, likes esoteric things, tends to be pessimistic, not spontaneous, prone to discontentment, guarded, does not think they are weird but others do, responsible, can be insensitive or ambivalent to the misfortunes of others, orderly, clean, organized, familiar with darkside, tends not to value organized religion, suspicious of others, can be lonely, rarely shows anger, punctual, finisher, prepared
Y miren las carreras favoritas de mi tipo:
favored careers:
scientist, dictator, forensic anthropologist, systems analyst, philosopher, nuclear engineer, political analyst, researcher, statistician, scholar, research scientist, computer scientist, software designer, curator, computer programmer, aerospace engineer, electrical engineer, paleontologist, english professor, philosophy professor, chemical engineer, epidemiologist, forensic scientist, museum curator, research assistant, mechanic, astronomer, fighter pilot, librarian, systems administrator, neurosurgeon, book editor, biotechnology, archeologist, lab tech, bookstore owner
OK, entonces la gente de mi tipo tiende naturalmente hacia la sociopatía. Familiar with the dark side? Ni que fuera Darth Vader. Se la mamaron, hay muchas cosas ahí que son ofensivas. Uhm, medio ciertas, pero ofensivas. La verdad es que yo sí valoro más a mis relaciones y mi familia que a mi carrera; y le veo un cierto valor a la religión organizada, si bien no me suscribo a ella. Realmente, prefiero esta otra descripción:
http://www.mypersonality.info/personality-types/intj/.
La verdad, me gustó más la lista de INTJs ficticios que la de reales: Gandalf, Hannibal Lecter, Michael Corleone, Vito Corleone, Moriarty y Mr. Burns. Los ejemplos de gente real apestaron: Schwarzenegger, Rumsfeld, Colin Powell, Rudy Giuliani... Dios mío, ¿cuánto mal le ha hecho mi tipo al mundo? Pero, bueno, C.S. Lewis, Jane Austen e Isaac Newton no estuvieron tan mal, aunque estaban locos.
Esto me ha sorprendido un poco, de verdad.
| INTJ - "Mastermind". Introverted intellectual with a preference for finding certainty. A builder of systems and the applier of theoretical models. 2.1% of total population. |
Es un test raro, porque mete las funciones de judging y perceiving, que no están incluidas en la teoría original de Jung acerca de los tipos psicológicos. Esos los añadieron unos posjunguianos que no conozco, y lo que se me hace extraño es que judging y perceiving no son funciones principales, sino periféricas; y de ésas puede haber cientos más. En fin. Además, el test no incluye a las funciones racionales (pensamiento y sentimiento) como principales; las irracionales (sensación e intuición) siempre tienen más peso. Eso se me hace sospechoso.
Como quiera, el test me ayudó a darme cuenta de algo: mi función principal no es el pensamiento, sino la intuición. El pensamiento es mi función secundaria y las inferiores son la sensación y el sentimiento. Vaya. No sé porqué no me di cuenta antes, pero es cierto: mi intuición siempre ha determinado mi pensamiento. Basta con que tenga una idea intuitiva de algo para que la persiga socarronamente hasta el final, sin saber bien porqué. Además, eso explica otras cosas que siempre me han confundido mucho. Si mi función principal fuera el pensamiento, quizás sentiría que mi voluntad me pertenece en un mayor grado, y que mis decisiones son mías. Pero no es así. Todas las decisiones las tomo con una seguridad intuitiva; por dentro me lleva el diablo ante las disyuntivas, me vuelvo loco y no sé que hacer, pero en el mundo externo es como si alguien más actuara y hablara por mí, y siempre suele hacerlo con gran firmeza. ¿O sólo estoy siendo tonto y esto es algo que le pasa a todo el mundo? No lo sé.
No me gustó nada la descripción que me dieron, como quiera:
loner, more interested in intellectual pursuits than relationships or family, not very altruistic, not very complimentary, would rather be friendless than jobless, observer, values solitude, perfectionist, detached, private, not much fun, hidden, skeptical, does not tend to like most people, socially uncomfortable, not physically affectionate, unhappy, does not talk about feelings, hard to impress, analytical, likes esoteric things, tends to be pessimistic, not spontaneous, prone to discontentment, guarded, does not think they are weird but others do, responsible, can be insensitive or ambivalent to the misfortunes of others, orderly, clean, organized, familiar with darkside, tends not to value organized religion, suspicious of others, can be lonely, rarely shows anger, punctual, finisher, prepared
Y miren las carreras favoritas de mi tipo:
favored careers:
scientist, dictator, forensic anthropologist, systems analyst, philosopher, nuclear engineer, political analyst, researcher, statistician, scholar, research scientist, computer scientist, software designer, curator, computer programmer, aerospace engineer, electrical engineer, paleontologist, english professor, philosophy professor, chemical engineer, epidemiologist, forensic scientist, museum curator, research assistant, mechanic, astronomer, fighter pilot, librarian, systems administrator, neurosurgeon, book editor, biotechnology, archeologist, lab tech, bookstore owner
OK, entonces la gente de mi tipo tiende naturalmente hacia la sociopatía. Familiar with the dark side? Ni que fuera Darth Vader. Se la mamaron, hay muchas cosas ahí que son ofensivas. Uhm, medio ciertas, pero ofensivas. La verdad es que yo sí valoro más a mis relaciones y mi familia que a mi carrera; y le veo un cierto valor a la religión organizada, si bien no me suscribo a ella. Realmente, prefiero esta otra descripción:
http://www.mypersonality.info/personality-types/intj/.
La verdad, me gustó más la lista de INTJs ficticios que la de reales: Gandalf, Hannibal Lecter, Michael Corleone, Vito Corleone, Moriarty y Mr. Burns. Los ejemplos de gente real apestaron: Schwarzenegger, Rumsfeld, Colin Powell, Rudy Giuliani... Dios mío, ¿cuánto mal le ha hecho mi tipo al mundo? Pero, bueno, C.S. Lewis, Jane Austen e Isaac Newton no estuvieron tan mal, aunque estaban locos.
Esto me ha sorprendido un poco, de verdad.
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martes, 17 de junio de 2008
Hermano contra hermano
Me pidieron que participara en un concurso de la UR, para una compilación de artículos que va a publicar la universidad. Se llama Voces de congruencia, y tiene el tema escueto de "qué podemos hacer para integrar armónicamente a los sectores más desfavorecidos de la sociedad". ¡Sí! ¡Hay que integrarlos a nuestro maravilloso mundo regiomontano! Eso sin duda los sacará de todo tipo de problemas.
En fin, mandé un artículo porque me lo pidió mi jefe. Pero ni me respondieron para confirmar que lo recibieron ni nada. Además, mi tema es un poco delicado y nada sociológico, así que no creo que haya muchas probabilidades de que lo publiquen. Como sea, no quiero pensar que lo escribí de okis, así que lo publico aquí, asumiendo que a cualquiera de las 2 personas que leen este blog (y estoy siendo optimista con las cifras) le interese.
=========================================
La relación con la alteridad siempre ha determinado nuestra identidad y nuestra condición existencial en general. Uno no puede vivir sino en virtud del otro: proyectamos nuestros propios contenidos internos sobre los demás y, mediante este juego recíproco, no sólo somos capaces de establecer vínculos afectivos, sino que –si somos lo suficientemente receptivos– también podemos descubrir aspectos de nosotros mismos que anteriormente estaban velados a nuestra consciencia. Los encontramos porque nos vemos en el espejo del otro. Así, la alteridad prueba ser la fuente de la auténtica creatividad, del desvelamiento de nuevas energías psíquicas y vitales que podemos encaminar de múltiples maneras.
Sin embargo, en numerosas ocasiones vemos rasgos en los demás que nos resultan ajenos y extraños, molestos y atemorizantes. Carl Gustav Jung solía usar un nombre para la perturbadora figura que solemos ver en estos sujetos: sombra. Se trata de aspectos inconscientes de nuestra personalidad que preferiríamos no aceptar, por lo que nos es más sencillo proyectarlos en alguien más, ponerlos fuera de nosotros mismos para después atacarlos, minimizarlos, destruirlos, pretender que no pueden afectarnos porque, después de todo, no nos pertenecen. Normalmente, así es como ha surgido toda clase de individuos y grupos marginados, discriminados y perseguidos. Nos gusta mantenerlos así, a la raya, lejos, apartados y, en los peores casos, incluso exterminados. ¿Y qué hay de estas personas? ¿Son víctimas? Sin duda, pero también hay que tener en cuenta que un diálogo requiere de dos partes, de dos esfuerzos. Si lo que se busca es una solución al conflicto, es impensable ser unilateral. La verdad es que, en este tipo de luchas, rara vez hay un solo culpable.
Teniendo esto en cuenta, quizás sería conveniente revisar uno de los mitos centrales de la cultura Occidental, el cual trata justamente de este tema: la eterna lucha con el otro. Hablo del mito de Caín y Abel.
El cuarto capítulo del Génesis narra esta historia de una manera muy escueta. Sólo nos dice que Caín, el agricultor, ofreció los frutos de la tierra como ofrenda a Yahveh; y que su hermano Abel, el pastor, ofreció uno de sus animales. Yahveh aceptó la ofrenda de Abel y regañó a Caín, muy ambiguamente, por cierto: sólo le dice que no obró bien. Caín, entonces, se enoja y mata a su hermano. Yahveh, tras hacerle un interrogatorio sumamente humillante, exilia al asesino y lo marca en el rostro.
Todo esto nos deja con una larga serie de preguntas. ¿Por qué Dios no aceptó las cosechas de Caín? ¿Por qué adoptó una actitud tan descaradamente parcial hacia Abel? ¿Abel fue siempre bueno con su hermano? ¿Qué significa la marca en el rostro de Caín? ¿Y dónde estaban los padres, Adán y Eva? Ciertamente, la primera familia del mundo fue terriblemente disfuncional.
Mircea Eliade, el gran historiador de las religiones, explicó el mito diciendo que “Caín” significa “herrero”; y que, “Abel”, como opuesto, significaría “pastor”. El herrero, en culturas nómadas y pastoriles, siempre fue visto con tanto respeto como temor: él es el “amo del fuego”, quien, sin lugar a dudas, posee misteriosas habilidades mágicas (1978: 167). Hay que recordar que Caín también fue quien edificó la primera ciudad. Él es el constructor de civilizaciones, aquél que representa el cambio tecnológico, una especie de Fausto primordial.
Abel sería el representante de las tribus nómadas de israelitas, mientras que Caín representaría a las fuertes ciudades-estado cananeas. El mito refleja el gran antagonismo que había entre ambos pueblos, y muestra el refugio que los israelitas encontraron en su propio dios, Yahveh, quien los favorece casi incondicionalmente. Y, ciertamente, son pueblos hermanos: los israelitas, en gran parte, estaban conformados por miembros de las clases marginadas cananeas (Armstrong, 1996: 50 y ss.).
Así, lo que vemos en este mito es una lucha entre pueblos que se desprecian y se apuntan con el dedo mutuamente. Los cananeos evitaron a los israelitas, y estos últimos, mostrando un tremendo hermetismo, no quisieron saber nada de ellos, prefiriendo la existencia “simple y pura” de los nómadas pastores.
Volvamos a Caín y Abel, en un plano más personal. ¿Cómo sería su relación? Quizás Caín se sentía celoso de Abel, el segundón que le quitó la atención de sus padres. Sin duda, Caín era una persona competitiva y creativa, muy esforzada en sus logros tecnológicos. Abel, por el contrario, era un sujeto simple. Es comprensible, entonces, que el primogénito se haya sentido profundamente herido cuando Yahveh rechazó su sacrificio, con todo el trabajo que le costó, con tantas energías y entusiasmo que puso en él. ¿Por qué Abel habría de ser el privilegiado, si lo único que hacía era cuidar cabras? Así es que, en su frustración e impotencia, quizás en una inesperada crisis psicótica (aunque la Escritura lo describa como más sociopático), descargó su enojo contra el único objeto tangible que tenía a la vista: su hermano.
La marca de Caín era su espíritu mismo, que había muerto con semejante pecado. Caín era un muerto en vida, que debía cargar con una culpa enorme, con la frustración y resignación de no poder enmendar su error. Esta melancolía y su consecuente hostilidad (hacia los demás y hacia sí mismo) lo distanciaría afectivamente del resto de la gente, en un inacabable círculo vicioso. Éste es el mayor pecado (sin duda peor que el mismo asesinato) que heredó a la humanidad.
Jorge Luis Borges, en su relato corto Leyenda, reconcilia a los dos hermanos. Según cuenta, Caín y Abel se encontraron tras la muerte de Abel, mientras caminaban por el desierto. Se reconocieron y se sentaron a comer; pero, cuando Caín vio la marca de la piedra en la frente de Abel, soltó el pan que se llevaba a la boca y pidió perdón a su hermano. Abel simplemente le respondió: “¿Tú me has matado o yo te he matado? Ya no recuerdo; aquí estamos juntos como antes“.
El mensaje de esta historia es que el olvido forma el perdón. Pero quizás lo más interesante es que el propio Abel confesó haber sido capaz de cometer el mismo crimen de su hermano. Ambos aceptaron su propio lado sombrío y, gracias a esto, pudieron verse el uno al otro en una situación de completa igualdad. Ése es el mensaje más profundo del relato de Borges.
Todo esto nos hacer ver que, si hemos de buscar una solución de fondo para el conflicto con la alteridad, sólo podemos encontrarla en el individuo. Ningún cambio social puede ser efectivo si no ocurre de raíz. Ninguna sociedad puede funcionar si está conformada sobre una base de individuos deformes. Es así de simple. Hasta que no aceptemos vernos a nosotros mismos en los demás, la vida social se tornará una lucha interminable por la supervivencia, tanto física como espiritual. Especialmente en un mundo de masas, la pregunta más trascendental de todas es: ¿Sabe el individuo que él es el contrapeso que inclina la balanza?
Bibliografía:
Aguinis, Marcos
2003 Las redes del odio. Buenos Aires, Planeta.
Armstrong, Karen
1996 Historia de Jerusalén. Barcelona, Paidós: 2005.
Eliade, Mircea
1978 A History of Religious Ideas. Vol. I. Chicago, The University of Chicago Press.
En fin, mandé un artículo porque me lo pidió mi jefe. Pero ni me respondieron para confirmar que lo recibieron ni nada. Además, mi tema es un poco delicado y nada sociológico, así que no creo que haya muchas probabilidades de que lo publiquen. Como sea, no quiero pensar que lo escribí de okis, así que lo publico aquí, asumiendo que a cualquiera de las 2 personas que leen este blog (y estoy siendo optimista con las cifras) le interese.
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La relación con la alteridad siempre ha determinado nuestra identidad y nuestra condición existencial en general. Uno no puede vivir sino en virtud del otro: proyectamos nuestros propios contenidos internos sobre los demás y, mediante este juego recíproco, no sólo somos capaces de establecer vínculos afectivos, sino que –si somos lo suficientemente receptivos– también podemos descubrir aspectos de nosotros mismos que anteriormente estaban velados a nuestra consciencia. Los encontramos porque nos vemos en el espejo del otro. Así, la alteridad prueba ser la fuente de la auténtica creatividad, del desvelamiento de nuevas energías psíquicas y vitales que podemos encaminar de múltiples maneras.
Sin embargo, en numerosas ocasiones vemos rasgos en los demás que nos resultan ajenos y extraños, molestos y atemorizantes. Carl Gustav Jung solía usar un nombre para la perturbadora figura que solemos ver en estos sujetos: sombra. Se trata de aspectos inconscientes de nuestra personalidad que preferiríamos no aceptar, por lo que nos es más sencillo proyectarlos en alguien más, ponerlos fuera de nosotros mismos para después atacarlos, minimizarlos, destruirlos, pretender que no pueden afectarnos porque, después de todo, no nos pertenecen. Normalmente, así es como ha surgido toda clase de individuos y grupos marginados, discriminados y perseguidos. Nos gusta mantenerlos así, a la raya, lejos, apartados y, en los peores casos, incluso exterminados. ¿Y qué hay de estas personas? ¿Son víctimas? Sin duda, pero también hay que tener en cuenta que un diálogo requiere de dos partes, de dos esfuerzos. Si lo que se busca es una solución al conflicto, es impensable ser unilateral. La verdad es que, en este tipo de luchas, rara vez hay un solo culpable.
Teniendo esto en cuenta, quizás sería conveniente revisar uno de los mitos centrales de la cultura Occidental, el cual trata justamente de este tema: la eterna lucha con el otro. Hablo del mito de Caín y Abel.
El cuarto capítulo del Génesis narra esta historia de una manera muy escueta. Sólo nos dice que Caín, el agricultor, ofreció los frutos de la tierra como ofrenda a Yahveh; y que su hermano Abel, el pastor, ofreció uno de sus animales. Yahveh aceptó la ofrenda de Abel y regañó a Caín, muy ambiguamente, por cierto: sólo le dice que no obró bien. Caín, entonces, se enoja y mata a su hermano. Yahveh, tras hacerle un interrogatorio sumamente humillante, exilia al asesino y lo marca en el rostro.
Todo esto nos deja con una larga serie de preguntas. ¿Por qué Dios no aceptó las cosechas de Caín? ¿Por qué adoptó una actitud tan descaradamente parcial hacia Abel? ¿Abel fue siempre bueno con su hermano? ¿Qué significa la marca en el rostro de Caín? ¿Y dónde estaban los padres, Adán y Eva? Ciertamente, la primera familia del mundo fue terriblemente disfuncional.
Mircea Eliade, el gran historiador de las religiones, explicó el mito diciendo que “Caín” significa “herrero”; y que, “Abel”, como opuesto, significaría “pastor”. El herrero, en culturas nómadas y pastoriles, siempre fue visto con tanto respeto como temor: él es el “amo del fuego”, quien, sin lugar a dudas, posee misteriosas habilidades mágicas (1978: 167). Hay que recordar que Caín también fue quien edificó la primera ciudad. Él es el constructor de civilizaciones, aquél que representa el cambio tecnológico, una especie de Fausto primordial.
Abel sería el representante de las tribus nómadas de israelitas, mientras que Caín representaría a las fuertes ciudades-estado cananeas. El mito refleja el gran antagonismo que había entre ambos pueblos, y muestra el refugio que los israelitas encontraron en su propio dios, Yahveh, quien los favorece casi incondicionalmente. Y, ciertamente, son pueblos hermanos: los israelitas, en gran parte, estaban conformados por miembros de las clases marginadas cananeas (Armstrong, 1996: 50 y ss.).
Así, lo que vemos en este mito es una lucha entre pueblos que se desprecian y se apuntan con el dedo mutuamente. Los cananeos evitaron a los israelitas, y estos últimos, mostrando un tremendo hermetismo, no quisieron saber nada de ellos, prefiriendo la existencia “simple y pura” de los nómadas pastores.
Volvamos a Caín y Abel, en un plano más personal. ¿Cómo sería su relación? Quizás Caín se sentía celoso de Abel, el segundón que le quitó la atención de sus padres. Sin duda, Caín era una persona competitiva y creativa, muy esforzada en sus logros tecnológicos. Abel, por el contrario, era un sujeto simple. Es comprensible, entonces, que el primogénito se haya sentido profundamente herido cuando Yahveh rechazó su sacrificio, con todo el trabajo que le costó, con tantas energías y entusiasmo que puso en él. ¿Por qué Abel habría de ser el privilegiado, si lo único que hacía era cuidar cabras? Así es que, en su frustración e impotencia, quizás en una inesperada crisis psicótica (aunque la Escritura lo describa como más sociopático), descargó su enojo contra el único objeto tangible que tenía a la vista: su hermano.
La marca de Caín era su espíritu mismo, que había muerto con semejante pecado. Caín era un muerto en vida, que debía cargar con una culpa enorme, con la frustración y resignación de no poder enmendar su error. Esta melancolía y su consecuente hostilidad (hacia los demás y hacia sí mismo) lo distanciaría afectivamente del resto de la gente, en un inacabable círculo vicioso. Éste es el mayor pecado (sin duda peor que el mismo asesinato) que heredó a la humanidad.
Jorge Luis Borges, en su relato corto Leyenda, reconcilia a los dos hermanos. Según cuenta, Caín y Abel se encontraron tras la muerte de Abel, mientras caminaban por el desierto. Se reconocieron y se sentaron a comer; pero, cuando Caín vio la marca de la piedra en la frente de Abel, soltó el pan que se llevaba a la boca y pidió perdón a su hermano. Abel simplemente le respondió: “¿Tú me has matado o yo te he matado? Ya no recuerdo; aquí estamos juntos como antes“.
El mensaje de esta historia es que el olvido forma el perdón. Pero quizás lo más interesante es que el propio Abel confesó haber sido capaz de cometer el mismo crimen de su hermano. Ambos aceptaron su propio lado sombrío y, gracias a esto, pudieron verse el uno al otro en una situación de completa igualdad. Ése es el mensaje más profundo del relato de Borges.
Todo esto nos hacer ver que, si hemos de buscar una solución de fondo para el conflicto con la alteridad, sólo podemos encontrarla en el individuo. Ningún cambio social puede ser efectivo si no ocurre de raíz. Ninguna sociedad puede funcionar si está conformada sobre una base de individuos deformes. Es así de simple. Hasta que no aceptemos vernos a nosotros mismos en los demás, la vida social se tornará una lucha interminable por la supervivencia, tanto física como espiritual. Especialmente en un mundo de masas, la pregunta más trascendental de todas es: ¿Sabe el individuo que él es el contrapeso que inclina la balanza?
Bibliografía:
Aguinis, Marcos
2003 Las redes del odio. Buenos Aires, Planeta.
Armstrong, Karen
1996 Historia de Jerusalén. Barcelona, Paidós: 2005.
Eliade, Mircea
1978 A History of Religious Ideas. Vol. I. Chicago, The University of Chicago Press.
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jueves, 12 de junio de 2008
Religión, pt. 3/3
Como dije en el anterior post, si se va más allá de las limitaciones empíricas de la teoría de lo inconsciente colectivo, y se entra a un terreno más filosófico y especulativo, entonces, sí, la mente podría contener la clave para contactar con lo divino. Poco antes de que le dispararan en la cabeza, Ioan Culianu, el heredero de Mircea Eliade, publicó una teoría muy interesante. Según él, las experiencias extáticas, astrales y fuera-del-cuerpo que tienen los chamanes, los yoguis y otros místicos, describen muy bien lo que podría ser la cuarta dimensión. A partir de ahí, Culianu especuló que quizás la mente posee el secreto para "trascender" a distintas dimensiones. Si, como predican los budistas, la mente puede romper el velo de maya e ir más allá de las convenciones tridimensionales, entonces sería posible hacer un viaje a otra realidad. Sin embargo, a Culianu no le gustaba la psicología de lo inconsciente, probablemente porque estaba loco y no quería darse cuenta de ello. Pero no por eso sus ideas son menos interesantes.
Como sea, vayamos a otras cosas.
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La Muerte
Otro factor que está íntimamente ligado al sentimiento religioso es la muerte. Por supuesto, no estoy de acuerdo con la afirmación atea de que el miedo a la muerte es la fuente y esencia de toda religión. Es una idea demasiado reduccionista y simplona. La conciencia de que el hombre muere también es el punto de partida de toda sabiduría, filosofía, arte e introspección. ¿Quiere esto decir que las creaciones humanas más elevadas han surgido con la meta última de consolarnos frente a la muerte? ¿Son una gran evasión o una profundización? Me voy más por la segunda, y creo que la cosa es demasiado complicada como para dar una conclusión tan burda como "cuando morimos dejamos de existir", que por otro lado es demasiado negativa y pesimista.
Yo frecuentemente pienso en la muerte (el puer aeternus, la figura interna que huye de la muerte, de hecho es uno de los temas principales de mi tesis), y me pasa algo curioso. Cuando era niño y supe que mis padres iban a morir, la idea ciertamente me impactó, pero no recuerdo que haya tenido una huella demasiado fuerte en mí. Varias veces fui a funerales de familiares y me tocó asistir, por casualidad, a misas de requiem de cuerpo presente. A diferencia de otros niños de 7 y 8 años, ver los cadáveres no producía mucho efecto en mí (ver a un moribundo, por otro lado, es algo completamente distinto). Ni la muerte ni los muertos me asustaban mucho, y de hecho fui yo el que consoló a mi papá cuando murió mi abuelo. No sé muy bien a qué se deba, pero desde pequeño tenía una cierta seguridad intuitiva de que la muerte no era el fin del espíritu, cosa que, según creo, iba más allá de mi formación religiosa.
Pero no podría estar por mucho tiempo en un cementerio o en una funeraria. Hay algo frío y perturbador acerca de los lugares que almacenan muerte. Pensé en eso muchas veces y me daba cuenta de que lo que me asustaba no era tanto el estado de la muerte en sí, sino, más bien, algo así como el contacto de lo muerto con lo vivo. Cuando estoy en un cementerio durante más de media hora, empiezo a sentir como si me drenaran la energía. Pensé que a lo mejor se trataba de una condición psicológica, porque, aunque cuando usualmente pienso en la muerte no me pasa nada, quizás el ambiente del cementerio -con sus cientos de personas dolientes que dejaban ahí sus impresiones emocionales- ayudaba a sacar algo reprimido y fuerte que consumía mucho mi energía mental. Pero no podía precisar qué era. Por otro lado, no es que sintiera mucha angustia. El caso es que siempre que voy a un cementerio, procuro no quedarme ahí por más de 20 ó 30 minutos.
Quizás haya otro factor presente en los lugares de muertos. Marie-Louise von Franz, una de las discípulas más chingonas que tuvo Jung, hizo un estudio pionero acerca de los sueños que suelen tener las personas moribundas, las que padecen de enfermedades terminales e incluso quienes no saben que están cerca de la muerte. Al parecer, existen muchos sueños sincronísticos (es decir, que presentan un fenómeno en el que la realidad externa coincide con la interna), que resultan proféticos. La sincronicidad trata las coincidencias significativas: los sistemas de adivinación, los sueños "objetivos", algunos acontecimientos extraños o paranormales, o cuestiones cotidianas como cuando uno piensa en tal o cual persona, y repentinamente se encuentra con ella. Jung comenzó el estudio científico-empírico de este tema e incluso realizó un sorprendente experimento astrológico. Con esto, sólo quiero aclarar que no se trata de una cuestión new age, ni esotérica, ni nada por el estilo. La sincronicidad es algo que siempre ha sido notado y registrado en todo tipo de manifestaciones culturales. Y, para qué nos hacemos mensos, a todos nos ha ocurrido algo así, si bien son cosas que solemos descartar sin darles mucha reflexión.
Volviendo a los sueños, Franz comentó que existen ciertos sueños que no pueden ser interpretados subjetivamente; es decir, son sueños que apuntan hacia la realidad objetiva y no tanto hacia la situación interior del soñante. Jung solía interpretar así algunos sueños donde aparecían personas que ya habían muerto. Según él, ninguna otra interpretación podía encajar en la situación de los soñantes, y Franz estaba de acuerdo con esto. Ella habló sobre un sueño que tuvo poco después de que murió su padre. Éste timbraba en su casa, y cuando ella quiso abrazarlo, él se negó y le dijo que sólo estaba ahí de visita, y que los muertos no deben estar mucho tiempo cerca de los vivos. En este sueño, ella sentía que debía mantener con vida la flama de la estufa de su casa.
La interpretación que dio fue la siguiente: la flama representa lo humano terrenal y ctónico, las pasiones, los sentimientos, etc. Los muertos, según cuentan miles de mitos e historias de experiencias extracorporales y después-de-la-muerte, al separarse de sus cuerpos, se desprenden también de este "calor humano", y se vuelven, por así decirlo, "objetivos". Franz sospechaba que, para que un muerto se manifieste a un vivo, probablemente deba "robar" parte de esta energía vital. Si el espíritu del muerto llegara a consumir la energía vital de un vivo (que lo "poseyera", digamos), ocurriría un trastorno emocional severo, psicótico. Por eso su padre la mantenía alejada en aquel sueño. Y por eso, también, los médiums e invocadores siempre se encuentran en el constante peligro de "perder el alma", como se dice entre algunas tribus primitivas.
¿Podría ser eso lo que sucede en los cementerios y funerarias? ¿Podrá haber ahí espíritus hambrientos de vida? No lo sé, pero lo sospecho.
No obstante, ésa no es la tesis principal del libro de Franz, Sobre los sueños y la muerte. Según ella, los sueños de las personas próximas a la muerte muestran que el proceso de individuación -de autorrealización, que es natural al individuo- continúa una vez que se ha completado el ciclo vital. Lo inconsciente no se inmuta ante la muerte; la ve como una de tantas transiciones anímicas y existenciales. Lo inconsciente parece preparar y prevenir al individuo acerca del cambio que se le avecina.
Como quiera hay algo que sí temo de la muerte. El viaje que describe el Libro Tibetano de los Muertos, así como el Libro Egipcio y otros, son terribles, llenos de pruebas y sufrimiento. Por otro lado, la idea de que existen varias almas que coinciden en una dentro del cuerpo terrenal, y que se separan tras la muerte, tampoco me agrada mucho. El que me quiten mis emociones y mis vínculos afectivos después de morir es un pensamiento triste. Pero si así deben ser las cosas, no hay mucho qué hacer al respecto.
===================
No dudo que haya algo después de la muerte, pero no puedo saber qué es. Ésa es la incertidumbre que me da más miedo.
En fin, tengo muchas más cosas que decir, pero mejor aquí lo dejo. Ya fueron suficientes locuras. Quizás debería dedicarle más tiempo y energía a pensamientos que sean más prácticos.
Como sea, vayamos a otras cosas.
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La Muerte
Otro factor que está íntimamente ligado al sentimiento religioso es la muerte. Por supuesto, no estoy de acuerdo con la afirmación atea de que el miedo a la muerte es la fuente y esencia de toda religión. Es una idea demasiado reduccionista y simplona. La conciencia de que el hombre muere también es el punto de partida de toda sabiduría, filosofía, arte e introspección. ¿Quiere esto decir que las creaciones humanas más elevadas han surgido con la meta última de consolarnos frente a la muerte? ¿Son una gran evasión o una profundización? Me voy más por la segunda, y creo que la cosa es demasiado complicada como para dar una conclusión tan burda como "cuando morimos dejamos de existir", que por otro lado es demasiado negativa y pesimista.
Yo frecuentemente pienso en la muerte (el puer aeternus, la figura interna que huye de la muerte, de hecho es uno de los temas principales de mi tesis), y me pasa algo curioso. Cuando era niño y supe que mis padres iban a morir, la idea ciertamente me impactó, pero no recuerdo que haya tenido una huella demasiado fuerte en mí. Varias veces fui a funerales de familiares y me tocó asistir, por casualidad, a misas de requiem de cuerpo presente. A diferencia de otros niños de 7 y 8 años, ver los cadáveres no producía mucho efecto en mí (ver a un moribundo, por otro lado, es algo completamente distinto). Ni la muerte ni los muertos me asustaban mucho, y de hecho fui yo el que consoló a mi papá cuando murió mi abuelo. No sé muy bien a qué se deba, pero desde pequeño tenía una cierta seguridad intuitiva de que la muerte no era el fin del espíritu, cosa que, según creo, iba más allá de mi formación religiosa.
Pero no podría estar por mucho tiempo en un cementerio o en una funeraria. Hay algo frío y perturbador acerca de los lugares que almacenan muerte. Pensé en eso muchas veces y me daba cuenta de que lo que me asustaba no era tanto el estado de la muerte en sí, sino, más bien, algo así como el contacto de lo muerto con lo vivo. Cuando estoy en un cementerio durante más de media hora, empiezo a sentir como si me drenaran la energía. Pensé que a lo mejor se trataba de una condición psicológica, porque, aunque cuando usualmente pienso en la muerte no me pasa nada, quizás el ambiente del cementerio -con sus cientos de personas dolientes que dejaban ahí sus impresiones emocionales- ayudaba a sacar algo reprimido y fuerte que consumía mucho mi energía mental. Pero no podía precisar qué era. Por otro lado, no es que sintiera mucha angustia. El caso es que siempre que voy a un cementerio, procuro no quedarme ahí por más de 20 ó 30 minutos.
Quizás haya otro factor presente en los lugares de muertos. Marie-Louise von Franz, una de las discípulas más chingonas que tuvo Jung, hizo un estudio pionero acerca de los sueños que suelen tener las personas moribundas, las que padecen de enfermedades terminales e incluso quienes no saben que están cerca de la muerte. Al parecer, existen muchos sueños sincronísticos (es decir, que presentan un fenómeno en el que la realidad externa coincide con la interna), que resultan proféticos. La sincronicidad trata las coincidencias significativas: los sistemas de adivinación, los sueños "objetivos", algunos acontecimientos extraños o paranormales, o cuestiones cotidianas como cuando uno piensa en tal o cual persona, y repentinamente se encuentra con ella. Jung comenzó el estudio científico-empírico de este tema e incluso realizó un sorprendente experimento astrológico. Con esto, sólo quiero aclarar que no se trata de una cuestión new age, ni esotérica, ni nada por el estilo. La sincronicidad es algo que siempre ha sido notado y registrado en todo tipo de manifestaciones culturales. Y, para qué nos hacemos mensos, a todos nos ha ocurrido algo así, si bien son cosas que solemos descartar sin darles mucha reflexión.
Volviendo a los sueños, Franz comentó que existen ciertos sueños que no pueden ser interpretados subjetivamente; es decir, son sueños que apuntan hacia la realidad objetiva y no tanto hacia la situación interior del soñante. Jung solía interpretar así algunos sueños donde aparecían personas que ya habían muerto. Según él, ninguna otra interpretación podía encajar en la situación de los soñantes, y Franz estaba de acuerdo con esto. Ella habló sobre un sueño que tuvo poco después de que murió su padre. Éste timbraba en su casa, y cuando ella quiso abrazarlo, él se negó y le dijo que sólo estaba ahí de visita, y que los muertos no deben estar mucho tiempo cerca de los vivos. En este sueño, ella sentía que debía mantener con vida la flama de la estufa de su casa.
La interpretación que dio fue la siguiente: la flama representa lo humano terrenal y ctónico, las pasiones, los sentimientos, etc. Los muertos, según cuentan miles de mitos e historias de experiencias extracorporales y después-de-la-muerte, al separarse de sus cuerpos, se desprenden también de este "calor humano", y se vuelven, por así decirlo, "objetivos". Franz sospechaba que, para que un muerto se manifieste a un vivo, probablemente deba "robar" parte de esta energía vital. Si el espíritu del muerto llegara a consumir la energía vital de un vivo (que lo "poseyera", digamos), ocurriría un trastorno emocional severo, psicótico. Por eso su padre la mantenía alejada en aquel sueño. Y por eso, también, los médiums e invocadores siempre se encuentran en el constante peligro de "perder el alma", como se dice entre algunas tribus primitivas.
¿Podría ser eso lo que sucede en los cementerios y funerarias? ¿Podrá haber ahí espíritus hambrientos de vida? No lo sé, pero lo sospecho.
No obstante, ésa no es la tesis principal del libro de Franz, Sobre los sueños y la muerte. Según ella, los sueños de las personas próximas a la muerte muestran que el proceso de individuación -de autorrealización, que es natural al individuo- continúa una vez que se ha completado el ciclo vital. Lo inconsciente no se inmuta ante la muerte; la ve como una de tantas transiciones anímicas y existenciales. Lo inconsciente parece preparar y prevenir al individuo acerca del cambio que se le avecina.
Como quiera hay algo que sí temo de la muerte. El viaje que describe el Libro Tibetano de los Muertos, así como el Libro Egipcio y otros, son terribles, llenos de pruebas y sufrimiento. Por otro lado, la idea de que existen varias almas que coinciden en una dentro del cuerpo terrenal, y que se separan tras la muerte, tampoco me agrada mucho. El que me quiten mis emociones y mis vínculos afectivos después de morir es un pensamiento triste. Pero si así deben ser las cosas, no hay mucho qué hacer al respecto.
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No dudo que haya algo después de la muerte, pero no puedo saber qué es. Ésa es la incertidumbre que me da más miedo.
En fin, tengo muchas más cosas que decir, pero mejor aquí lo dejo. Ya fueron suficientes locuras. Quizás debería dedicarle más tiempo y energía a pensamientos que sean más prácticos.
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miércoles, 11 de junio de 2008
Religión, pt. 2/3
Ya que hablé de mi postura acerca de la religiosidad en general, ahora diré lo que pienso sobre la doctrina religiosa en sí. Lo que voy a decir aquí es mucho más subjetivo que lo anterior; en realidad, es pura especulación y reflexión. No tengo una fe ciega en esto, ni sostengo que sea verdad, porque no puedo estar seguro de nada. Solamente son mis opiniones, basadas en lo que he leído, estudiado, oído y visto.
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Dios y el Universo
¿Por qué creo que existe la divinidad? No puedo decirlo a ciencia cierta. Simplemente ha sido una seguridad que ha estado en mí desde siempre. La segunda función de mi personalidad es la intuición (la primera es el pensamiento), y he notado que el sentimiento religioso es algo muy común entre los tipos introvertidos intuitivos. Quizás sea porque nos es más sencillo contactar con lo inconsciente, y por lo mismo sentimos atractivo por lo simbólico, lo mitológico y lo numinoso. Ciertamente, he encontrado algunos tipos iguales o similares al mío (intelectuales intuitivos o intuitivos intelectuales, introvertidos ambos) que se dicen agnósticos, pero que de cualquier manera comparten un gran interés por lo religioso. Lo cierto es que no he encontrado a un solo introvertido intuitivo que sea ateo. Creo que el ateísmo es más propio de los tipos sensitivos.
Así que creo que mi sentido de lo religioso ha sido determinado tanto por mi formación familiar como por mi tipo psicológico. Pero la razón tampoco queda de lado. Pienso que un universo sin seres concientes es un universo sin sentido; por lo tanto, no creo que estemos aquí fortuitamente. Tenemos una configuración mental inconsciente que refleja el mundo externo. Compartimos una tendencia natural hacia la autorrealización. Esto quiere decir que la naturaleza misma nos impulsa hacia el descubrimiento del sentido. Somos parte de un mundo que atraviesa por incontables ciclos y transformaciones, formamos parte de ese engranaje dinámico. Y toda dinámica en la naturaleza tiene una finalidad. Entonces, si la naturaleza quiere que encontremos un sentido dentro de nuestras limitaciones, es porque existe un sentido mayor.
Los dioses que encontramos en las religiones y mitologías del mundo reflejan arquetipos de lo inconsciente colectivo. Sabiendo esto, sería fácil reducir la religión a psicología, pero no si se tiene en cuenta que lo inconsciente es la voz misma de la naturaleza. En todo caso, pudiera ser que nuestra mente fuera el medio por el que ocurre la comunicación con lo más trascendente. El mensaje religioso, por cierto, no es unívoco, sino que varía mucho de acuerdo a la situación cultural e individual. Pero todos apuntan hacia la misma dirección: el acercamiento a la totalidad, la gracia, el Tao, el atman, etc.
Entonces, creo que en cierta manera se me podría llamar panteísta; pienso que hay un sólo mensaje y un sólo sentido detrás de toda experiencia religiosa. Lo único que varía es el camino.
¿Un dios o varios dioses? No estoy muy seguro; probablemente ambas cosas. El mundo y la mente son paradójicos, contradictorios e incomprensibles. ¿Por qué lo divino no habría de serlo? Como quiera, me inclino más hacia el politeísmo. Es justo darle a cada arquetipo su lugar, en vez de subordinarlos a un jerarca absolutista, como ocurre, por ejemplo, con los santos y ángeles del catolicismo. Después de todo, los dioses siempre trabajan por la totalidad; pero, para llegar a ella, primero es necesario conocer bien sus partes.
Quisiera hablar también del budismo, que es una religión que difiere del resto en su búsqueda. Su meta es alcanzar el Nirvana, el estado de absoluta pasividad. El Nirvana tiene su paralelo en el concepto gnóstico de Pleroma, que es la masa de elementos primordiales con la que se creó el mundo. El Pleroma es la materia prima del universo, que reúne a todos los opuestos en un estado indiferenciado, pasivo. Nuestro mundo existió cuando las sustancias del Pleroma fueron extraídas y puestas en un estado dinámico, de constante lucha de opuestos. La meta sería, entonces, buscar una manera de conciliar los opuestos, de forma que la existencia continúe siendo dinámica, pero a la vez armónica. El budismo no ve el sentido en esto, y prefiere regresar al estado primordial, pasivo e indiferenciado del Pleroma. Básicamente, el budismo ve al universo como un error. Ellos no buscan el sentido, sino la falta de sentido, el olvido total. Francamente -y con todo el respeto que tengo por la sabiduría budista- encuentro muy cobarde a su meta última. Según ellos, lo humano terrenal -que, más que nada, sería la emoción- es algo corrupto y pasajero. Y quizás lo sea, pero si no lo han explorado por completo, y si sólo han experimentado sus consecuencias más terribles, sin conocer su evolución total, ¿cómo pueden juzgarlo? ¿Por qué se dan por vencidos tan pronto?
Miles de mitos alrededor del mundo hablan de la caída de la gracia del hombre, de la pérdida del paraíso primordial. Esto bien podría referirse al estado del Nirvana/Pleroma, aunque sería un poco tonto, porque en primer lugar no podríamos tener memoria de un estado de inexistencia. Hay otro mito al que personalmente le encuentro mucho sentido. Es un mito cabalístico que cuenta que, en un principio, dios era un todo armónico, total, y todo lo existente participaba de él, porque era él. Pero, por algún motivo, las 10 sephiroth del árbol que sostenía el universo -que representan 10 atributos divinos- se rompieron, y desde entonces reinó el caos. Entonces, Dios, el Aur Ain Soph, tuvo que crear seres conscientes, separados de él, pero que a la vez participaban de su esencia y de la del universo, que lo ayudaran a reparar las sephiroth y regresar al estado armónico primordial. Ése es el hombre y ésa es su misión. Tiene sentido. Toda religión admite que el hombre tiene potencial divino. Por lo tanto, si nosotros encontramos la armonía interna y somos capaces de vivir de acuerdo a este principio, estaremos ayudando al Aur Ain Soph a recuperar lo perdido.
Eso explicaría mucho, ciertamente: Dios está perdido y necesita nuestra ayuda.
============
Todo esto, como dije, son especulaciones mías. Son los mitos a los que yo, personalmente, les encuentro más significado.
Nuevamente, el post salió largo y me cansé sin terminar de decir todo lo que quería. Tendré que hacer una tercera parte.
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Dios y el Universo
¿Por qué creo que existe la divinidad? No puedo decirlo a ciencia cierta. Simplemente ha sido una seguridad que ha estado en mí desde siempre. La segunda función de mi personalidad es la intuición (la primera es el pensamiento), y he notado que el sentimiento religioso es algo muy común entre los tipos introvertidos intuitivos. Quizás sea porque nos es más sencillo contactar con lo inconsciente, y por lo mismo sentimos atractivo por lo simbólico, lo mitológico y lo numinoso. Ciertamente, he encontrado algunos tipos iguales o similares al mío (intelectuales intuitivos o intuitivos intelectuales, introvertidos ambos) que se dicen agnósticos, pero que de cualquier manera comparten un gran interés por lo religioso. Lo cierto es que no he encontrado a un solo introvertido intuitivo que sea ateo. Creo que el ateísmo es más propio de los tipos sensitivos.
Así que creo que mi sentido de lo religioso ha sido determinado tanto por mi formación familiar como por mi tipo psicológico. Pero la razón tampoco queda de lado. Pienso que un universo sin seres concientes es un universo sin sentido; por lo tanto, no creo que estemos aquí fortuitamente. Tenemos una configuración mental inconsciente que refleja el mundo externo. Compartimos una tendencia natural hacia la autorrealización. Esto quiere decir que la naturaleza misma nos impulsa hacia el descubrimiento del sentido. Somos parte de un mundo que atraviesa por incontables ciclos y transformaciones, formamos parte de ese engranaje dinámico. Y toda dinámica en la naturaleza tiene una finalidad. Entonces, si la naturaleza quiere que encontremos un sentido dentro de nuestras limitaciones, es porque existe un sentido mayor.
Los dioses que encontramos en las religiones y mitologías del mundo reflejan arquetipos de lo inconsciente colectivo. Sabiendo esto, sería fácil reducir la religión a psicología, pero no si se tiene en cuenta que lo inconsciente es la voz misma de la naturaleza. En todo caso, pudiera ser que nuestra mente fuera el medio por el que ocurre la comunicación con lo más trascendente. El mensaje religioso, por cierto, no es unívoco, sino que varía mucho de acuerdo a la situación cultural e individual. Pero todos apuntan hacia la misma dirección: el acercamiento a la totalidad, la gracia, el Tao, el atman, etc.
Entonces, creo que en cierta manera se me podría llamar panteísta; pienso que hay un sólo mensaje y un sólo sentido detrás de toda experiencia religiosa. Lo único que varía es el camino.
¿Un dios o varios dioses? No estoy muy seguro; probablemente ambas cosas. El mundo y la mente son paradójicos, contradictorios e incomprensibles. ¿Por qué lo divino no habría de serlo? Como quiera, me inclino más hacia el politeísmo. Es justo darle a cada arquetipo su lugar, en vez de subordinarlos a un jerarca absolutista, como ocurre, por ejemplo, con los santos y ángeles del catolicismo. Después de todo, los dioses siempre trabajan por la totalidad; pero, para llegar a ella, primero es necesario conocer bien sus partes.
Quisiera hablar también del budismo, que es una religión que difiere del resto en su búsqueda. Su meta es alcanzar el Nirvana, el estado de absoluta pasividad. El Nirvana tiene su paralelo en el concepto gnóstico de Pleroma, que es la masa de elementos primordiales con la que se creó el mundo. El Pleroma es la materia prima del universo, que reúne a todos los opuestos en un estado indiferenciado, pasivo. Nuestro mundo existió cuando las sustancias del Pleroma fueron extraídas y puestas en un estado dinámico, de constante lucha de opuestos. La meta sería, entonces, buscar una manera de conciliar los opuestos, de forma que la existencia continúe siendo dinámica, pero a la vez armónica. El budismo no ve el sentido en esto, y prefiere regresar al estado primordial, pasivo e indiferenciado del Pleroma. Básicamente, el budismo ve al universo como un error. Ellos no buscan el sentido, sino la falta de sentido, el olvido total. Francamente -y con todo el respeto que tengo por la sabiduría budista- encuentro muy cobarde a su meta última. Según ellos, lo humano terrenal -que, más que nada, sería la emoción- es algo corrupto y pasajero. Y quizás lo sea, pero si no lo han explorado por completo, y si sólo han experimentado sus consecuencias más terribles, sin conocer su evolución total, ¿cómo pueden juzgarlo? ¿Por qué se dan por vencidos tan pronto?
Miles de mitos alrededor del mundo hablan de la caída de la gracia del hombre, de la pérdida del paraíso primordial. Esto bien podría referirse al estado del Nirvana/Pleroma, aunque sería un poco tonto, porque en primer lugar no podríamos tener memoria de un estado de inexistencia. Hay otro mito al que personalmente le encuentro mucho sentido. Es un mito cabalístico que cuenta que, en un principio, dios era un todo armónico, total, y todo lo existente participaba de él, porque era él. Pero, por algún motivo, las 10 sephiroth del árbol que sostenía el universo -que representan 10 atributos divinos- se rompieron, y desde entonces reinó el caos. Entonces, Dios, el Aur Ain Soph, tuvo que crear seres conscientes, separados de él, pero que a la vez participaban de su esencia y de la del universo, que lo ayudaran a reparar las sephiroth y regresar al estado armónico primordial. Ése es el hombre y ésa es su misión. Tiene sentido. Toda religión admite que el hombre tiene potencial divino. Por lo tanto, si nosotros encontramos la armonía interna y somos capaces de vivir de acuerdo a este principio, estaremos ayudando al Aur Ain Soph a recuperar lo perdido.
Eso explicaría mucho, ciertamente: Dios está perdido y necesita nuestra ayuda.
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Todo esto, como dije, son especulaciones mías. Son los mitos a los que yo, personalmente, les encuentro más significado.
Nuevamente, el post salió largo y me cansé sin terminar de decir todo lo que quería. Tendré que hacer una tercera parte.
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martes, 10 de junio de 2008
Religión pt. 1/3
Yo nací en una familia sumamente católica. Mi padre estudió 11 años en el seminario local y, por el lado de mi madre, hay "vena levítica"; es decir, hay una cantidad enorme de sacerdotes, monjas y obispos en mi árbol genealógico. Incluso un tío bisabuelo mío está en proceso de beatificación. Yo estudié la primaria y secundaria en un colegio católico para niños ricos (a pesar de que yo era niño pobre, aunque con buen apellido), dirigido por los nefastos Legionarios de Cristo. En realidad, tuve mis problemas con ellos y fui expulsado cuando tenía 14 años.
Así que mi formación fue extremadamente religiosa y conservadora. Con todo, no fue 100% ortodoxa, ya que mis padres le entraban a un rollo más "místico": ellos forman parte de la cuestionada Orden de los Ángeles, fundada por videntes, y siempre mantuvieron un contacto estrecho con todo tipo de videntes, místicos y exorcistas, como el famoso padre Rodolfo Villarreal Martínez, de quien se cuentan mil cosas extrañísimas. Mis papás siempre han tenido una relación muy ambivalente con el dogma católico.
Por mi parte, yo renuncié al cristianismo en general hace 7 años, cuando tenía 18. El dualismo cristiano nunca me satisfizo. Simplemente me es imposible creer en cosas tan incoherentes como la doctrina según la cual el mal es sólo privatio boni, privación del bien. El cristianismo nunca ha sido una religión de la totalidad; es incompleta puesto que deja fuera al otro dios, Satanás. La represión del lado oscuro ha bloqueado una gigantesca fuente de creatividad, que en muchos sentidos resultó en un estancamiento terrible de la mente humana colectiva. También tuvo consecuencias más tangiblemente destructivas y barbáricas, como la persecución de brujas y herejes, o las Cruzadas medievales. Por otro lado, la noción del infierno es algo tonta y contradice la supuesta misericordia infinita de Dios. #1 No hay nada que te puedan hacer en el infierno que no te puedan hacer aquí; y #2, los seres humanos crecemos sobre la base de la prueba y el error, y muchas vidas son errores totales, puesto que así es la naturaleza. ¿No sería más coherente que nos dieran otra oportunidad (como, por ejemplo, en la reencarnación) en vez de condenarnos para siempre por una metida de pata temporal? El cristianismo nunca ha podido aceptar los principios más básicos de la diversidad.
Así que dejé el cristianismo y no me interesé por adoptar otra religión establecida. Con todo, no creo haber abandonado el espíritu religioso en ningún momento. El ateísmo tampoco me convenció. La mayoría de los ateos que conozco no son auténticos ateos. Pinchas Lapide los dividió en 3 categorías, y yo tiendo a estar de acuerdo con él: en primer lugar, están los anticlericales, más enojados con el personal de a pie de dios que con dios mismo; los pseudoateos, enojados con el dios que les han pintado en las escuelas y las iglesias, porque no satisface sus necesidades más profundas; y los antiteístas, más existenciales, que están enfrentados con dios porque no le pueden perdonar los males del mundo. Pero ninguno es ateo en el verdadero sentido de la palabra. A un ateo, dios debería serle indiferente. Pero en todos estos casos, la mención de dios o de la religión provoca una reacción emocional fuerte. Esto también contradice la aparente lógica férrea con que intentan defender sus argumentos. En el fondo, no hay tanta razón como obstinación.
Y es que cuando se habla de religión se habla de símbolos, que son de naturaleza numinosa. Estos símbolos son totales; es decir, involucran todas las funciones de la personalidad humana, por lo que no pueden ser tratados de manera puramente intelectual. Es imposible objetivizarlos. Por lo tanto, si uno "cree", le va a ser difícil aceptar su lado racional y sus propias dudas. Y si uno no tiene ideas religiosas, le va a ser difícil confesarse a sí mismo el sentimiento de esa falta. Entonces, las posturas se polarizan y se hermetizan. Uno negará su razón y el otro negará sus emociones. Al menos el agnóstico es más noble y sincero, pero creo que él también pierde de vista el punto. Tanto el ateo como el agnóstico dan primacía a la razón, pero no se dan cuenta que el espíritu religioso se basa en la revelación. Como dijo Jung, uno no posee las ideas religiosas, sino que es poseído por ellas. De cualquier forma, ¿realmente saben qué es la razón? ¿Por qué la razón debe tener la supremacía? ¿Qué no, en todo caso, la divinidad sería una instancia trascendente, superior a todo juicio racional? Ésas son cosas que siempre se pierden de vista. Como sea, tanto los argumentos de los "defensores de la fe" como los de los "defensores de la razón" son igualmente fútiles y tienen una misma estructura, simplemente orientada en direcciones opuestas.
Básicamente, decir "creo en dios" es como decir "mi mujer es la más hermosa de todas". Ambas son afirmaciones válidas que satisfacen una realidad personal. Y creo que, aquí, personal es la palabra clave. La divinidad siempre nace de la búsqueda interior; su movimiento es de adentro hacia fuera. También es por eso que me desagrada la gente que intenta encontrar un sustituto religioso en lo externo, en los ismos, en el pensamiento utópico, en la lucha social, en el psicoanálisis, etc. Esta falta de consciencia puede ser verdaderamente corrosiva, puesto que se traslada el sentido de lo trascendente a algo meramente transitorio y perecedero, y, así, es sencillo caer en otra clase de dogmatismo, que difícilmente resulta satisfactorio para el espíritu.
Vaya, salió largo el post y ya me cansé de escribir. Terminaré de decir lo que quiero en la siguiente entrada.
Así que mi formación fue extremadamente religiosa y conservadora. Con todo, no fue 100% ortodoxa, ya que mis padres le entraban a un rollo más "místico": ellos forman parte de la cuestionada Orden de los Ángeles, fundada por videntes, y siempre mantuvieron un contacto estrecho con todo tipo de videntes, místicos y exorcistas, como el famoso padre Rodolfo Villarreal Martínez, de quien se cuentan mil cosas extrañísimas. Mis papás siempre han tenido una relación muy ambivalente con el dogma católico.
Por mi parte, yo renuncié al cristianismo en general hace 7 años, cuando tenía 18. El dualismo cristiano nunca me satisfizo. Simplemente me es imposible creer en cosas tan incoherentes como la doctrina según la cual el mal es sólo privatio boni, privación del bien. El cristianismo nunca ha sido una religión de la totalidad; es incompleta puesto que deja fuera al otro dios, Satanás. La represión del lado oscuro ha bloqueado una gigantesca fuente de creatividad, que en muchos sentidos resultó en un estancamiento terrible de la mente humana colectiva. También tuvo consecuencias más tangiblemente destructivas y barbáricas, como la persecución de brujas y herejes, o las Cruzadas medievales. Por otro lado, la noción del infierno es algo tonta y contradice la supuesta misericordia infinita de Dios. #1 No hay nada que te puedan hacer en el infierno que no te puedan hacer aquí; y #2, los seres humanos crecemos sobre la base de la prueba y el error, y muchas vidas son errores totales, puesto que así es la naturaleza. ¿No sería más coherente que nos dieran otra oportunidad (como, por ejemplo, en la reencarnación) en vez de condenarnos para siempre por una metida de pata temporal? El cristianismo nunca ha podido aceptar los principios más básicos de la diversidad.
Así que dejé el cristianismo y no me interesé por adoptar otra religión establecida. Con todo, no creo haber abandonado el espíritu religioso en ningún momento. El ateísmo tampoco me convenció. La mayoría de los ateos que conozco no son auténticos ateos. Pinchas Lapide los dividió en 3 categorías, y yo tiendo a estar de acuerdo con él: en primer lugar, están los anticlericales, más enojados con el personal de a pie de dios que con dios mismo; los pseudoateos, enojados con el dios que les han pintado en las escuelas y las iglesias, porque no satisface sus necesidades más profundas; y los antiteístas, más existenciales, que están enfrentados con dios porque no le pueden perdonar los males del mundo. Pero ninguno es ateo en el verdadero sentido de la palabra. A un ateo, dios debería serle indiferente. Pero en todos estos casos, la mención de dios o de la religión provoca una reacción emocional fuerte. Esto también contradice la aparente lógica férrea con que intentan defender sus argumentos. En el fondo, no hay tanta razón como obstinación.
Y es que cuando se habla de religión se habla de símbolos, que son de naturaleza numinosa. Estos símbolos son totales; es decir, involucran todas las funciones de la personalidad humana, por lo que no pueden ser tratados de manera puramente intelectual. Es imposible objetivizarlos. Por lo tanto, si uno "cree", le va a ser difícil aceptar su lado racional y sus propias dudas. Y si uno no tiene ideas religiosas, le va a ser difícil confesarse a sí mismo el sentimiento de esa falta. Entonces, las posturas se polarizan y se hermetizan. Uno negará su razón y el otro negará sus emociones. Al menos el agnóstico es más noble y sincero, pero creo que él también pierde de vista el punto. Tanto el ateo como el agnóstico dan primacía a la razón, pero no se dan cuenta que el espíritu religioso se basa en la revelación. Como dijo Jung, uno no posee las ideas religiosas, sino que es poseído por ellas. De cualquier forma, ¿realmente saben qué es la razón? ¿Por qué la razón debe tener la supremacía? ¿Qué no, en todo caso, la divinidad sería una instancia trascendente, superior a todo juicio racional? Ésas son cosas que siempre se pierden de vista. Como sea, tanto los argumentos de los "defensores de la fe" como los de los "defensores de la razón" son igualmente fútiles y tienen una misma estructura, simplemente orientada en direcciones opuestas.
Básicamente, decir "creo en dios" es como decir "mi mujer es la más hermosa de todas". Ambas son afirmaciones válidas que satisfacen una realidad personal. Y creo que, aquí, personal es la palabra clave. La divinidad siempre nace de la búsqueda interior; su movimiento es de adentro hacia fuera. También es por eso que me desagrada la gente que intenta encontrar un sustituto religioso en lo externo, en los ismos, en el pensamiento utópico, en la lucha social, en el psicoanálisis, etc. Esta falta de consciencia puede ser verdaderamente corrosiva, puesto que se traslada el sentido de lo trascendente a algo meramente transitorio y perecedero, y, así, es sencillo caer en otra clase de dogmatismo, que difícilmente resulta satisfactorio para el espíritu.
Vaya, salió largo el post y ya me cansé de escribir. Terminaré de decir lo que quiero en la siguiente entrada.
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